En otoño cumplirá sesenta años, pero la energía de esta monja nacida en Argentina y afincada hace más de tres décadas en Manresa es arrolladora. De hecho, en esta entrevista, Sor Lucía Caram asegura que posiblemente está en su mejor momento. Su presencia incansable en los medios de comunicación defendiendo la voz de los vulnerables y cuestionando ciertos aspectos de la Iglesia así lo demuestran. Es directa e implicada, y eso la ha convertido en una de las religiosas más mediáticas del estado.

Religiosa dominica, activista e impulsora de numerosos proyectos sociales, Sor Lucía sintió la vocación muy joven y a los dieciocho años empezó el voluntariado con inmigrantes y enfermos terminales, pero una crisis personal la llevó a optar por la vida contemplativa. La congregación la destinó a España y, cuando conoció la comunidad dominica del Convento de Santa Clara, bien cerca de la Abadía de Montserrat, quedó fascinada por su alegría y su manera de trabajar con los más necesitados. Y decidió quedarse.

¿Cómo se ve la vida a las puertas de los 60?

Me impresiona el cambio de década, pero es un regalo poder llegar descubriendo que posiblemente estoy en el mejor momento de mi vida. Tengo salud, tengo fuerza y tengo proyectos que me animan. Cuando eres joven, piensas que puedes cambiar el mundo y que tienes fuerzas para hacerlo, y hoy, darte cuenta de que no puedes cambiar el mundo, pero que la parcela que tienes es el compromiso hasta el final, te llena la vida. Estoy en un muy buen momento.

¿De dónde saca tanta energía?

Tengo la suerte de vivir en comunidad, de levantarme temprano, tener un tiempo de silencio y empezar después mi frenética jornada. Lo que me da energía es el hecho de vivir con pasión los compromisos con las personas. No puedo salvar el mundo, pero si dejo de hacer determinadas cosas, hay gente que se queda por el camino. Cuando veo madres que tienen hijos enfermos, por ejemplo, me pregunto de dónde sacan fuerza, y es del amor, de la pasión para que el otro esté bien. Esta es también mi fuerza. Mi vida son vidas y mi fuerza viene de las vidas que estoy compartiendo. Es impresionante hacer un llamamiento, tener tantos voluntarios que se juntan para colaborar y darte cuenta de que, cuando nos juntamos, podemos llegar a mucha gente que no tiene la suerte de vivir como nosotros.

¿No le cuesta mantener la esperanza en este mundo tan complicado que nos ha tocado vivir?

No esperamos contra la esperanza, tenemos que esperar contra toda desesperanza. Si miramos las noticias, si escuchamos determinadas conversaciones, si vemos cómo todo se politiza, podemos desanimarnos. Pero cuando la esperanza que vivimos no es ideológica, no es un optimismo ingenuo: es una decisión, es levantarte y luchar contra todo, contra viento y marea, y es continuar sembrando aunque no se vea de momento el fruto. No tenemos que esperar que el cambio venga de fuera, sino de dentro. El reto es enamorar a mucha gente con los proyectos en que estamos.

En algunos de estos proyectos trabaja con personas mayores. ¿Qué aprende de ellos?

Lo primero que veo es que muchas veces se dice que las entidades sociales hemos evitado una fractura social y no es verdad. No somos nosotros, es nuestra gente mayor, los sabios que hoy podrían estar disfrutando de una jubilación y de una tranquilidad, pero que tienen que continuar sosteniendo la familia, ser los canguros de los nietos y mantener la economía familiar con la miseria de pensiones que tienen. Lo que más se aprende de la gente mayor es el amor totalmente gratuito porque están acostumbrados a pensar siempre en los otros. Durante la pandemia, en que de golpe nos dejaron tantas personas mayores sin poderse ni despedir, todo el mundo dijo que teníamos que valorarlos, pero la pandemia ha pasado y les hemos vuelto a olvidar. No los escuchamos, pero continúan siendo el comodín de las familias. Aman sin esperar nada a cambio y, en un mundo en que todo parece que tiene precio, tenemos que recuperar este amor gratuito. Aquí, en la comunidad, siempre pienso que las hermanas mayores son las personas de las que más he aprendido.

En la comunidad, siempre pienso que las hermanas mayores son las personas de las que más he aprendido. Foto: FB/SorLuciaCaram

¿Cómo ve a la gente joven?

Los jóvenes son fantásticos, sí, pero hoy no hay compromiso y me preocupa mucho que no lo quieran ni en el trabajo. Es otro estilo, otra forma. También están acostumbrados a la rapidez y la inmediatez, y esto tiene mucho que ver con el tema de las pantallas, que de alguna manera ha congelado la afectividad y la empatía. Pueden pasarse horas pasando el dedo sin escuchar ni ver a los que tienen a su lado. Las relaciones virtuales les han alejado del corazón de las personas y les han hecho más fríos, indiferentes.

Usted está muy presente en las redes sociales y ha sabido mantener un equilibrio…

Estoy presente en las redes para poder hacer que recuerden la realidad en la que estamos viviendo, pero soy muy crítica, sobre todo con los influencers católicos, que intentan ser positivos diciéndote: “Conseguirás todo lo que quieras y Dios llenará tus caminos y tu corazón”. Escúcheme, esto va de compromiso, no de palabras. Dan un mensaje fácil, pero que tampoco es real. “Conseguirás todo lo que quieras, todo lo que te propongas”. ¡O no! Lo importante es ponerse derecho, trabajar y luchar.

¿De dónde le viene esta conciencia y esta determinación?

Yo crecí en Tucumán, en Argentina, en un contexto de guerra y de guerrilla. Precisamente en Tucumán fue donde la lucha fue más fuerte y donde más gente murió. Posiblemente aquella guerra, aquella dictadura militar y vivir en una sociedad en la que las desigualdades eran muy grandes y a mí me tocaba estar en la parte de los privilegiados, ha marcado mi compromiso. Como yo lo he vivido desde siempre, me preocupa el tema de la educación. Hoy se intenta darlo todo a los hijos… ¡Pero todo lo que es material! A veces tienen que salir de su espacio de confort, tener un contacto con la realidad porque esto también les ayuda a madurar. Tenemos un reto muy grande y es cómo humanizamos a las generaciones que vienen.

No lo tienen fácil hoy en día los más jóvenes…

Lo tienen muy difícil para independizarse, tienen que cuidar, cargan muchísimas frustraciones… pero me hace daño ver los estudios que revelan la cantidad de gente que toma antidepresivos y el porcentaje tan elevado de intentos de suicidio entre los jóvenes. ¿Qué hemos hecho mal para que tantos jóvenes hayan intentado suicidarse o hayan tenido pensamientos suicidas en nuestro entorno? Un grupo de psiquiatras ha coincidido en la gran cantidad de jóvenes que están tendiendo hacia la eutanasia como solución. Hay algo enfermo en la sociedad, y en el fondo es una carencia de afectividad, de proximidad, de sentimiento. La pantalla no les hace sentir amados. Les hace sentir colegas, pero no amados.

No lo tienen fácil hoy en día los más jóvenes… Foto: FB/SorLuciaCaram

Séame sincera, Sor Lucía. ¿Usted ha sido capaz de mantener intacta su esperanza? ¿O la ha ido perdiendo poco a poco?

No, yo creo que de joven tienes sueños y ahora, de mayor, te das cuenta de que los sueños los puedes cumplir luchando y trabajando. Si cada cual se pregunta qué puede hacer, la esperanza no podrá fallar. Pero es la pregunta que nos tenemos que hacer todos. En mi caso, mi fe es mi esperanza. Creer es crear. Cuando uno crea, hace posible la esperanza.

Y la fe, ¿evoluciona con los años?

Totalmente, no tiene nada que ver. Lo más importante que me dieron mis padres fue la vida, los hermanos y la fe. Pero mi fe no es la de mis padres, porque ellos no creen por mí. Ni siquiera mi fe es la de la iglesia, porque la iglesia no cree por mí. Me transmiten unos valores, unos referentes, pero hasta que no tienes una opción y una decisión personal, es una fe prestada, y una fe prestada se puede convertir en ideología, en dogmatismo y en fanatismo. La fe la vivo como el seguimiento o la identificación con alguien que pasó por la vida haciendo el bien, que en mi caso sin duda es Jesús. Para mí, Jesús vivió la compasión, que es la pasión compartida. Cuando vas viendo qué hacía con los otros, te preguntas qué hemos hecho nosotros con nuestros hermanos.

Una pregunta incómoda…

La fe es exigente, es no huir de la realidad. No entiendo todos estos nuevos movimientos de gente que vive la espiritualidad sin compromiso. El compromiso te obliga a tomar partido por los más vulnerables, por las víctimas de la injusticia. La fe no puede ser cómoda. En estos nuevos movimientos que surgen, hay mucho fervor, pero muy poco compromiso. Es una generación que busca el like, cuando lo que hay que conseguir es el clic, que la gente haga un cambio.

Cuando vas viendo qué hacía con los otros, te preguntas qué hemos hecho nosotros con nuestros hermanos. Foto: FB/SorLuciaCaram

En medio de esta sociedad tan ruidosa en la que vivimos, usted busca ratos de silencio. ¿Qué le aportan?

El silencio es lo que nos permite que todas las cosas que vivimos puedan reposar. A veces estamos turbios e inquietos, y en estos momentos el silencio es lo que nos permite ver las cosas con la transparencia original que tienen. Si coges una jarra de agua, le pones un poco de arena y la mueves, ves que el agua está turbia. Si intentas moverla para que esté quieta, todavía la remueves más. El silencio es dejar esta jarra, que somos nosotros, para que todo repose, y cuando reposa es cuando recuperamos la transparencia original y vemos las cosas de otro modo. El silencio nos ayuda a hacer el camino de vuelta hacia el propio corazón, a reencontrarnos con nosotros mismos y a dar sentido a nuestra vida.

Sor Lucía, usted que tiene una jarra con las aguas tan removidas por toda la actividad que hace, ¿se ve algún día aflojando el ritmo?

¡No! ¡En un año en mi coche he conducido 68.000 kilómetros! Pero para mí conducir es un momento de reflexión, de silencio. No pongo la radio ni música porque aprovecho el silencio… ¡Pero tengo una actividad frenética y no me veo sin hacer nada! ¡No me imagino!

En estos espacios de silencio que consigue encontrar… ¿Piensa en la muerte?

No, no pienso mucho en ella. En este valle de lágrimas estoy muy bien y no quiero irme, pero no tengo miedo a la muerte. Posiblemente porque tengo la certeza de que el amor no puede morir nunca. ¿Hay vida después? Si he amado, este amor no desaparecerá. No sé cómo, pero no desaparecerá. Creo que de alguna manera las personas que he amado y que me han amado están vivas. Dos meses antes de morir, el Papa Francisco, que para mí era mi padre y mi amigo, me dijo: “Lucía, te prometo que te ayudaré siempre”. Y yo siento que está vivo. ¿Cómo? No lo sé, no tengo ni idea. Pero lo siento, hablo con él, me enfado con él. La fe no es la prueba de lo que no vemos, es la certeza de lo que intuimos.

Cristina Gaggioli