En noviembre de 1909, Joshua Slocum volvió a embarcarse en solitario a bordo del Spray, el pequeño velero con el que había dado la vuelta al mundo. Tenía sesenta y cinco años, la barba blanca y una fe inquebrantable en aquella embarcación que había reconstruido tabla por tabla.

Zarpó desde Martha’s Vineyard, frente a la costa de Massachusetts, y dijo que pondría rumbo al sur, quizá hacia el Orinoco, quizá hacia el Amazonas. No llevaba tripulación.

Ya había cruzado océanos que otros evitaban, había dormido mientras el velero mantenía el rumbo por sí solo y había demostrado que un hombre podía circunnavegar el planeta sin compañía. Pero esta vez el mar no lo devolvió.

El Spray desapareció en el Atlántico sin dejar rastro: ni restos de madera, ni cartas, ni cuerpos, ni una última señal. Como si el océano, después de haber sido su hogar durante tantos años, hubiera decidido reclamarlo para sí y cerrar la historia sin testigos ni despedidas.

Joshua Slocum había nacido el 20 de febrero de 1844, en Mount Hanley, Canadá, cerca de la bahía de Fundy. Su familia tenía tradición marinera, pero su padre, John, era un hombre severo que lo quería atado a la granja y a un taller de botas familiar.

El niño soportaba el olor del cuero y las órdenes, pero escuchaba otra cosa: el ruido del agua, la promesa de los barcos, la posibilidad de una vida sin cercos. A los dieciséis años se fue definitivamente y se enroló como cocinero y grumete. Desde entonces, la tierra sería para él una interrupción.

No tuvo una formación náutica académica. Aprendió mirando, obedeciendo, leyendo en las horas libres y rindiendo exámenes en puertos lejanos. Pasó de marinero raso a oficial y de oficial a capitán. Navegó en buques mercantes de Estados Unidos, país del que se nacionalizó más tarde, y fue construyendo una autoridad sin diplomas, hecha de tormentas y cálculos.

En 1871, en Sídney, conoció a Virginia Albertina Walker, una joven estadounidense que no aceptó el papel habitual de esposa en tierra. Se casaron y ella embarcó con él.

Durante trece años, Virginia fue compañera de altamar. Sus hijos nacieron en barcos o en puertos extranjeros y crecieron entre camarotes, velas y mapas. De los siete que tuvieron, cuatro llegaron a la adultez: Victor, Benjamin Aymar, Jessie y Garfield.

En 1881, Slocum alcanzó la cima de su carrera al tomar el mando del Northern Light, uno de los mejores clípers (veleros) de la flota mercante estadounidense. Para un marino de vela, era una coronación.

Pero el mar también sabe arruinar aquello que concede. En 1884, mientras Slocum comandaba el Aquid-neck, Virginia enfermó en Buenos Aires y murió allí. Él quedó devastado. Había perdido no solo a su mujer, sino a la única persona que había hecho del océano una casa compartida.

Dos años más tarde se casó con su prima Henrietta Elliott, llamada Hettie. Ella intentó acompañarlo, pero nunca pudo ocupar el lugar de Virginia ni adaptarse a la vida náutica.

La mala suerte siguió navegando con él. A fines de 1887, el Aquidneck encalló y se hizo pedazos en la costa de Brasil. Slocum quedó varado junto a Hettie y dos de sus hijos, sin barco y prácticamente sin dinero. Otro hombre habría esperado ayuda.

Él hizo otra cosa: reunió los restos del naufragio, consiguió madera local y, con herramientas precarias, construyó una nueva embarcación de unos diez metros, inspirada en los sampanes japoneses.

La llamó Liberdade. A bordo de aquel bote abierto emprendió un viaje improbable. Junto a su familia recorrió más de 5.500 millas hasta Washington, desafiando tormentas, corrientes y la incredulidad de quienes lo consideraban una locura. Más tarde relató la travesía en Voyage of the Liberdade. El libro, sin embargo, pasó casi inadvertido.

Joshua Slocum se casó dos veces. Su primera esposa murió en Buenos Aires.

Cuando volvió a Estados Unidos, encontró un mundo que ya no lo esperaba. El vapor desplazaba a la vela y los armadores buscaban otros capitanes. Slocum, que había sido dueño del viento, era ahora un hombre pobre y casi obsoleto.

En 1892, en Massachusetts, un viejo capitán ballenero, Eben Pierce, le ofreció regalarle un barco. El Spray era un balandro pesquero abandonado en un pastizal, podrido, al borde de la desaparición. Slocum tardó trece meses en reconstruirlo tabla por tabla. Aquel casco resucitado sería su segunda vida.

El 24 de abril de 1895 zarpó de Boston. No salió con el aparato solemne de los grandes exploradores, sino con un viejo barco de pesca de poco más de once metros, provisiones modestas y una confianza íntima en su oficio.

Pasó por Nueva Escocia, cruzó el Atlántico, recaló en Gibraltar y cambió sus planes: no seguiría por el Mediterráneo y Suez. Daría la vuelta hacia el sur, por rutas más duras. Navegó más de 46.000 millas náuticas durante tres años. El 27 de junio de 1898 regresó a Newport, Rhode Island, convertido en la primera persona en circunnavegar el planeta en solitario.

La travesía estuvo llena de episodios que parecen inventados por un novelista. En el Estrecho de Magallanes, temiendo que los fueguinos abordaran el Spray durante la noche, Slocum esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta.

Los intrusos subieron descalzos, pisaron las puntas y huyeron entre gritos y maldiciones.

Cerca de las Azores protagonizó una escena aún más extraña. Enfermo y delirante tras una tormenta -según escribió, a causa de unas ciruelas y un queso en mal estado-, creyó ver al timón al piloto de la Pinta, una de las carabelas de Colón.

Aquel marino espectral parecía gobernar el barco mientras él permanecía postrado. Cuando despertó, el Spray seguía navegando con rumbo firme. Más tarde, Slocum atribuyó el episodio a la fiebre y a un timón bien amarrado. Pero para entonces la historia ya había encontrado a su fantasma.

También navegó alrededor del mundo sin un cronómetro marino digno de ese nombre. Usaba un reloj barato de hojalata, al que le faltaba el cristal y apenas conservaba una aguja útil.

Lo compensaba con conocimiento: estima, observaciones lunares, lectura del cielo y memoria corporal del mar. Ni siquiera sabía nadar, paradoja célebre para el más famoso navegante solitario. Decía que, si uno caía por la borda en medio del océano, nadar solo servía para alargar la agonía.

En Sudáfrica fue presentado a Paul Kruger, presidente de Transvaal. Cuando le dijeron que aquel hombre estaba navegando alrededor del mundo, Kruger se molestó: no debía decirse “alrededor”, sino “en” el mundo. Creía que la Tierra era plana.

La anécdota resume algo del absurdo que acompañaba a Slocum: un hombre que probaba con su cuerpo la redondez del planeta frente a otro que la negaba.

En 1900 publicó Sailing Alone Around the World, primero difundido en revistas y luego convertido en libro. Fue un éxito. Slocum encontró por fin un público para su voz seca, irónica, precisa. No escribía como un héroe en bronce, sino como un viejo capitán capaz de mezclar cálculo, humor, peligro y asombro.

El viaje lo hizo famoso, aunque no rico. Dio conferencias, exhibió el Spray, compró una granja en Martha’s Vineyard y siguió sintiéndose más cómodo a bordo que en cualquier habitación.

La vejez no lo volvió sedentario. En noviembre de 1909 zarpó una vez más a bordo del Spray, con rumbo al sur. Después, nada. No hubo restos, ni testigos, ni mensajes de auxilio.

Se habló de una colisión nocturna con un vapor, de un temporal inesperado, del desgaste acumulado de un barco que llevaba años desafiando al océano. Nadie lo supo con certeza.

En 1924 fue declarado legalmente muerto. Para entonces, Slocum ya pertenecía a esa clase de figuras que nunca terminan de morir del todo porque su final permanece abierto.

El mar acabó por llevárselo. La estela que dejó, en cambio, sigue ahí.