En un orden global en plena crisis sistémica, la política exterior no puede estar alejada de esta dinámica y la disciplina de la Relaciones Internacionales necesita de un replanteo de su ontología, su epistemología y su método, en tanto muchas veces se intenta hacer pasar la realidad por categorías que ya no la explican.

¿Cómo es posible que ante la madurez de nuestra disciplina podamos contar con no menos de diez teorizaciones actuales para intentar comprender la “realidad internacional”? Como lo hemos manifestado, una explicación matricial consistente es el concepto de interdependencia hegemónica cuadrangular que configura una hegemonía compartida.

Dentro de este “orden global líquido” aún sin un consenso que lo comprenda, se establecen robustas y tensionales propuesta de cómo debería construirse una política exterior para navegarlo. Sobre estos planteos, creemos que es necesario encontrar finalmente una estrategia de política exterior orientada al interés nacional estructural que es el desarrollo inclusivo en todas sus dimensiones. Esta política exterior para la Argentina se asienta en tres pilares: la inserción internacional, la autonomía estratégica y el modelo de desarrollo.

Para llevarla adelante la hemos denominado realismo neodesarrollista que parte del reconocimiento de un orden global con claras jerarquías hegemónicas no deseadas pero reales, con poder sustantivo para imponer reglas y sostener las instituciones multilaterales que se cuestionan.

A partir de este Sistema-Mundo desigual por su construcción histórica y estructural de poder político y económico, entendemos que la política exterior es una política de inserción internacional -dentro de un conjunto de políticas públicas- que conecta las dimensiones internas y externas (socio-política, coalicional, económica, defensa/seguridad, científico-tecnológica e ideológico-percepcional) para agregar valor en cada una de ellas, orientadas a incentivar y fortalecer un desarrollo humano sustentable e inclusivo.

Esta asimetría de la economía política internacional condiciona lo que un país como la Argentina puede hacer. Ignorarla produce un voluntarismo en contra del pueblo que la padece, aceptarla como destino genera una resignación connivente.

En este sentido, el realismo neodesarrollista se orienta al bienestar de sus destinatarios, que son los ciudadanos dentro de un acuerdo social-democrático, un estado de derecho y un estado de bienestar.

Sobre esta definición estamos desarrollando un Índice de Política Exterior y Desarrollo (IPED) que intenta llenar un vacío teórico-normativo, explicativo y de medición para responder a la pregunta de este artículo: una política exterior es exitosa cuando agrega valor al desarrollo inclusivo en cada una de las seis dimensiones de la interdependencia hegemónica cuadrangular y cuando ese valor queda instalado más allá del gobierno que lo produjo.

Esta matriz de dimensiones, variables e indicadores responde a una pregunta metodológica y normativa: ¿La política exterior potenció, mejoró y consolidó el desarrollo humano integral e inclusivo?

De manera inversa a las teorizaciones en desarrollo, entendemos que es el resultado mencionado el que define a la política exterior. Así, es una política exterior de desarrollo en tanto construye su finalidad como interés nacional estructural; es una política exterior rentística que agrega valor pero sin un desarrollo estructural; es una política exterior invalidante que puede tener una orientación altruista pero ninguna capacidad de ejecutarla; es una política exterior complaciente que no agrega valor ni preserva autonomía; o es una política exterior desacoplada.

Sobre estos ejes dialógicos y argumentales, pero sobre todo con una nueva epistemología y metodología, debemos repensar el orden global en transformación y nuestra inserción internacional en búsqueda del bienestar de los argentinos en su totalidad.