Clarín en Katmandú: “Fue como un tsunami”, la historia de Anil, el joven que sobrevivió a la riada y el nepalí que volvió a buscar a su padre y jamás lo encontró
Clarín en Katmandú
“Fue como un tsunami”: la historia de Anil, el joven que sobrevivió a la riada y del nepalí que volvió a buscar a su padre y jamás lo encontró
- La historia de un sobreviviente y una víctima de la catástrofe natural que movilizó a Nepal y por la que ya murieron más de 1.300 personas.
- Hay todavía 5.000 desaparecidos.
Tres semanas después de la riada, Prachanda camina entre las cremaciones de Pashupatinath sin haber encontrado todavía el cuerpo de su padre. Recibe a Clarín en el santuario hindú más sagrado de Nepal, dedicado al dios Shiva. Es feriado nacional y el humo que invade la conversación son los cuerpos de las víctimas en los ghats -plataformas de piedra- situadas a cielo abierto a orillas del río Bagmati.
Siete años antes había escapado de Nepal buscando otra vida. Tenía 18 años cuando pagó 500 dólares por un pasaje a Turquía y comenzó un viaje que, después de cruzar fronteras, ser detenido y pasar seis meses en el camino, terminó en Grecia. Allí vivió cuatro años de manera ilegal hasta conseguir sus papeles. Hoy trabaja en un bar de Atenas y vive con su mujer, que es cristiana. Juntó la plata que difícilmente hubiera podido ganar en Rasuwa, uno de los tantos distritos de Nepal que quedaron colapsados. En esos siete años viajó solo tres veces a su ciudad natal. El último viaje, el de ahora, es el que nunca hubiera deseado hacer.
Prachanda perdió a su padre en la inundación de Nepal.
La madrugada del miércoles 26 de agosto recibió muchos llamados, pero contestó solo uno. Era su hermano llorando desconsoladamente. Le avisó lo que más tarde se convertiría en una catástrofe: una riada, la más mortífera de la historia del pequeño país, arrasó con su pueblo. Y su padre, Ram Krishna, estaba desaparecido. Se quedó inmóvil del otro lado. En Grecia eran las cinco de la mañana. Entró a Facebook y empezó a ver las noticias y los videos del agua arrasando todo. “Fue como un tsunami. Nunca en la vida habíamos visto algo así” explica.
Despertó a su mujer y le avisó de la tragedia. Al otro día ya estaba camino a Nepal. Al principio quiso creer que su papá estaba perdido en la selva, pero a medida que pasaban las horas la angustia y la desesperación fueron aumentando. Llamó al hospital de Jibjibe para saber si su padre había sido trasladado ahí, vivo o muerto. No estaba.
El joven nepalí lleva puesta una gorra clara y una campera oscura. Mira con expresión seria pero también sonríe. Mientras camina, explica las reglas del templo y señala los distintos sectores con la naturalidad de un guía. Por ejemplo: avisa que no se pueden usar zapatos y que los monos que corren por todos lados suelen atacar si uno se le acerca.
“Vengo acá a rezar. Entre el 70 y 80% de las personas de mi pueblo están desaparecidas. Lo más triste es que todos sabemos que están muertos, pero no pueden encontrar sus cuerpos. No sabemos cuántos de mis amigos están desaparecidos” comenta Prachanda, cuyo nombre significa ‘extremadamente fuerte’.
Su hermana fue a buscarlo al aeropuerto de Katmandú. Cuando se reencontraron se abrazaron y lloraron durante varias horas. No había palabras para agregar.
Al otro día juntaron fuerzas y decidieron salir en moto para Rasuwa a buscar a su padre. Lo que normalmente representa un viaje de una hora y media terminó siendo de ocho horas. Llovía mucho y las rutas desaparecieron por completo después de la inundación. Solo hay un camino rojizo por la tierra. Cuando llegó encontró cuerpos a la vera del río y vio piernas flotando en el agua.
“Desapareció todo. No hay más hogar, no hay más amigos, no hay nada. La inundación se llevó todo” explica conmovido. Caminó durante seis horas por el barro. Había tanto lodo que le llegaba a las rodillas. Contó nueve cuerpos. Algunos llevaban varios días ahí. “No puedo explicarte el olor con palabras” dice.
Después de tres días de búsqueda decidió regresar a Katmandú. Entendió que en ese pueblo solo había terrenos desplazados y cadáveres. “Me gustaría ver una parte de su cuerpo” confiesa. No puede evitar quebrarse al recordar a su padre. Lo lleva consigo en el fondo de pantalla de su teléfono. Es una foto con su madre.
Prachanda junto a su padre en lo que supo ser su aldea en Nepal
“El problema es que las pocas personas que sobrevivieron perdieron familiares, sus casas, no tienen dónde quedarse, no tienen qué comer, no tienen ropa que ponerse. Este es el gran problema. Como víctima de la riada no me gusta lo que hizo el gobierno y cómo llevó adelante esta catástrofe. Es increíble que después de once días haya personas vivas y nadie que las busque” comentó Prachanda.
Como parte del dolor por la pérdida de su padre, Prachanda está en un duelo que dura trece días. No puede salir a comer a restaurantes, tampoco comer ajo y cebolla. Tiene que cortarse el pelo y nadie puede hablarle. Además, según su tradición, debe permanecer encerrado en una casa desde el día ocho del duelo. “Después de eso le rezamos a Dios para que su alma viva libre en el cielo. En mi casa ponemos una foto de él y encendemos una vela todo el tiempo” explica. Para el hinduismo la muerte no es el final, sino parte del ciclo del samsara, de muerte y renacimiento.
Mientras conversa con Clarín y camina por el templo hindú comenta que su abuela, de 95 años, está internada en terapia intensiva. Había perdido a sus dos hijos en la tragedia. Al día siguiente de la entrevista, murió.
Anil (izq.) y Prachanda (der.), hablaron con Clarín sobre sus vivencias en la catástrofe natural que azotó al país. Fotos: Rocío Carrasco
Anil, el joven que sobrevivió
Anil se acerca tímido. Habla rápido y está nervioso. Prachanda le pide que se calme antes de empezar la entrevista. A diferencia de su amigo, no habla inglés. La charla transcurre en nepalí.
Anil estaba en su casa cuando ocurrió la trágica catástrofe natural.
“Estaba durmiendo cuando mi mamá vino y me dijo que el río se había desbordado y estaba inundando todo. Al principio no le creí, porque en todos los años que viví acá, en mis 26 años, nunca escuché hablar de un río que se desbordara así” cuenta el joven. Al igual que sus vecinos, comenzó a llamar a sus familiares y amigos a las ocho de la mañana para alertarlos de la tormenta que se avecinaba. Muchos dormían. Y jamás aparecieron. Salió a la calle y empezó a correr para la cima de la montaña. Según recuerda Anil, el agua avanzaba muy rápido y fue testigo de cómo desapareció su casa en Betrawati. Recuerda el estruendo de los postes de luz al caer. Le temblaba todo el cuerpo y lloraba sin parar. Es enfático: lo compara con un tsunami.
“En ese momento me di cuenta de que había sobrevivido” cuenta. Cuando pasó el agua se dirigió hacia la escuela del pueblo. Imaginó que ahí iba a estar seguro. No tenía ropa, comida ni agua. El calor era tan fuerte que no podía ni pensar. Los que sobrevivieron eligieron escuelas o monasterios para refugiarse.
“Buscamos sobrevivientes por todos lados. No sabíamos si alguien seguía vivo. Pero no había nadie. Todos lloraban, se oían lamentos por todas partes” relata sobre las horas posteriores a la tragedia.
Así quedó la casa donde vivía Anil y su familia
Ahora vive en Katmandú, en la habitación de un tío que le presta ropa y lo alimenta. Si quisiera volver a la zona donde vivía antes del 26 de agosto, no podría. No hay nada más allá. La riada se llevó todo. “Siento que el tiempo se ha detenido para mí” reflexiona sobre cómo será su vida de ahora en adelante. Pero Anil no puede pensar mucho. El trauma es muy grande.
Los dos jóvenes caminan juntos y observan el templo. Antes de despedirse, Prachanda saca el celular, abre una aplicación y le pide una moto a Anil para que pueda volver a la habitación de su pariente. Se abrazan. Después, cada uno sigue su camino.
Katmandú. Enviada especial.
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