Desde que el periodista y explorador Dan Buettner propuso el término zonas azules para varias regiones del mundo, estas son objeto de estudios centrados en la longevidad. La gran pregunta es por qué en Cerdeña, Okinawa, Nicoya, Icaria o Loma Linda muchas personas alcanzan, e incluso superan, los cien años y están en bastante buena forma.

Buettner acuñó el término en 2005 para referirse a los lugares donde la esperanza de vida es la más larga del mundo y donde se reducen considerablemente los índices de enfermedades coronarias, de cáncer y de demencia senil.

Estos cinco lugares, ubicados en países tan diferentes como Estados Unidos, Japón, o Costa Rica, hacen que sus habitantes sean los más longevos del planeta por múltiples factores.

Ahora, un estudio realizado en Cerdeña (Italia) por la Universidad de Cagliari analizó a 118 personas que vivían de manera independiente en distintas localidades, con una edad promedio de 87 años. El participante más joven tenía 65 años y el mayor, 101.

¿Qué hábitos podrían proteger la memoria?

El trabajo científico buscó determinar qué factores podían predecir las llamadas quejas subjetivas de la memoria. Es decir, la percepción de una persona de que está olvidando más cosas o de que su memoria funciona peor que antes.

La isla de Cerdeña (Italia) es una de las zonas azules según la definición de Dan Buettner. Foto: Archivo.

Los investigadores evaluaron cinco posibles predictores: actividad física, tiempo de sedentarismo, eficiencia del sueño, percepción de la salud física y confianza en la propia memoria.

El resultado fue contundente porque cuatro de esos factores aparecieron relacionados con menos quejas de la memoria:

  • Una mejor percepción de la propia salud física.
  • Una mayor confianza en la capacidad de la memoria.
  • Caminar un mayor número de pasos cada día.
  • Una menor cantidad de tiempo dedicado a comportamientos sedentarios.

Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es la relación entre movilidad y memoria. Los investigadores midieron los pasos que dieron los participantes durante siete días utilizando un acelerómetro. El dispositivo también registró cuánto tiempo permanecían sin moverse. Los participantes debían llevarlo las 24 horas, salvo durante actividades de higiene personal o relacionadas con el agua.

La investigación encontró que quienes caminaban más y permanecían menos tiempo sentados tenían menos probabilidades de expresar problemas subjetivos de memoria. Los autores del estudio plantean varias explicaciones posibles.

Los participantes del estudio que más caminaban presentaban menos quejas de la memoria. Foto: Adobe Stock.

Sostienen que caminar y realizar alguna actividad física podría favorecer el flujo sanguíneo cerebral, contribuir al mantenimiento de determinadas estructuras cerebrales y estimular mecanismos relacionados con el llamado factor neurotrófico derivado del cerebro, una proteína vinculada con la salud de las neuronas. También existe una posible relación con un mejor control metabólico y un menor riesgo cardíaco.

Además, caminar no necesariamente representa solo realizar ejercicio. Una mayor movilidad puede reflejar una vida cotidiana más activa, con mayor contacto social, desplazamientos y estímulos ambientales, elementos que también han sido relacionados con mejores resultados cognitivos.

El estudio también pone el foco en un aspecto tal vez menos evidente: la percepción que una persona tiene de sus propias capacidades cognitivas. Los adultos mayores que confiaban más en la eficiencia de su memoria tendían a informar menos problemas.

Esto no significa que la confianza pueda reemplazar una evaluación médica cuando existen verdaderas alteraciones cognitivas, sino que la llamada autoeficacia de la memoria parece desempeñar un papel destacado en cómo las personas perciben su funcionamiento cotidiano.

Las quejas subjetivas de la memoria, además, no equivalen necesariamente a sufrir demencia. Una persona puede sentir que olvida más cosas sin presentar un deterioro cognitivo. Sin embargo, los investigadores señalan que estas quejas merecen atención porque estudios previos las han relacionado con un mayor riesgo futuro de sufrir demencia.

De todas maneras, el estudio tuvo sus limitaciones. Los propios investigadores advierten que el acelerómetro puede sobreestimar los pasos debido a movimientos de los brazos y tener dificultades para identificar correctamente algunas conductas sedentarias.