Lo malo es que el consumo no arranca, y lo más probable es que tampoco mejore mucho el año que viene”, le dijo esta semana a Clarín uno de los ministros del ala optimista del gabinete. El funcionario lo dijo antes de que se conociera el dato de la inflación de agosto, un 1,7% que fue celebrado por Javier Milei y por Luis Caputo como lo que es: el principal y más extendido éxito del plan económico libertario. Ese 1,7%, que según las proyecciones de las consultoras podría ser también el promedio de los próximos meses, está discutido desde este verano. No se trata sólo de la crítica a la medición del INDEC, que quedó lastimada desde que Milei ordenó que no se actualizara para evitar darle un peso nuevo a los servicios públicos en la canasta de gastos de los argentinos. Ese número de la inflación -infinitamente menor al que recibió Milei cuando asumió- quedó sepultado por la escalada de demandas de segunda generación que empiezan a ganar importancia en la opinión pública.

Una de ellas es la que refleja la frase del ministro: la gran mayoría de los argentinos tienen hoy poco dinero disponible para gastar y están pidiendo la reactivación de una economía que crece a mucho menos de la mitad del ritmo que había imaginado el Gobierno a fines del año pasado. Ese crecimiento muy lento hace que algunos fenómenos aparezcan asociados al desempeño de la economía de Milei y Caputo y no tanto a causas más profundas.

Como ejemplo de eso se puede mencionar la cuestión del cierre de locales comerciales. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, detectó que en los últimos meses creció un 30% la vacancia de locales en las avenida Santa Fe, Córdoba, Corrientes y Rivadavia, desde hace décadas asociadas al perfil comercial porteño. En las ciudades más chicas o medianas del interior, los cierres y sus efectos se ven mucho más claramente. El problema para el Gobierno es que esa caída de persianas se asocia, según reflejan las encuestas, más a la crisis económica que al crecimiento de las ventas online. Es probable que la gente tenga razón: si Mercado Libre, por ejemplo, reparte 2.000 paquetes por día en una ciudad de 70.000 u 80.000 habitantes, el cierre de locales comerciales puede no obedecer a una crisis pero es bastante probable que desencadene un tembladeral en esa localidad.

Luis Caputo, ministro de Economía de la Nación.

¿Qué impacto político tienen esos cambios en el paisaje social?

Milei cree que esas consecuencias de su programa económico son ajustes necesarios en un mercado que se encamina hacia un nuevo equilibrio, y que la gente no lo castigará por eso con su voto.

A pesar de eso, en su Gobierno están tomando recaudos para prepararse para la elección del año que viene. Karina Milei se presentó el jueves en una de las reuniones que La Libertad Avanza viene manteniendo con dirigentes del PRO para dejar en claro que sigue viva la posibilidad de armar alianzas con el macrismo.

El jefe de Gabinete, Diego Santilli, enrolado en el espacio karinista del Gobierno, está buscando arreglos en las diez provincias que hoy están en manos del PRO, del radicalismo y de sus aliados, además de la provincia de Buenos Aires. Es muy probable que esos entendimientos ocurran, pero también se sabe que tendrán diferentes formas. Algunos gobernadores aceptarán pintarse directamente de violeta como hizo el radical chaqueño Leandro Zdero y otros aceptarán arreglos menos evidentes pero que los igual protejan de la aparición de boletas mileístas que puedan perjudicarlos frente a los rivales que ponga el peronismo.

Milei tiene razón cuando dice que esta vez le tocará competir contra sí mismo, porque los argentinos votarán el año que viene considerando la gestión libertaria y el efecto que provocaron los últimos cuatro años en sus vidas y en las de su entorno más cercano.

Pero también es cierto que para el Presidente será importante saber a quién buscará derrotar. La experiencia de Mauricio Macri demostró que no es lo mismo enfrentar a un kirchnerismo en retirada que a uno con capacidad de regresar a la Casa Rosada. También se ha dicho varias veces que para el Presidente será muy diferente enfrentar a un opositor que desafíe al modelo de frente y en todos sus fundamentos como Axel Kicillof o a un dirigente que esté dispuesto a mantener algunas de las decisiones de la gestión libertaria, sobre todo las de defender el superávit fiscal y las restricciones a la emisión monetaria.

El primer escenario sería más cómodo para Milei pero pondría nerviosos a los potenciales inversores financieros, lo cual perjudicaría al propio Presidente. El segundo caso obligaría al Gobierno a dejar de lado su discurso más conocido, pero a la vez dejaría más tranquilo a Caputo.

En el peronismo, la principal fuerza de oposición, no apareció hasta ahora ningún dirigente relevante que haya dicho que aspira a mantener alguna política de Milei, sobre todo porque Cristina Kirchner mantiene, incluso presa y callada, la capacidad de vetar, o de perjudicar, candidatos presidenciales.

En la semana próxima, luego de quedar obligados a correr detrás de la agenda de la oposición con los proyectos sobre morosidad y fondos para tratamientos de personas con discapacidad, el Gobierno buscará recuperar la iniciativa con el proyecto de Ley de Soberanía -una suerte de collage de leyes y regulaciones ya existentes que el propio Milei ignoró desde su llegada a la Casa Rosada y que reflotó para apuntalar su novedosa encarnación malvinera- y con el Presupuesto para 2027.

Con el segundo proyecto de ley se podrá conocer qué inflación espera el Gobierno para el año próximo, qué precio imagina para el dólar y qué sectores de la población y también de la economía recibirán algún aire en el año electoral.

No hay que ser mago para adelantar que esos cálculos generarán una reacción de los gobernadores perjudicados por el reparto de ese Presupuesto y se convertirán en un nuevo episodio de la campaña electoral adelantada, a pesar de que las escaramuzas presupuestarias suelen pasar casi desapercibidas para el gran público. Pero esta vez cualquier ventaja sirve.