En 1825, mientras Lavalle y Rosas compartían una campaña en la frontera con el indio, los debates entre los partidarios de la “unidad de régimen” y del “federalismo” ardían en el Congreso Constituyentee de las Provincias Unidas, que había sancionado la Ley Fundamental y que derivará en una Constitución unitaria.
Los periódicos de uno y otro bando se multiplicaban en ardorosas polémicas, disputas iniciadas en 1814 cuando Artigas formó la Liga de los Pueblos Libres segregada de las Provincias Unidas que se reunirán en Tucumán. Vale consignar que aquel Congreso fue el organismo que nombró a Rivadavia como primer presidente, gobierno que tuvo entre sus partidarios nada menos que a Facundo Quiroga.
No debe extrañar, el Tigre de los Llanos, año después, en carta a Rosas fue taxativo: “Usted sabe, porque se lo he dicho varias veces, que yo no soy federal, soy unitario por convencimiento. Pero con la diferencia de que mi opinión es muy humilde y que yo respeto demasiado la de los pueblos, constantemente pronunciada por el sistema de gobierno federal”.
Sin ambages, el general San Martín se había definido ya en 1816: “Me muero cada vez que oigo hablar de Federación” alertaba, preocupado por la posible falta de “unidad” en la causa americana.
Poco después, José M. Paz atendía a la posición de Belgrano en 1819: “Esta constitución y la forma de gobierno adoptada en ella no es en mi opinión la que conviene al país; pero habiéndola sancionado el soberano Congreso Constituyente, seré el primero en obedecerla y hacer obedecer” aunque, en sus palabras, “era una monarquía moderada lo que nos convenía”.
Podrían citarse muchos otros casos en los que priman más las ambigüedades y los posicionamientos circunstanciales que la efectiva participación ideológica: el mismísimo Chacho Peñaloza peleó en el bando unitario y debió exiliarse en Chile… junto con Sarmiento, sin olvidar las sinuosidades del mismísimo Juan B. Alberdi.
Pero la cuestión del federalismo vs el “porteñismo” parece ser un tema siempre irresoluto que insiste en replantearse en nuestra historia tejiendo ese falso “River-Boca” que comienza con morenistas y saavedristas y tiene un largo etcétera de dicotomías (¿es ahora la de populismo de derecha contra otro “de izquierda”?; ¿o el manejo discrecional de fondos contra la postergadísima ley de coparticipación?; ¿acaso reelecciones indefinidas o jurisdicciones sobre recursos en los “feudos”?).
Beatriz Bragoni precisa que, en efecto, tras la Revolución de Mayo hubo una batalla muy cruenta que, en el fondo, se convirtió, en realidad, en la lucha por “monopolizar la narrativa” y Marcela Ternavasio subraya que “ser federal significó muchas cosas” mientras, tiempo antes, Floria y García Belsunce confeccionaban una tabla de doble entrada donde coexistían cuatro espacios con federales-porteños y unitarios del Interior, que podían concluir más cerca por lo geográfico que por sus afinidades políticas: vaya el mismo general Paz como ejemplo.
Se conmemora hoy el “Día del Maestro” y es oportuno traer a cuento si la famosa contradicción entre civilización y barbarie (no “civilización o barbarie”, precisemos) es disyuntiva o plantea, en esencia, una encrucijada.
En otros términos… ¿Don Domingo fue acaso –como se lo suele pintar– un unitario cerril, enemigo del Interior, sus pueblos y costumbres y un “cipayo” extranjerizante? ¡Solo puede afirmar eso quien no lo ha leído! Más aún, los propios hechos demuelen esas bravatas y la mejor prueba es la obra de su gobierno.
Anoto: la primera exposición agroindustrial de América latina; el primer observatorio astronómico del hemisferio sur y la primera Academia de Ciencias se localizaron en Córdoba; las tres primeras quintas agronómicas, en Mendoza, San Juan y Santa Fe; el fomento a la minería, en zonas cordilleranas; con el eucaliptus pobló la pampa yerma, con el malbec los viñedos cuyanos y con el mimbre las islas del Litoral; por su impulso el ferrocarril llegó a Tucumán y el telégrafo se hizo trasandino y transatlántico y, con la Escuela Naval y el Colegio Militar modernizaron las armas nacionales.
¿Y respecto de su nave insignia, la educación? Las más de 60 maestras contratadas en Estados Unidos se repartieron por nada menos que 18 localidades del país y la Escuela Normal de Paraná será uno de los grandes centros de irradiación de la docencia: con la impronta de Sarah Chamberlin se formarán los jardines de infantes y Rosarito Vera Peñaloza, “maestra de la patria”. ¿Escuelas primarias?
Se crearon en todo el país cerca de 800 elevando la población escolar de 30 mil a 100 mil alumnos. ¿Bibliotecas populares? De las dos iniciales –de San Juan y Chivilcoy, apunten–, se registrarán unas 200 distribuidas en todo el país hacia 1876. Con Avellaneda, luego, se aprobará la Ley de Colonización e Inmigración, trascendental para nuestra historia… ¡Obras, no palabras!: el período 1869-1879 merece inscribirse como la verdadera “década ganada”.
Sarmiento, el pragmático estadista que atendía a la realidad desde sus principios republicanos, aportó una perspectiva de desarrollo nacional y americano que trasciende a la opción federal-unitario. Recordemos hoy aquella ovación que recibió en la Convención constituyente de 1860 cuando propuso que, además de República y Nación Argentina el país recuperara el nombre de “Provincias Unidas del Río de la Plata”, término que, clamó, “si no existiera habría que inventarlo”. Allí está, vivo, en el artículo 35 de la Constitución. Sí, hoy es “el Día del Maestro Americano”.
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