Durante mucho tiempo creyó que la razón por la que tenía pocos amigos cercanos era muy simple: decía que tenía estándares altos. Prefería, según repetía cada vez que surgía el tema, contar con una o dos personas verdaderamente confiables antes que rodearse de muchas relaciones superficiales.
Sin embargo, una conversación con una amiga terminó desarmando esa explicación que había sostenido durante años. Lo primero que hizo fue ponerle un título a esa sensación. Fue así como surgió: "Tengo cincuenta y tantos años y la gente siempre me ha descrito como fuerte, constante y confiable, y no sé cómo explicar que esas mismas cualidades son la razón por la que a veces me siento completamente inaccesible, incluso para mí misma".
Amparado en ese título, la autora relata cómo empezó a preguntarse si esa supuesta fortaleza escondía, en realidad, una forma de protegerse del dolor. La reflexión la llevó a revisar décadas de relaciones personales y a descubrir que muchas de las decisiones que atribuía a la experiencia quizás respondían más al miedo que a la sabiduría.
Cuando los "estándares altos" se convierten en una coraza
La autora reconoce que no levantó barreras sin motivo. Hubo amistades que la decepcionaron, personas que no estuvieron cuando las necesitó y situaciones que le enseñaron a ser más cuidadosa con quién dejaba entrar en su vida.
La autora relata cómo empezó a preguntarse si esa supuesta fortaleza escondía, en realidad, una forma de protegerse del dolor. (Foto ilustrativa).
El problema, explica, fue que siguió acumulando requisitos después de aprender la lección. Cada desilusión sumó una nueva condición para confiar en alguien. Con el paso de los años, la lista de exigencias se volvió tan extensa que casi nadie lograba superarla.
Durante mucho tiempo interpretó esa actitud como una muestra de madurez. Hoy cree que confundía el discernimiento con una armadura emocional. Mientras pensaba que estaba seleccionando mejor a las personas, en realidad estaba reduciendo al mínimo las posibilidades de volver a sentirse vulnerable.
La soledad elegida también tiene un costo
Aunque asegura que disfruta de pasar tiempo sola y que nunca sintió la necesidad de tener un gran círculo social, admite que hay momentos en los que percibe con claridad aquello que le falta.
Le ocurre cuando presencia amistades de muchos años que parecen funcionar con naturalidad o cuando observa la complicidad entre personas que se conocen profundamente. No siente envidia, pero sí la sensación de que existe un tipo de cercanía que ella misma dejó de construir hace tiempo.
Admite que hay momentos en los que percibe con claridad aquello que le falta. (Foto ilustrativa).
Fue entonces cuando comenzó a preguntarse si realmente había elegido esa vida o si, en realidad, llevaba años pagando el precio de mantenerse protegida. La diferencia, sostiene, es importante: no es lo mismo preferir la soledad que llegar a ella como consecuencia de evitar cualquier posibilidad de sufrir una nueva decepción.
El miedo no era a la traición, sino a las pequeñas decepciones
Uno de los descubrimientos que más la sorprendió fue identificar cuál era el verdadero temor que guiaba muchas de sus decisiones. No eran las grandes traiciones las que la inquietaban. Esas, explica, tienen un comienzo y un final claros.
Lo que realmente le resultaba insoportable era la acumulación de pequeños gestos: una llamada que nunca llegaba, una invitación olvidada o la sensación de importar menos de lo que imaginaba para otra persona.
Para evitar atravesar nuevamente esa experiencia, fue reduciendo el número de vínculos importantes. La estrategia funcionó durante años porque disminuyó las oportunidades de sentirse herida, aunque también limitó la posibilidad de construir relaciones más profundas.
La frase de una amiga que cambió su forma de verse
La conversación que dio origen a esta reflexión ocurrió de manera casual. Mientras hablaban de otras personas, una amiga le dijo que creía que siempre se alejaba antes de que pudieran dejarla.
Según recuerda, esa observación la incomodó tanto que cambió inmediatamente de tema. Sin embargo, la frase siguió resonando durante meses.
Con el tiempo entendió que su amiga no cuestionaba sus principios, sino el uso que hacía de ellos. Muchas veces, explica, recurría al lenguaje de la prudencia para justificar decisiones motivadas por el miedo. Incluso había cortado el vínculo con personas valiosas por defectos menores que, vistos en perspectiva, no justificaban semejante distancia.
Aprender a quedarse también implica aceptar la incertidumbre
La autora aclara que esta nueva mirada no significa confiar ciegamente en cualquiera ni abandonar los límites que considera saludables. Tampoco cree que la solución sea abrirse indiscriminadamente a todas las personas.
Lo que intenta cambiar, asegura, es la rapidez con la que decide marcharse cuando aparece la primera decepción. Hoy quiere aprender a interpretar un olvido o una ausencia como un hecho aislado y no como una sentencia definitiva sobre el valor que tiene para alguien.
La autora aclara que esta nueva mirada no significa confiar ciegamente en cualquiera. (Foto ilustrativa: Freepik).
Reconoce que no será un proceso sencillo porque esa forma de protegerse la acompañó durante muchos años. Sin embargo, siente que ya no quiere seguir viviendo únicamente desde la prevención.
Después de tanto tiempo convencida de que marcharse primero era la mejor estrategia, concluye que quizás el desafío de esta etapa de su vida consista, simplemente, en aprender a quedarse.
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