Cuentan, aunque todo es misterioso, que fue en las entrañas de Fuerte Apache donde se propagó la idea de la bandera que aprovecha ahora el gobierno para instalar las Malvinas, otra vez como el tema unánime de la Argentina, que fueron los amigos del mundialista Thiago Almada los que llevaron y concretaron su idea.
Un viaje nacionalista desde los pasillos ardientes del Fuerte, desde donde surgió Carlitos Tevez, y otros tantos cayeron y caen entre balaceras e intoxicaciones, donde tantos más trabajan y luchan para sobrevivir y vivir con dignidad, desde allí, donde entre la pelota y las balas hay tan poca y a la vez tanta distancia como la que hay entre la vida y la muerte que acecha.
Quizás todo sea un mito, pero los mitos definen la historia.
Los jugadores argentinos sostienen una bandera de Las Malvinas son Argentinas tras ganar el partido a Inglaterra en las semifinales del Mundial. Foto: Juano Tesone
El curioso derrotero de las noticias y de los movimientos políticos, que de pronto hace circular una sábana inscripta con la leyenda que tantos corazones aceleran en la Argentina: las Malvinas son Argentinas.
Y desde el fuerte al estadio en Atlanta, y tras el triunfo contra Inglaterra y ante la vista de Donald Trump, el patrón, el que detecta cada resquicio para confrontar, inventar enemigos y también aliados, Trump, frente a China, que le pisa los talones.
El 31 de agosto, consultado en el Salón Oval sobre la neutralidad histórica de Washington en la disputa, respondió que revisa todas las posiciones y que esa es apenas una de muchas. La frase no nació de una convicción sudamericana. Nació del pulso entre Trump y Londres por el gasto de defensa en la OTAN, y del vínculo áspero con el premier laborista Andy Burnham.
Donald Trump y Xi Jinping. Foto: Reuter
Argentina no debería confundir una palanca con una doctrina. Lo que se concede para presionar a un tercero se retira con la misma liviandad con que se otorgó.
Los jugadores, tras el extraordinario triunfo contra Inglaterra, desplegaron la bandera, estilizada tipografía negra sobre fondo blanco, todo bien pensado, y la expusieron ante la mayor audiencia posible.
El mundo mirando.
Y desde allí a Milei, que anunció las sanciones a las empresas que busquen petróleo sin la autorización argentina y la construcción de la base en Ushuaia.
Y entonces se yergue la noticia total, aquella que exonera al resto de las noticias, que las eclipsa, que las atenúa hasta acallarlas.
El ardid político de la imposición de la noticia total, acompasa la hipnosis de la opinión pública.
Todos hablando de lo mismo y comentando lo mismo.
Todos los medios con lo mismo.
Esa mismidad, resultado buscado desde la astucia política, en realidad no mata al diverso universo noticioso; lo vuelve tangencial por un tiempo.
Pero afuera de la noticia total la vida continúa.
Los avatares económicos, el narcotráfico en el norte, la precaria situación económica de los integrantes de las fuerzas armadas, y todo el resto; la vida personal de cada uno, al margen de la gran agenda noticiosa.
La historia de las islas es un catálogo de banderas sucesivas.
El francés Louis Antoine de Bougainville fundó Puerto Saint Louis en 1764. Los británicos reclamaron y tomaron Puerto Egmont en 1765. España compró el establecimiento francés en 1767. En 1770 expulsó a los ingleses. En 1774 Londres se retiró y dejó una placa. La retórica de la propiedad sin la molestia de habitarla. España partió de las Islas en 1811.
En 1820 el estadounidense David Jewett tomó posesión en nombre de las Provincias Unidas. Luis Vernet, de familia hugonote francesa, pero ciudadano de las Provincias Unidas por elección, colonizó y gobernó las islas.
En 1831 la corbeta norteamericana Lexington arrasó el asentamiento. En enero de 1833 una corbeta británica expulsó a las autoridades de las Provincias Unidas. Más tarde la capital se denominó Puerto Stanley, y durante la guerra del 82 fue Puerto Argentino.
Y la disputa no se cierra.
Ninguna de esas fechas es inocente y todas se citan, según de qué lado del mar se las lea.
Como sabemos, el 2 de abril de 1982, tropas argentinas llegaron a las Malvinas, la guerra llegó pronto, y el 14 de junio de 1982, tras un manto de neblina, los Argentinos se rindieron.
El 30 de marzo de 1982 había acontecido la primera manifestación pluripartidaria y gremial contra la dictadura, la represión fue inmediata.
Este cronista estuvo allí.
Tres días después el General Galtieri salió al balcón para alardear ante la plaza extática la incursión decidida.
Hubo unanimidad y fiesta celebrando la guerra.
Donaciones exuberantes y con shows incluidos que se volatilizaron en las garras de la omnipresente corrupción.
Tras la rendición la plaza volvió a llenarse, al grito de “El gobierno se rinde, el pueblo no”.
La represión, otra vez, fue brutal.
Aún más brutal en rigor que la del 30 de marzo.
Ardían colectivos en la Avenida de Mayo, los gases lacrimógenos se dispersaban en la noche siniestra, el estruendo de los balazos surcaba el aire intoxicado.
Meses después caía la dictadura.
Como sea, la causa Malvinas excede a la feroz dictadura.
Como se observa, es tan pregnante que borra casi todo el resto.
Pero no lo borra.
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