“A veces, como sociedad argentina, también recorremos caminos peligrosos, no por cuestiones geográficas, sino porque no nos llevan a ningún buen lugar, o nos meten en laberintos sin salida. El camino de la intolerancia, el de los enfrentamientos constantes, el de la descalificación del otro por pensar o ser distinto, el camino de la crueldad hacia los más débiles, el sendero de la discriminación por cuestiones de raza, religión o domicilio. Caminos en los que algunos aprovechan para dividirnos, para enfrentarnos, robándonos las esperanzas de salir juntos adelante, escondidos, en todas las épocas, en cuevas de corrupción...”.

Las palabras de Jorge García Cuerva, arzobispo de Buenos Aires, retumbaron fuerte el pasado 9 de Julio en el Te Deum, frente al presidente Javier Milei, Karina Milei, ministros y funcionarios. No hacían más que describir un estado de cosas que encuestas, informes, o la simple sensación térmica en la calle ya vienen reflejando.

Hace tiempo que, por caso, la corrupción se encaramó al tope, o en segundo lugar, en sondeos que inquieren sobre las preocupaciones de los argentinos: en el Monitor Sociopolítico y Electoral de la Facultad de Psicología de la UBA cosechó un 62,8%, apenas por debajo de los Bajos salarios, con 63,1%. Es tan sólo un ejemplo.

Gran parte de lo que expuso García Cuerva en su homilía son situaciones que ninguna sociedad atraviesa sin costos. Todas ellas van horadando el tejido social y provocando un daño que tal vez no se detecte todavía en toda su dimensión. Hay advertencias, sin embargo, a las que conviene prestar atención.

El Edelman Trust Barometer, o Barómetro de Confianza Edelman, es un estudio mundial anual, muy completo, que mide la confianza y la credibilidad de la sociedad en instituciones clave como empresas, gobiernos, ONG y medios, elaborado por la agencia global de comunicaciones Edelman.

Su edición 2026 arroja resultados preocupantes: se profundiza, a nivel global, una tendencia que venía exhibiéndose ya en los últimos años. Se trata de una creciente polarización, que deriva en un fenómeno que han dado en llamar insularidad. ¿De qué se trata? De una mentalidad que rechaza todo aquello que no coincide con sus valores, ideas, creencias, antecedentes e, incluso, fuentes de información. Todo lo diferente, por más leve que sea, se deja de lado, recluyéndose en círculos cada vez más chicos, más acotados, más idénticos, en un fuerte repliegue defensivo.

En el caso puntual de Argentina, según indica el trabajo, el 77% tiene una mentalidad de confianza insular, es decir, que no están dispuestos a confiar en personas con valores, información, enfoques sobre problemas sociales o contextos, diferentes. Quienes ostentan esta mentalidad no confían en ninguna institución.

La confianza, señala el relevamiento, se vuelve personal; pasa del “nosotros” al “yo”; “se desplaza hacia círculos cercanos, mientras el liderazgo público pierde legitimidad”. Científicos, con el 80%, y profesores, con el 72%, siguen siendo los actores más confiables.

Desde el más alto nivel del poder no se intenta cerrar la brecha existente hoy entre los argentinos sino todo lo contrario: con cálculos electorales en la mira, se trata de acrecentarla día a día, sin atender al daño que se inflige a la sociedad y que será cada vez más difícil revertir.

En tiempos mundialistas, García Cuerva habló de Messi y su mensaje sobre el mérito del equipo, que es la demostración de que “los argentinos, cuando luchamos juntos y unidos, somos capaces de conseguir lo que nos propongamos” y habla de “la fuerza de todos peleando por un mismo sueño”. O como dice aquel poema de John Donne: “Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta (...) por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. Sólo hace falta que alguien las escuche.