La relación entre abuelos y nietos incluye una complicidad única de amor y experiencias compartidas.

“Ese vínculo puede ser muy beneficioso para las personas mayores porque genera una plataforma de intercambio afectivo, una revitalización del sentimiento de pertenencia y una fuerte sensación de continuidad”, explica la psicogerontóloga Luciana Machluk, profesora de la cátedra Psicología de la Tercera Edad y Vejez de la Universidad de Buenos Aires.

Machluk agrega: “Este intercambio entre diferentes generaciones de la misma familia que tienen tantas diferencias y, a la vez, tanto en común, es una gran oportunidad para construir un vínculo sólido que irá cambiando a medida que los nietos crezcan”.

Además, señala que el vínculo con los nietos permite que ambas generaciones se puedan encontrar desde un lugar de reciprocidad: los mayores no son solamente quienes transmiten y los jóvenes quienes reciben. “Ambos tienen mucho para brindar y para descubrir del otro”.

De ama de casa a modelo

Celia Skel siempre fue ama de casa y se dedicó al cuidado de su familia. Hace tres años, a sus 86, quedó viuda y su vida dio un gran giro. Aunque no como se imaginaba. “Mi abuela era la típica mujer de aquella época que vivía para sus hijos y para mi abuelo. Y cuando sus hijos se casaron, se dedicó 100% a mi abuelo. Él corría maratones, a los 40 y pico sufrió un ACV y mi abuela se dedicó a cuidarlo”, cuenta su nieta mayor, Florencia Shatal, de 28 años.

Y continúa: “Mi abuelo se empezó a deteriorar mucho físicamente. Necesitaba atención constante y mi abuela estaba todo el tiempo para él, para las enfermeras, se encargaba de la comida, de que no le faltara ningún remedio, de ir a cobrarle la jubilación, de llevarlo a los médicos. Vivía para eso”.

Florencia señala que, cuando falleció su abuelo, Celia no tenía un sentido de vida. “Se puso muy mal y yo pensé: ´Si no la saco de la casa, se va a morir de depresión’”.

Entonces, comenzó a invitarla al local de su marca de ropa, un emprendimiento que comenzó precisamente su abuelo, luego pasó a su papá y hoy pertenece también a ella y a su hermana.

“Mi intención era divertirla. Quizás había prendas que estaban descosidas (o yo las descosía a propósito) y le pedía que las arreglara para que se distrajera con algo y se sintiera útil”, indica la joven. “En un momento le empecé a probar ropa para ver cómo le quedaba, lo subí como jugando a las redes. ¡Y explotaron! Nunca me imaginé que se iba a ser tan viral”.

Celia se volvió famosa de la noche a la mañana al convertirse en modelo de Índigo Denim. Comenzaron a hacerle entrevistas de todos los medios y es el día de hoy que los seguidores le dejan mensajes súper positivos en cada uno de los posteos donde aparece. “Siempre le dicen que inspira a un montón de gente. Hoy es una mujer de 89 años que toma colectivos, se maneja sola, es re independiente. Admiro su fuerza de voluntad. ¡Se mueve como una adolescente! Hace poco hicimos un viaje a Estados Unidos, fuimos a los parques de Orlando y no solo caminó 6 km todos los días, sino que también se subió a las montañas rusas”.

Florencia cuenta que esta nueva faceta de modelo a su abuela paterna le encanta. “La revivió. Es otra persona. A veces hasta la reconocen en la calle y la paran para pedirle una foto. Y eso le fascina, porque nunca se había enfocado en ella. Ahora está viendo otra cara de la vida”.

En cuanto al vínculo entre ellas, asegura que se fortaleció muchísimo. “Verla casi todos los días hizo que seamos más unidas y compartamos un montón de cosas. Yo le cuento todo, es una amiga más”.

Un encuentro, una charla y el poder de las redes

En 2024, el psicoanalista Alberto Chab tenía 97 años y comentó en una de las cenas familiares que hacían todas las semanas que quería formar un grupo de mayores de 90 para compartir recuerdos y experiencias.

Zoe Rodríguez Chab y su abuelo Alberto. Foto gentileza.

Apenas lo escuchó, a su nieta Zoe se le ocurrió hacer un video donde contara su idea frente a la cámara del celular y subirlo a las redes. “Cuando se lo dije, él no entendía bien. O sea, yo tengo 21 años, nací con redes sociales y sé cómo se manejan. Sé que TikTok es la plataforma en la que puede generar más alcance. Yo le explicaba esto y mi abuelo no sabía lo que era TikTok”.

Aun así, Alberto confió en ella y aceptó la propuesta. ¡Y lo bien que hizo! Zoe le creó una cuenta y lo publicó. Además, lo reposteó en la suya y les pidió a sus amigos que hicieran lo mismo. A las pocas horas comenzaron a llegar una gran cantidad de mensajes de personas que querían ser parte del grupo.

“Nunca imaginó la magnitud que iba a alcanzar. Encima lo que él creía (que no estaba para nada mal su pensamiento), es que lo iba a ver solo gente de mi edad, entonces, ¿de qué le iba a servir? Le dije que era una manera de generar alcance, de que esas personas se lo mostraran a sus abuelos. Yo tampoco tenía ninguna expectativa, o sea, fue un tiro al aire, la verdad”, recuerda Zoe Rodríguez Chab.

El siguiente paso fue leer los mails que iban llegando con los pedidos para participar. “Mi abuelo estaba como, entre comillas, muy exigente. Porque claro, él quería un grupo chiquito y se encontró con un millón de solicitudes por así decirlo. Y encima escribía también muchísima gente que tenía menos de esa edad. Así que tardamos un tiempo hasta que se logró formalizar el grupo”, agrega la joven.

Una vez organizados, otra persona tomó las riendas de las redes sociales y Zoe comenzó a dedicarse más a su carrera universitaria. “Yo estudio publicidad y en la facultad he usado de ejemplo a mi abuelo mil veces”.

Es que ese pequeño grupo que Alberto tenía como un sueño, se convirtió en una comunidad a la que llamaron “Noventa y contando”. Hoy tiene más de 400.000 seguidores en Instagram y hasta abrieron un podcast que fue declarado de interés para la cultura y la comunicación social por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.

“Además se volvió como una actividad familiar. Porque mi abuelo siempre está pidiéndonos ayuda y opinión. Así que nos re unió a todos como familia. Y yo siento que estamos mucho más unidos”, afirma Zoe. “Yo sé que ahora tenemos la confianza para que, cualquier cosa que necesite, me pegue un llamado y estoy. Y siempre estamos como nutriéndonos de información. Eso es buenísimo”.

Por último, la joven señala que lo que más valora de su abuelo materno es que siempre tiene un proyecto o algo en qué enfocarse y poner todo su empeño. “Y yo re aprendo de eso. Me parece genial que intente superarse cada día. Es curioso, pregunta, investiga y eso lo re admiro de él”.

El amor en tiempos de la IA

En 2024, a sus 71 años, a Marisa Zeiguer le diagnosticaron ELA bulbar, que le afectó la deglución, la respiración y el habla. “Estábamos de vacaciones en África, haciendo un safari en Tanzania, y ella realizaba ejercicios con la voz que le había dado un doctor porque sentía como que la iba perdiendo. En ese momento no se sabía lo que tenía. Se lo diagnosticaron casi un año después. Ahí es cuando nos dimos cuenta de que iba a perder la voz pronto y ya no iba a poder comunicarse”, cuenta su nieto Andrés Herscovici, de 18 años.

Andrés Herscovici y Marisa. Foto gentileza.

Continúa: “Al principio me puse a averiguar con mi papá y mi mamá qué soluciones podía haber, pero todas eran muy caras o robóticas. Algo muy importante era que tuviese su propia voz para que se sintiera un poquito más cómoda. Así que el primer paso era clonar su voz porque yo sabía que la tecnología iba a ir evolucionando y que la clonación de voz la podíamos usar de alguna manera en el futuro. Ahí fuimos juntando entre toda la familia sus audios de WhatsApp”.

Andrés logró clonar la voz de su abuela en un sitio llamado Eleven Labs y el siguiente paso era encontrar la manera de que su abuela pudiera usarla. Estaba seguro de que con la inteligencia artificial iba a conseguirlo, aunque aún no sabía cómo. “Yo tenía conocimiento básico y me puse a pensar que capaz podía generar una aplicación para que ella pudiera escribir y convertirlo a voz. Entonces ahí me puse a trabajar usando una aplicación de programación que tiene un software de inteligencia artificial”.

El objetivo era que Marisa pudiese comunicarse usando su voz clonada, pero de la forma más sencilla posible. Luego de dos meses de trabajo, Andrés finalmente le mandó su creación para que la probara. Ella aún podía hablar un poco, pero sabía que el momento del silencio estaba muy cerca.

“Al principio la idea era que la usara ella y capaz alguna persona más. Eso era lo principal. Después de que lo empezó a usar y que vimos que realmente funcionaba, me puse a averiguar cómo podía expandir la App. Me pasé dos o tres meses cambiando cosas para que otra gente pudiera acceder y tuviese varios usuarios”.

Así nació “MarisApp”, un nombre que eligieron entre todos, por votación en un grupo de WhatsApp familiar. Y luego Andrés envió un mensaje a la Fundación de Esteban Bullrich para ofrecer su ayuda. Porque no es sencillo. Lleva alrededor de cinco horas todo el proceso. “Tenés que aplicar para tener una cuenta gratuita, crearla, conseguir los audios, convertirlos, clonar la voz, después conectar mi aplicación con la clonación de voz y mandar mails para que te aprueben, por un tema de seguridad”.

Andrés comenzó a recibir cientos de mensajes. Por supuesto le era imposible dedicarles cinco horas de su tiempo a todos.

“Entonces tuve que mandarles un chat explicando todo en forma sencilla, con un video de cómo hacer ese proceso. Ahora mi objetivo es crear una aplicación que tenga todo el setup integrado para que cualquiera pueda usarla”, señala, y aclara que nada de lo que hace es para conseguir ganancias.

Al contrario, la idea es brindar una opción gratuita porque, según cuenta, hay otras aplicaciones, pero cuestan 200 dólares. “Toda la gente que tiene ELA se merece tener un sistema gratuito para comunicarse”, sostiene desde Nueva Jersey, donde vive junto a su familia desde hace ocho años.

Nunca dejaron de venir a ver a la abuela, y desde que Marisa enfermó, las visitas comenzaron a ser más seguidas. El pasado 16 de junio Marisa falleció rodeada de su familia. Ahora está cumpliendo con la última voluntad de su abuela: donar parte de sus pertenencias a pacientes con ELA que las necesiten.

Un llamado a tiempo

Sofía Raizman conoció a su marido a los 16 años y enviudó a los 60, unos meses antes de que naciera su nieto Andrés Serebrenik: “Ella fue la que siempre me cuidó cuando mis papás se iban de viaje, o sea, teníamos un vínculo muy cercano”.

En la adolescencia, sin embargo, se alejó bastante de su familia. Se dedicó al teatro y a la música. “Estaba en la mía”, admite.

Hasta que en 2015 lo llamó su papá para pedirle que fuera a tocarle el acordeón a su abuela porque estaba perdida. “Se está yendo”, escuchó desde el otro lado del teléfono.

Andrés Serebrenik y su abuela Sofía. Foto gentileza.

“Mi abuela tenía 93 años. Yo la veía poco. Le dije que sí a y fui a tocarle el acordeón. Al irme me quedé con mucha angustia, como que había llegado tarde, así que volví al otro día y en un momento, mientras tocaba el acordeón, sentí que me miraba y se despedía”.

Los encuentros continuaron y a Andrés se le ocurrió comenzar a filmarlos. Sobre todo, porque había logrado que Sofía cantara. Sin darse cuenta, empezó a visitarla tres o cuatro veces por semana. Jugaban a que tenían un programa y les hablaban a los espectadores.

“Entonces ella empezó a dar consejos de amor, cómo conservar el matrimonio durante 50 años y contaba historias que había vivido con mi abuelo. Descubrí que tenía una creatividad increíble. Y me empezaron a pasar a mí muchas cosas también: le dediqué más tiempo a ella y menos a otras cosas”.

Con algunos de esos videos junto a su abuela paterna, Andrés armó un trailer para presentar en un certamen para series web de la Universidad Nacional de 3 de Febrero. Gracias al voto de la gente llegó a la final. Aunque no ganó, siguió filmando sus encuentros.

Antes de dedicarse al teatro, había sido productor artístico de Telefe. En 2017 regresó al canal, pero esta vez para estar frente a cámara como actor y músico. El programa se llamaba “En qué mano está”. Lo conducía El Chino Leunis y contaba con la participación de Rada y su pareja Fernanda Metilli.

“Me volví a contactar con la UNTREF y me ofrecieron editar la serie para ponerla en la plataforma. Así que me empecé a sentar con el material durante horas y fui afinándolo. Trabajé en el guión con Santi Korovsky y le fuimos dando una estructura más de humor.

En ese período, Sofía tuvo un ACV y permaneció internada 5 meses. Y el último mes estuvo en un hogar, al que Andrés iba todos los días a tocarle el acordeón. Luego salía de la habitación y le regalaba su música al resto de los residentes.

“Me ponía a tocar entre las mesas. Hasta que mi abuela falleció y ahí me costó volver. Después de un tiempo fui por mi cuenta. Tiempo después estrenó la serie, a la que llamó “La abuela Sofía”. Ganó varios premios y fue declarada de interés cultural en la Legislatura.

“Son once capítulos de siete minutos. Y a partir de que salió la serie me empezaron a llamar de otras instituciones por mi abordaje gerontológico. Para mí, la palabra gerontología era como si me dijeras Jurassic Park”, cuenta Andrés, sin imaginar que once años después, iba a armar una compañía de teatro con personas mayores.