La semana pasada tuvo lugar una nueva edición del Farm Progress Show, en Boone, Iowa. Desde fines de los años 70, la gran exposición a campo estadounidense ha sido una especie de Meca para quienes buscaban anticipar el futuro de la agricultura.

Allí íbamos a abrevar en una fuente tecnológica que parecía inagotable. Había una pregunta recurrente: ¿por qué Pergamino no es Iowa? Tuvimos la idea de armar el primer tour desde la revista Dinámica Rural, y nos acompañó un pequeño grupo de productores y empresarios de maquinaria agrícola. Fue en 1982. Al año siguiente vinieron 150 y desde entonces la cosa fue imparable y permanente. Varias empresas y organizaciones hacen sus propios programas y la visita al Farm se ha convertido en un clásico.

La diferencia es que, cuarenta años después, ya no viajamos para contemplar una realidad inalcanzable. Vamos para comparar, intercambiar y descubrir por dónde viene la próxima ola.

En 1980 la brecha era enorme. Estados Unidos produjo aquel año alrededor de 169 millones de toneladas de maíz y 48 millones de soja. La Argentina cosechaba unos 13 millones de maíz y apenas 3,5 millones de soja. Pero la distancia no era solamente cuantitativa. En el Midwest se veían sembradoras, cosechadoras, pulverizadoras, secadoras y equipos de almacenamiento que aquí tardarían años en llegar. También había una enorme diferencia en genética, fertilización, protección de cultivos, manejo y capacidad empresarial.

Por eso fueron tan importantes aquellos viajes. No era turismo tecnológico. Eran expediciones de búsqueda. Productores, contratistas, técnicos, fabricantes de maquinaria y periodistas regresaban con ideas, fotografías, folletos y contactos. Cada uno traía una pieza del rompecabezas. Muchas veces había que adaptar lo visto a nuestras condiciones, porque la agricultura pampeana tenía menos subsidios, menos crédito, menos infraestructura y suelos sometidos a una erosión que amenazaba su futuro.

De aquella inquietud surgió buena parte de lo que después llamamos la Segunda Revolución de las Pampas. No se trató de copiar. La Argentina tomó tecnologías desarrolladas en otros lugares, las combinó con conocimiento propio y construyó un sistema singular. La siembra directa es el mejor ejemplo. Mientras Estados Unidos continuaba utilizando distintas variantes de labranza, aquí abandonamos masivamente el arado. Hoy más del 90% del área agrícola argentina se siembra sin remover el suelo, una proporción muy superior a la norteamericana.

La directa permitió conservar agua, frenar la erosión, sembrar enormes superficies en ventanas muy cortas y expandir la agricultura hacia ambientes antes considerados marginales. Después llegaron la soja resistente a herbicidas, los maíces Bt, las sembradoras de precisión, los monitores de rendimiento, el piloto automático, el corte por secciones, la fertilización variable y la gestión digital. Cada innovación se montó sobre la anterior.

El resultado está a la vista. En la campaña 2025/26 Estados Unidos ronda los 430 millones de toneladas de maíz y 116 millones de soja. La Argentina se mueve, según la fuente y el impacto climático, en torno de 60 millones de maíz y 48 millones de soja. La diferencia de escala sigue siendo grande, pero en soja se redujo de una relación de catorce a uno a menos de dos y medio a uno. Y lo más importante es que la brecha tecnológica y de rendimiento se achicó extraordinariamente.

El promedio nacional estadounidense de maíz todavía supera al argentino, porque allí el cereal ocupa los mejores ambientes y cuenta con una formidable infraestructura de riego, secado y transformación. Pero en los campos bien manejados de la región pampeana los rendimientos de maíz y soja compiten de igual a igual con los del cinturón maicero. Ya no sorprende encontrar aquí, al mismo tiempo que en Iowa, las sembradoras, pulverizadoras y cosechadoras más avanzadas del mundo. Incluso muchas máquinas llevan tecnología desarrollada y fabricada en la Argentina.

También seguimos el sendero de la biotecnología y empezamos a recorrer el del etanol. Estados Unidos convirtió al maíz en energía, burlando la vieja amenaza de los excedentes. La Argentina ya produce etanol de maíz en Córdoba, agrega valor en origen y obtiene burlanda, aceite y dióxido de carbono. Todavía estamos lejos de la escala norteamericana, pero ya comprendimos el concepto: el grano no es solamente alimento o materia prima de exportación; es una plataforma para producir proteínas, energía y biomateriales.

Por eso sigue siendo bueno ir a Boone. Siempre habrá algo nuevo para mirar. Pero ahora los argentinos caminan por el Farm Progress Show con otra actitud. Ya no son alumnos deslumbrados frente a un mundo remoto. Son protagonistas de una revolución tecnológica propia, capaces de absorber, adaptar y también aportar innovaciones.

Pero es imposible eludir la comparación con nuestra propia muestra dinámica: Expoagro. Con orgullo podemos decir que no solo es el doble de grande que el Farm, sino que además se ve mucha más tecnología. Porque no sólo está todo lo que tienen ellos, en simultáneo, sino que se exhiben sistemas y productos en los que ellos nos miran de atrás. Desde el sistema de silobolsa, una solución logística que se exporta a cincuenta países y entre ellos a Estados Unidos. Embolsadoras, extractores y las propias bolsas, de tecnología insuperable, hechas con el polietileno que viene ahora del gas de Vaca Muerta. Cabezales maiceros, moledoras embolsadoras, carros tolva autodescargables. Hoy Pergamino le arrimó el bochín a Iowa, y en varios aspectos lo supera. (No hace falta que me lo digas: salvo en infraestructura, lo que tenía que hacer el Estado).

Aquellos pioneros viajaban para cerrar una brecha. Cuarenta años después podemos decir que la búsqueda valió la pena. La distancia no desapareció del todo, pero dejó de ser un destino inevitable. Esa es, quizá, una de las pruebas más contundentes de la fantástica Segunda Revolución de las Pampas.