Gloria y el Vasco son amantes de larga data. En un desvencijado hotel alojamiento de pueblo, comparten la cama, se cuentan sus días y hablan de sus parejas. Con sus charlas van construyendo un mosaico formado por pequeñas teselas, por anécdotas de vida, por chismes del infierno grande que transcurre allá afuera. Disfrutan de sus cuerpos y de las facturas que comen al pie de la cama.
En algún momento, en la profundidad que dan las charlas después del sexo, uno de ellos pregunta: ¿qué habría pasado si hubiéramos elegido de otra manera?
Con esa pregunta como guía y con esos dos amantes se construye “Nido de lagarto”, escrita y dirigida por Franco Verdoia y protagonizada por Horacio Acosta y Silvina Sabater.
Desde el estreno, en abril, la obra viene llenando todas las funciones en el circuito alternativo, impulsada por la fuerza del boca en boca y de una historia hiperrealista que habla sobre el deseo, el amor mutuo y una relación pasional que sigue intacta a cuatro décadas de aquel “desliz” inicial.
“La pregunta que desliza la obra tiene un efecto universal, más allá de la circunstancia y del encuentro de esos dos amantes perpetuados por los años. Termina resonando en los espectadores por todo lo que provoca. ¿Existe la posibilidad de cambiar el rumbo de las cosas habiendo decidido distinto? ¿Qué hace uno con ese presente, producto de aquello que decidió mal?”, se pregunta Verdoia sobre esta obra, que nació a raíz de una charla informal con Sabater.
En algún momento, Verdoia le preguntó a la actriz si se animaría a hacer un desnudo. Ella le contestó: “Si es con vos, sí”.
El cuerpo de Silvina llevó a pensar en la historia de los dos amantes, de ese pueblo y de un secreto conocido por todos.
Nido de lagarto. Foto: Prensa
“No me propuse escribir una obra sobre la vejez y el deseo en la adultez. Fue surgiendo naturalmente”, cuenta.
En cartel
Esos cuerpos en escena -los de Gloria y el Vasco, conversando en calzones en un hotel de mala muerte- aparecen desde el deseo y la potencia, en contraste con buena parte de las historias que suelen verse en la cartelera porteña.
Como explica el director, “en teatro, siempre se muestra a los cuerpos de adultos mayores alrededor del deterioro, de la imposibilidad y del final de los tiempos. El cuerpo de una persona mayor suele ponerse al servicio de la poética del final, de algo que cumplió un ciclo. La obra viene a plantear la pregunta de si se puede iniciar algo con el deseo presente. Aparece como algo poderoso, que se vuelve innnegable”.
“Cuando leí la obra, me dio bastante miedo”, recuerda Sabater, que cuenta los desafíos de interpretar a un personaje “con una conducta física muy diferente a la mía, mucho más señora y con más cuidado en sus movimientos”. Ella cree que historias como la de estos viejos amantes no son frecuentes en el teatro local.
“Es una temática poco vista en el teatro; quizá apareció más en algunas películas. Justamente por eso me resulta muy desafiante. Cuando Franco me planteó hacer un desnudo, le dije que con él me animaba. Aunque tengo muchos años de profesión, siempre es algo difícil porque aparecen los prejuicios sobre el cuerpo. Asumí ese desafío a mis 75”, contó.
La risa y la ternura
La intimidad de esos encuentros también está atravesada por el humor. Gloria y el Vasco hablan de sus parejas, de sus vidas cotidianas y de aquello que ocurre mientras ellos están encerrados en ese cuarto de hotel.
La situación, que podría ser dramática, está cargada de ternura, además de momentos de comicidad.
Hay algo cotidiano en esos dos cuerpos que se encuentran, comen, conversan y recuerdan, como si durante esas horas pudieran suspender el paso del tiempo y recuperar una parte de sus vidas que quedó detenida en aquel primer encuentro.
Pese a los años, al tiempo compartido y a los achaques, Gloria y el Vasco vuelven a encontrarse puntualmente en el hotel alojamiento, que es mucho más que un escenario.
Es un refugio, un territorio propio donde los personajes pueden dejar afuera las obligaciones, las convenciones y las miradas de los demás.
Están porque se quieren y se necesitan, pero -principalmente- porque tienen un deseo ardoroso de encontrarse.“Trabajé mucho en el vínculo con el Vasco y en esa necesidad de encuentro. En una escena, él me dice: ‘Viniste con la colonia puesta’. Me parece de una gran intimidad. Puse el énfasis en la relación entre ellos sin importar el entorno. Ellos sienten la necesidad de verse, de estar juntos, de compartir y de tener sexo. Aunque muchas veces, en mi construcción, ellos se encuentran en ese nido que tenían sin tener sexo. Eso no quiere decir que no hubiera deseo”.
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