Hace treinta años que la Argentina retrocede en los rankings educativos y, en vez de revertir la tendencia, la profundiza. Las pruebas PISA y ERCE lo confirman ciclo tras ciclo cada vez menos chicos comprenden lo que leen, más chicos abandonan la secundaria, y los que la terminan llegan sin las herramientas mínimas para el mundo del trabajo: leer, escribir, hacer cálculo. En las últimas pruebas PISA quedamos en el puesto 72 entre 91 países.

El costo es altísimo. Según UNESCO, reducir un 10% el abandono escolar y la cantidad de alumnos sin herramientas básicas podría sumar entre 1 y 2 puntos porcentuales al crecimiento económico del país. Pocas inversiones rinden tanto como la educación.

Alumnos que participan del Plan de Alfabetización en Chaco.

El problema de fondo es que esos planes no tienen objetivos medibles. Ninguna provincia estableció, por ejemplo, cuántas palabras por minuto debería leer un chico al terminar 1er o 2do grado, ni qué tipo de texto debería comprender a esa altura. Sin esos números, cualquier objetivo de “mejorar la lectura y la escritura” es una declaración de intenciones con la que nadie podría estar en desacuerdo y, a la vez, de la que nadie puede rendir cuentas.

Sin evaluaciones externas y estandarizadas es imposible saber si un plan funciona. Se trabaja, se mide y, según el resultado, se sostiene el rumbo o se corrige. Sin medir, no hay forma de corregir del error ni de replicar el éxito. Pero no se puede ser juez y parte, no puede cada provincia medirse de acuerdo con sus propias pruebas, diseñadas especialmente para esto y que no han sido piloteadas ni testeadas.

Los programas que funcionan no tienen ideología tienen resultados.

La alfabetización eficaz depende de tres factores que la ciencia y la experiencia ya identificó: 1. la cantidad real de práctica de lectura y escritura que reciben los alumnos en el aula, la verdadera equidad; 2. la formación docente alineada con la evidencia; y 3. una metodología estructurada de enseñanza de la lectura y la escritura, trabajando de lo explícito a lo implícito, con practica de lectura y escritura desde el inicio, la fluidez es el puente para la comprensión y solo se consigue leyendo en voz alta, por eso debemos adoptar prácticas de lectura oral en clase y medir las palabras por minuto, para medir la fluidez.

Alumnos que participan del Plan de Alfabetización en Chaco.

La escuela y el docente tienen que volver a ocupar el centro del proceso de alfabetización: la escuela no puede ser un ambiente alfabetizador y el docente es mucho más que un mediador, es en la escuela y con el docente que cada chico puede aprender a leer en 1er grado, más allá de su origen familiar. Hoy eso no ocurre, y el llamado factor cuna sigue pesando más que la escuela.

En un ciclo lectivo, Chaco logró algo que parecía imposible en el sistema educativo argentino: duplicó los resultados de comprensión lectora de los alumnos de 1er grado. No fue magia ni un aumento de presupuesto extraordinario. Fue un cambio de método, de políticas educativas.

No es una novedad: es lo mismo que muestra desde hace años la ciencia de la lectura y se observa en experiencias regionales e internacionales Ceará y Sobral en Brasil, Mississippi en Estados Unidos o Inglaterra que acaba de subir al puesto 8 en las pruebas PISA 2025 con cambios muy concretos en sus políticas educativas. Hay que mirar los datos y cambiar de rumbo, adoptar una enseñanza estructurada y sistemática de la lectura, con práctica diaria de lectura y escritura en el aula y corrección ortográfica desde el primer día.

Escuelas de la Ciudad de Sobral, en el nordeste de Brasil, que tienen los mejores indicadores educativos.

Donde se cambió la instrucción, cambiaron los resultados.

Chaco demostró que se puede tener otros resultados, que todos pueden aprender a leer en 1er grado. La pregunta que le queda pendiente al resto del país es si estamos dispuestos a medir los resultados, a hacer los cambios necesarios, a sostener la política más allá del gobierno de turno, y a animarnos a fijar objetivos concretos donde hoy solo hay buenas intenciones.

* Florencia Salvarezza, experta en Lingüística, Neurociencias y Educación.

RB