Aunque parezca mentira, en algunas casas la jornada no empieza con una alarma del móvil, sino con el canto de los pájaros. No hay notificaciones de correos y mensajes de WhatsApp, sino una rutina marcada por otras prioridades. Una realidad que están viviendo muchas familias que han dejado la ciudad para instalarse en entornos rurales. Según el Instituto Nacional de Estadística, este movimiento empezó a detectarse tras la pandemia, que indicaba un interés renovado por el campo por parte de personas con ningún vínculo previo con él. Su objetivo era muy sencillo: transformar su manera de vivir.

Sin embargo, trasladarse al medio rural implica mucho más que cambiar de paisaje. Supone revisar la relación con el trabajo, los horarios y las prioridades del día a día, así como la forma de criar y acompañar a los hijos. Ana Pineda, de 37 años, lo sabe bien. Psicóloga de profesión, vivió durante 5 años en Londres antes de volver y conocer a su pareja, Samu. “La primera vez que quedamos fue para pasear a los perros en el monte de Las Raíces”, recuerda.

Poco podían imaginar que, un 30 de abril de 2022, muy cerca de allí, encontrarían el “trocito de tierra”, donde querían vivir y ver crecer a sus hijas y así pasar a formar parte de ese grupo de personas que está migrando de la ciudad al campo. No solo eso. También quisieron construir una finca ecológica en contacto con los animales. “Cuando nació nuestra primera hija, en 2019, nos gustaba viajar y hacer muchos planes en la naturaleza, pero en la isla no había mucha variedad y nada como lo que hemos creado”, explica Ana.

El proceso no fue fácil, ya que, en la finca, ubicada en el municipio de El Rosario. Foto: fincaelburrero.com

El proceso no fue fácil, ya que, en la finca, ubicada en el municipio de El Rosario, “no había nada, solo árboles frutales”. Además, coincidió con el nacimiento de su tercera hija y “el peor incendio en Tenerife”. En 19 meses, y con mucho esfuerzo, levantaron un proyecto que hoy combina vida familiar y contacto con los animales. “Pensamos en el sitio al que nos gustaría ir como familia”, comenta.

El cambio, sin embargo, no les resultó tan radical como podría parecer. “Al final, vivimos en una isla y estamos a 5 minutos en coche del pueblo y a 15 del área metropolitana. Antes podíamos salir a pie a la farmacia y al supermercado, ahora cogemos el coche”, cuenta.

Cuando el plan cambia de forma

El salto de Aurora Matés, 35 años, tiene otro origen, pero una intuición parecida. Tras años como emprendedora, decidió este 2026 dejarlo todo para mudarse a una aldea gallega de apenas 50 habitantes a finales de mayo. “Eso en verano; en invierno somos muchos menos”, bromea. Tras unas vacaciones y después de hablar con los vecinos, surgió la oportunidad de comprar la casa donde ahora viven. Ese paso les llevó a replantearse su negocio. “Si lo manteníamos, nos íbamos a llevar el estrés con nosotros”, narra.

Las ganas de vivir esta aventura ha hecho que ni ella, ni su familia sientan vértigo ante esta nueva etapa. “Tenemos muchas ganas. Soy consciente de que no es lo mismo ir de vacaciones que vivir aquí”, comenta.

Criar lejos del asfalto

Aunque sus historias son distintas, ambas familias tenían un deseo compartido: que sus hijos tuvieran otra infancia. “Queríamos que al abrir la puerta de casa hubiese tierra y no un coche pasando y teniendo que estar siempre con cuidado. Que nuestros hijos crecieran estando en la naturaleza, jugando, llenos de tierra y cuidando de sus animales, sin peligro”, relata Ana Pineda.

En su caso, la transición se produjo cuando las niñas eran muy pequeñas por lo que no experimentaron una adaptación difícil. “La mayor no había cumplido los tres años y la pequeña tenía 14 meses, aprendió a caminar aquí en la finca. Nuestros otros dos hijos nacieron ya viviendo en la finca. Fue un cambio muy natural para ellos”, explica Ana.

Aurora acaba de trasladarse hace poco, pero nunca dudó de que la adaptación sería positiva. “El período más largo que habíamos pasado allí han sido tres meses y cada vez que volvíamos a Barcelona se ponían súper tristes. Les encanta estar aquí. Están viviendo cómo se debe vivir la infancia”, dice. Aunque sabe que cuando empiecen las clases puede producirse alguna reticencia, confía en que se sientan cómodos. “Los dos tienen Trastorno del Espectro Autista (TEA) y ahora pasaron a estar en una clase de ocho niños, en vez de veinticinco”, ejemplifica.

Pero la vida en el campo no es una postal, sino que está cargada de retos. Foto: fincaelburrero.com

Desafíos y consejos

Pero la vida en el campo no es una postal, sino que está cargada de retos. “Es un trabajo sacrificado. El campo no entiende de mal tiempo, los animales comen todos los días, los periodos vacacionales habituales son los periodos de mayor trabajo para nosotros”, enumera Ana Pineda. Luego hay circunstancias que añaden más dificultad: “El 16 de agosto de 2023 tenía que estar de parto de nuestra tercera hija y estábamos evacuando a unos veinticinco animales porque empezaba el peor incendio de Tenerife, se quedó el fuego a 800 metros de la finca”.

Para Aurora, los desafíos fueron otros, como terminar la reforma o habérselo dicho a su familia. Fue complicado porque los pequeños están muy unidos a sus abuelos. “Era la parte que más me echaba para atrás, el que no estén en el día a día con ellos, pero bueno, hemos comprado una casa en la misma aldea para que puedan venir temporadas largas”, expresa.

Una decisión consciente

Pese a todo, ambas recomiendan esta experiencia. Tanto es así que Aurora y Miqueas están preparando un proyecto para ayudar a familias que quieren realizar este cambio de vida y hacerles entender lo que conlleva. “Si solo vienes por el precio, no es tu lugar y yo no te voy a ayudar”, avisa.

Ana y Samu también hacen la misma advertencia: “Vivir como vivimos no es para todo el mundo. Se ve muy idílico cuando vienes de visita unas horas a disfrutar, pero hay mucho trabajo, muchas preocupaciones y sacrificio”. Lejos de idealizaciones, sus historias dibujan algo más interesante que un cambio de código postal. Hablan de una forma distinta de entender el tiempo, la infancia y el éxito. De niños que crecen con más espacio y menos prisa. Aunque no hay una respuesta única, ni un modelo perfecto, sus historias lanzan una pregunta: qué es lo que necesitan de verdad tus hijos para crecer.

Jara Bravo