Uno de los grandes placeres de la literatura es la oportunidad de detectar influencias; identificar los corrientes entremezcladas que fluyen entre contemporáneos, desde los antepasados, y, como Borges memorablemente argumentó, hasta los descendientes futuros. En la nueva novela de Manuel Crespo, En el cielo un hombre, ganadora del Premio Hebe Uhart, parece estar palpable el ejemplo del gran escritor Marcelo Cohen, que lamentablemente falleció antes de tiempo hace unos pocos años.
Como en muchas de las ficciones del universo de Cohen, tenemos un hecho imposible (o milagroso) que acontece en una ciudad extraña pero familiar, descripciones minuciosas de las repercusiones mayores y también individuales, con un manejo virtuoso del lente, desde el primer plano hasta la perspectiva más amplia, un deporte comunitario raro (y no muy práctico) y, más coheniano todavía, una atmósfera de extrañamiento sabio, un espejo del mundo hecho con materiales que en sí mismos contienen una buena medida de genialidades nunca antes vistas.
Sin embargo, la voz de Manuel Crespo es inconfundiblemente suya, su prosa (a diferencia de la de Cohen) es sucinta, aunque tiene el mismo don para construir frases y remates memorables, y sus ideas están bien definidas: en un mundo levemente futurista, en un aparente intento de suicidio un hombre se tira del techo de un edificio céntrico de oficinas. El problema es que no llega a la tierra: queda suspendido en al aire a una altura fuera del alcance, su cara y su cuerpo (un detalle deliciosamente patético: falta una media en un pie) están congelados en el tiempo mientras todo a su alrededor continúa con normalidad.
Lógicamente, semejante espectáculo atrae fascinación y consternación en medidas iguales. El cuerpo del hombre resiste todo intento de rescate, hasta el límite de lo catastrófico; es imposible desplazar su burbuja de aire y llega a ser a una especie de atracción urbana, el foco de miedos políticos y de veneración (o asimilación) religiosa, el símbolo de algo nunca bien definido.
En una reseña de su novela anterior, critiqué a Crespo por forzar un poco lo novelístico sobre lo anecdótico, y eso también fue un peligro para este texto; una premisa tan fuerte pero efectivamente contenida parece, en particular en la tierra de Borges, ser más propicia para el cuento que para la novela. Felizmente, acá ese no es el caso; cada vez que el lector teme que la narrativa esté por perder vigor, Crespo hábilmente introduce un nuevo elemento, personaje o salto de tiempo para renovar la propuesta de manera inesperada.
Si bien están las comitivas científicas y las reacciones políticas, sociales y culturales que uno esperaría de semejante narrativa de ciencia ficción, que de hecho son necesarias para su autenticidad, más atrapantes son las historias de amor y desamor, de ilusión y locura, de individuos profundamente humanos, afectados en alguna manera por un fenómeno supra- o quizás infra- humano.
En un giro casi sacrílego para el género, hasta ensaya una especie de explicación escondida en una historia de amor (o algo parecido al amor). La continuidad entre estos episodios está provista, de una manera persuasiva, por la figura del hombre, la atmósfera entrópica y misteriosa de la prosa y, quizá de un modo más hondo, por el aura melancólica en que están envueltos los personajes dispares, todos, como el pobre hombre, buscando algún escape, clímax o vindicación, un fin satisfactorio que les será denegado en este libro brillante, de postergaciones misteriosas y preguntas nunca respondidas.
En el cielo un hombre, Manuel Crespo. Ediciones Bonaerenses,127 págs.
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