El gobierno nacional proyecta suprimir las PASO y restablecer las listas colectoras. No lo anima ningún propósito de mejoramiento de nuestras prácticas electorales, de mayor transparencia o de facilitación de la representación política. Un único objetivo inspira a estas iniciativas: favorecer la reelección de Javier Milei.
Si es deseable que las leyes en general sean duraderas, en el caso del régimen electoral la estabilidad es especialmente necesaria. Se trata de las reglas de juego básicas para el proceso político. Es muy malo para el sistema democrático que cada gobierno intente cambiarlas en su beneficio. Por eso fue que la reforma constitucional de 1994 prohibió que se dictaran decretos de necesidad y urgencia en materia electoral y determinó que las leyes referidas a ese ámbito debían ser sancionadas con una mayoría especial: la mayoría absoluta del total de miembros de cada Cámara.
Con relación a las PASO, debo decir que es un sistema que siempre rechacé. El argumento económico me parece el más débil, porque si sirvieran para mejorar nuestra democracia el gasto que demanda sería un aspecto marginal.
Mi crítica se funda sobre todo en que constituyen una intromisión indebida del Estado en la vida de los partidos políticos. Son estos los que deberían decidir qué método establecen para postular candidatos a cargos electivos, con la única restricción de que ese método garantice efectivamente la democracia interna, conforme lo prescripto por el art. 38 de la Constitución Nacional.
Por lo demás, si ya la obligatoriedad del voto en las elecciones generales es opinable, aunque desde la reforma de 1994 goza de rango constitucional, llevar esa imperatividad a elecciones internas parece un exceso.
Ahora bien, más allá de esos reparos, lo cierto es que las PASO han sido útiles en especial para que las coaliciones diriman sus candidaturas. Entiendo que los partidos deberían organizar esas elecciones libremente y que aún sin PASO nada les impediría hacerlo, pero la verdad es que se han acostumbrado a esa herramienta.
En consecuencia, la eliminación o la modificación de las PASO debería estar respaldada en un amplio consenso. Lamentablemente, se reclama su mantenimiento o su derogación no por altos propósitos de carácter institucional, sino tan solo por la conveniencia inmediata que en cada turno electoral se estima.
Peor es el caso de las llamadas listas colectoras, aquellas en las que uno o varios candidatos de un partido político, además de serlo por dicho partido, lo son también por otras agrupaciones políticas, de modo que sus candidaturas aparecen promovidas por boletas de distintas agrupaciones. Así, un candidato a gobernador o a presidente, por ejemplo, puede serlo por la lista de su partido y también por la de otros.
Las listas colectoras son consideradas por especialistas en temas electorales como un instrumento que produce distorsiones en la representación política, banalizan el sistema electoral y fragmentan a los partidos políticos. Aunque no se trate de lo mismo, generan similares efectos perniciosos a los de la ley de lemas.
Por tales motivos, el presidente Mauricio Macri dictó en 2019 el decreto 215/19, que prohibió las listas colectoras, sustituyendo la reglamentación que había puesto en vigencia Cristina Kirchner para habilitarlas. En los fundamentos del decreto se expresa que la proliferación de las combinaciones de boletas genera confusión en el electorado e inequidad entre los competidores. Las alianzas entre partidos deben ser explícitas y no surgir de una manera poco menos que clandestina mediante adhesiones entre agrupaciones políticas llevadas a cabo con posterioridad.
Sería extraño que dirigentes no kirchneristas avalaran este engendro que antes que transparentar enturbia el proceso electoral, máxime cuando durante el gobierno de Mauricio Macri celebraron el dictado del decreto que le ponía fin. Quienes practican un republicanismo selectivo, que se rasgas las vestiduras por las formas cuando es oposición y mira para el costado cuando es oficialista, pueden darle a Milei un nuevo ejemplo de su tan cacareado “principio de revelación”: demuestran así que nunca fueron republicanos.
Como en tantas otras cuestiones, el actual presidente sigue la línea trazada por el kirchnerismo. Un kirchnerismo, podríamos decir, de mercado, pero fiel a su profunda vocación despreciativa de las instituciones.
twitter: @enriquezjorge
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