Criar a tres adolescentes puede convertir cualquier semana en una sucesión interminable de horarios, traslados y cambios de planes. Entre actividades, estudios y compromisos escolares, una mujer de 47 años admite que llega prácticamente todas las noches agotada y preguntándose cuánto tiempo más podrá mantener ese ritmo.
Sus tres hijos tienen entre 13 y 17 años. Siempre hay alguno que necesita ir a una práctica, asistir a clases religiosas, prepararse para el SAT (admisión universitaria en EE.UU.) o ir a buscarlo en un horario que cambió a último momento. Sin embargo, apareció un pensamiento que modificó su forma de interpretar ese cansancio: dentro de aproximadamente cinco años, los tres podrían haberse ido de casa.
La mujer contó su experiencia en un testimonio publicado por Bolde, donde reconoció que aquellos días ordinarios que constantemente intenta superar podrían ser exactamente los que sus hijos extrañen cuando sean adultos. La reflexión la llevó a revisar no tanto las grandes decisiones de la maternidad, sino su actitud frente a los pequeños inconvenientes cotidianos.
La rutina que para una madre es agotadora y para sus hijos es su infancia
Un entrenamiento que se retrasa media hora, un hijo que necesita que lo lleven a algún lugar inesperadamente o alguien que recuerda a las 8:30 de la noche que necesita comprar algo para el día siguiente solían provocar en ella la misma reacción: un suspiro y un gesto de fastidio.
“Mi reacción inicial solía ser un suspiro. A veces, un gruñido”, reconoció. Aunque siempre terminaba haciendo lo que sus hijos necesitaban, comprendió que muchas veces se encargaba de dejar claro cuánto la estaba incomodando.
Entonces comenzó a mirar esas situaciones desde otro lugar. Para ella, conducir hasta una práctica deportiva era simplemente otra tarea en su agenda. Para sus hijos, en cambio, podía representar el momento del día en el que veían a sus mejores amigos o hacían algo que realmente disfrutaban.
Una mujer de 47 años reflexionó sobre la crianza de sus hijos. Foto: IA
Lo mismo ocurría con la preparación para el SAT. Mientras ella debía reorganizar sus horarios, sus hijos atravesaban la ansiedad y la expectativa por la universidad y por una nueva etapa que comenzaba a sentirse cada vez más cercana.
“Yo estoy viviendo estos años como la persona que administra el horario. Ellos los están viviendo como su infancia”, resumió. Y fue precisamente esa diferencia de perspectivas la que terminó por cambiar su actitud.
También recordó su propia niñez. No conserva en la memoria los horarios exactos ni las complicaciones logísticas, sino a su padre llevándola a natación con las ventanillas bajas o a su madre esperándola afuera de la escuela con algo para comer.
El pequeño cambio que decidió hacer con sus hijos
La mujer aclara que su reflexión no significa que ahora pretenda disfrutar cada segundo de la maternidad. Sigue cansándose, puede molestarse después de esperar 45 minutos en un estacionamiento y considera razonable pedirles a sus hijos que avisen sus planes con anticipación.
“No creo que ser una buena madre signifique sonreír ante cada inconveniente”, explicó. Lo que intenta modificar es algo más concreto: dejar de hacer que sus hijos carguen con su irritación cada vez que las necesidades normales de sus vidas implican trabajo adicional para ella.
Por eso empezó con cambios pequeños. Cuando una práctica modifica su horario, intenta preguntar primero a qué hora debe ir antes de suspirar. Si alguno necesita que lo lleve a algún sitio, procura no pasar todo el viaje explicándole cuánto alteró sus planes.
También comenzó a prestar atención a lo que ocurre durante esos trayectos. Las conversaciones que antes ignoraba, las canciones que sus hijos quieren escuchar o las historias que empiezan apenas suben al auto adquirieron otro valor.
“No creo que ser una buena madre signifique sonreír ante cada inconveniente”, explicó una mujer de 47 años que reflexionó sobre la crianza de sus hijos. Foto: IA
Una experiencia con su hija de 17 años terminó de confirmárselo. Después de una práctica, la adolescente comenzó a contarle detalladamente una pelea entre dos amigas. “Casi le dije: ‘¿Esto puede esperar?’”, recordó. En cambio, decidió conducir y escuchar. Durante esos 20 minutos, su hija terminó contándole más cosas que durante toda la semana anterior.
La madre sabe que sus hijos probablemente no recordarán qué entrenamiento cambió de horario o cuántas horas pasó esperándolos. Pero espera que sí recuerden algo mucho más sencillo: que ella estaba allí cuando salían.
“Quiero que sea: ‘Mamá nos llevaba a todas partes’. No: ‘Mamá nos llevaba a todas partes y se aseguraba de que supiéramos lo molesto que era’”, afirmó.
Una mujer de 47 años reflexionó sobre la crianza de sus hijos: “Estoy parada dentro de los años que podrían pasar el resto de sus vidas extrañando”. Foto: IA
Mañana volverá a estar cansada y probablemente alguno necesite llegar a un lugar en un horario inconveniente. Pero ahora intenta recordar que no solamente está ayudando a sus hijos a atravesar esos años.
“Estoy parada dentro de los años que podrían pasar el resto de sus vidas extrañando”, concluyó. Y cuando esos días finalmente sean recuerdos, espera que su presencia en ellos se sienta un poco más cálida que un suspiro desde el asiento delantero.
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