El 22 de agosto el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció un discurso impensado en respuesta a las actitudes del Pte. Trump. Afirmó: “Hemos sido atacados”. No se trata sólo de los aranceles comerciales, es una suma de datos y realidades que incluyen la redefinición de la identidad del Lago limítrofe de Ontario, que para los EE.UU habría pasado a llamarse Lago D. Trump. Este discurso, con registro anti-vasallización, contiene otra frase cargada de identidad: “somos dueños de nuestra casa, de un Océano a otro”. Una alianza histórica hoy aparece envuelta en la bruma estratégica que aqueja a la OTAN.
Este divorcio, impensado entre aliados, refleja las dificultades que enfrenta la política de exterior de la Casa Blanca. Trump está en campaña electoral con encuestas adversas; está por realizar su “gran visita” a Pekín, cuando el presidente Xi viene fortificado de la “Cumbre de la Organización de Shangai”, y está sufriendo una derrota política en la guerra de Ormuz.
Así se explica porqué sus aliados, Turquía, Pakistán y Arabia Saudita, acaban de subscribir un Acuerdo de Defensa sellado simbólicamente en la ciudad de La Meca el 7 de agosto pasado. La explicación es obvia: están buscando nuevas garantías, la americana es insuficiente y dudosa. En paralelo, recientemente otros desafíos han aparecido que la Casa Blanca no puede ignorar. Concretamente ellos se alimentan de dos incertidumbres: reservas monetarias y tasas de interés.
Bajo el peso de las dudas, riesgos y malos entendidos Atlánticos, los Bancos Centrales europeos han comenzado a repatriar parte de sus reservas de oro depositadas en los Estados Unidos. Luego de la Segunda Guerra Mundial muchos bancos europeos enviaron para su custodia cantidades no menores de oro.
Pero el “efecto Trump” se hace sentir y hoy muchos expresan sus dudas retornando el oro. Es el caso del Banco Central holandés, que transfirió entre marzo y agosto varios cientos de toneladas de oro reubicándolas en la City de Londres donde ahora posee el 32%.El Banco de Francia ya ha vaciado su bóveda de Nueva York. En verdad la pregunta es si la tendencia se confirma o si se trata de un fenómeno pasajero. Los Bancos Centrales hoy le otorgan mayor influencia al riesgo geopolítico y en ese ámbito el papel de la City de Londres es clave, es el mayor mercado mundial de oro físico.
En cuanto a los tipos de interés se destaca su disparada. La “duda/temor Trump” existe y ello repercute sobre la credibilidad de la Reserva Federal. Los ataques de la Casa Blanca al anterior presidente de la Reserva Federal todavía no se han disipado y la nueva autoridad aún no ha logrado instalar la confianza que los mercados exigen, en plena turbulencia geopolítica global y bajo las condiciones cambiantes de la agenda de la Casa Blanca.
La incertidumbre que suma guerras, conflictos y desconfianzas, ha seguido alimentándose. Pero el peso decisivo de los interrogantes se apoya en la desconfianza creada en torno a quiénes y en base a qué elementos se toman las decisiones externas en Washington.
Para Stacie Goddard y Abraham Newman gran parte de las explicaciones de las “desprolijidades americanas” radican en la ausencia de la categoría “interés nacional”. Esta figura no estaría muy presente en Washington, los decididores de la política exterior no serían especialistas ni funcionarios, se trataría de grupos de personas concentradas en maximizar ganancias, familiares en el poder y empresarios amigos del poder.
Este “neo-monarquismo” no está en condiciones de sustituir una elite profesional formada y capacitada para maximizar el interés nacional, el Departamento de Estado ha perdido poder e influencia y prácticamente no existen los viejos vínculos que supieron articularse entre las decisiones de política exterior y el mundo académico.
No son ajenas a esta modalidad de gestión en la política exterior americana los argumentos esgrimidos por Trump para “condenar” recientemente a dos aliados históricos de los Estados Unidos: Corea del Sur y Gran Bretaña.
En ambos casos el argumento fue la ausencia de apoyo de Seúl y Londres a sus demandas de ayuda e involucramiento en la guerra desatada en los últimos meses alrededor del control del estrecho de Ormuz. Seúl y Londres no habrían colaborado enviando tropas o facilitando bases de despliegue para las tropas americanas.
En el caso surcoreano el “castigo” al aliado incluyó alabanzas a la dictadura de Corea del Norte y respecto de Londres la ira trumpiana se basó en el impedimento que Londres operó para no facilitarle a los EE.UU algunas bases aéreas.
Pero mas allá de esta “historia de detalles”, lo que se ha puesto en evidencia, además de las fallas diplomáticas, fue la falta de preparación de los EE.UU para la guerra moderna y de transparencia. La ambigüedad fue también la nota, en lo que respecta a los sistemas de armamento.
Los EE.UU utilizaron la mitad de sus reservas en sistemas de armamento claves: concretamente los defensivos. Esta vulnerabilidad americana conduce a un interrogante no menor: están los EE.UU en capacidad de operar plenamente en múltiples zonas de conflictos simultáneos?
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