Lo inquietante del resultado de este domingo en las elecciones del estado de Sajonia-Anhalt es que no hay nada de qué sorprenderse. Que la sociedad alemana se está escorando cada vez más a la extrema derecha era algo anunciado en anteriores comicios. En cambio, lo verdaderamente turbador es que tres gobiernos han pasado (Merkel, Scholz y ahora Merz) y esa radicalización no hace más que agudizarse. Los dos problemas están más asociados de lo que aparece en la superficie.

El origen del partido Alternativa para Alemania (AfD) y su deriva posterior explican mucho de este presente. Su mismo nombre es un indicio revelador. El 6 de febrero de 2013, dieciocho ciudadanos se reunieron en un salón comunitario de la iglesia evangélica de Oberursel en el estado de Hesse. Muchos eran académicos; había economistas liberales y algunos conservadores decepcionados de la CDU democristiana.

Tres años antes, Angela Merkel había rechazado anular su apoyo con dinero alemán a un rescate de Grecia por su crisis de deuda, aun cuando existía un profundo desacuerdo en el país sobre esa decisión. Ante el Parlamento, en un gesto obstinado que muchos le reprocharían, la canciller pronunció una frase que haría historia: “No hay alternativa”. La AfD agudizó entonces su campaña para retirar a Alemania del euro, el único tema del naciente partido, que carecía entonces de una agenda radicalizada.

Pero hacia 2015, cuando sobreviene la crisis de los refugiados y Alemania recibe un millón de inmigrantes, una corriente extremista copa la cúpula partidaria y su programa fundacional es sepultado. Poco a poco, las proclamas antimusulmanas y antiwoke, el apoyo a Rusia, y una retórica agresiva e incendiaria llenaron la agenda, incluyendo banalizaciones del nazismo como la de Alexander Gauland, un líder de la Afd, para quien el Reich de Hitler fue “una simple insignificancia en 1000 años de historia alemana exitosa”.

Esa tendencia ligada a la era nazi no ha dejado de afirmarse. Hace una semanas, la revista Der Spiegel, generó un áspero debate con la foto del principal candidato en las elecciones, Ulrich Siegmund, bajo un polémico título: “El hombre más peligroso de Alemania”. En varias páginas, el mayor semanario alemán recuerda los intentos hasta ahora fallidos de prohibir al partido por encarnar valores anticonstitucionales y exhuma el pasado de Siegmund, de su mano derecha y de otros miembros esenciales de su equipo como integrantes de las Juventudes Patriotas de Alemania, ilegalizadas por neonazis en 2009. Pero el artículo, que pretendía ser una denuncia, fue usado por el candidato como lema de campaña y disparó toneladas de críticas a la revista.

Ulrich Siegmund, “el hombre más peligroso de Alemania”, según un título de la revista Der Spiegel. Foto EFE

Toda la polémica barrió a un costado la discusión pública del programa de 156 páginas de la AfD, que terminó siendo legitimado con el voto de este domingo. Entre sus puntos esenciales, propone una restricción drástica de derechos de los asilados y su eventual “remigración” (expulsión), la introducción de ideologías ultraconservadoras en materia de familia, género y educación, fin de subsidios a las iglesias, la enseñanza escolar del ruso y el fin del programa “escuela sin racismo”.

A diferencia de otros partidos con orígenes extremistas que han moderado sus consignas, como el lepenismo en Francia o los radicales holandeses, la AfD no cesa de radicalizarse. Y cuando más lo hace, más partidarios suma. Este ambiente de fondo sostiene el dedo acusador a la dirigencia alemana por seguir promoviendo políticas que alimentan el ideario extremista. La AfD no surgió del vacío. Artículos con fuerte reproches al establishment por su gestión del caso y sus errores de cálculo desbordan la prensa alemana, a derecha e izquierda. Lo padece en carne propia el conservador Friedrich Merz. Su 13% de respaldo es el peor índice para un canciller en funciones en toda la posguerra. Pero los políticos no son los únicos denostados por su incapacidad de resolver problemas que aquejan a la gente.

En verdad, son los fundamentos del modelo económico alemán los que crujen, golpeados por los aranceles de Trump y la energía más cara desde la guerra de Ucrania. Como informa el Handelsblatt, el diario económico de referencia, “la economía alemana atraviesa su período más débil de la posguerra (..) la producción manufacturera se contrajo en cinco de los últimos seis años”.

El ejemplo del automóvil es vital. La industria explica el 26% del PBI y sigue perdiendo plata. China ya no necesita autos alemanes porque los fabrica ella misma. Y Alemania va detrás en la innovación del auto eléctrico. Oliver Blume, el CEO del VW, el mayor fabricante europeo, despedirá 35.000 trabajadores de aquí al 2030, algo inédito en 87 años de la firma. “Despedir gente, empobrecer regiones enteras de Alemania y destruir deliberadamente las estructuras industriales no es un plan para el futuro (…) El señor Blume y toda la junta directiva están muy bien pagados. Con un salario de 9 millones de euros al año, espero mejores ideas que simplemente despedir a más gente”, dijo al Frankfurter Allgemeine Zeitung, el principal diario alemán, la socióloga Christiane Benner, directora general de IG Metall, el sindicato industrial germano de 125 años de existencia, el más importante de Europa.

Este escenario de franco declive, con fuertes críticas a la dirigencia, es más acentuado en la Alemania del este, escenario del voto de ayer. Los indicios de la protesta que generaron la AfD ya se percibían allí tras la reunificación de 1990, cuando los habitantes de esa región comunista se veían rezagados ante sus compatriotas del oeste capitalista.

El rápido avance del AfD no ha logrado ocultar, sin embargo, graves contradicciones internas en donde el único consenso cierto parecer ser la suspensión de la ayuda a Ucrania y el regreso del gas subsidiado de Rusia. Su principal figura nacional, Alicie Weidel, es blanco de reproches por esos contrastes: mientras su partido defiende la familia clásica, ella vive con otra mujer; clama por el cierre de fronteras aunque reside en Suiza; quiere deportar a extranjeros pero su pareja es de Sri Lanka; rechaza la globalización, pese a que trabajó en Goldman Sachs.

Como dice la periodista Eva Kienholz, Alemania enfrenta una grieta nacional que era impensable hace una década. “Desde los primeros éxitos de la AfD, los partidos establecidos buscan el modo adecuado de tratar a los recién llegados ¿Cómo deben relacionarse con un partido que, si bien fue elegido democráticamente, representa cada vez menos los valores democráticos?”, preguntó en su “Breve historia de la AfD”. En la respuesta a ese interrogante reside parte del desafío futuro de Alemania.