La escritora Kate Zambreno nació, vive, escribe y da clases en Estados Unidos, pero sus textos dialogan sin cesar con pensadores europeos como Simone Weil y Roland Barthes, por nombrar dos. Es de esas artistas que transita de una disciplina a otra. De hecho, su obra parece deambular en las fronteras de los géneros para extraer algo más allá de lo ya visto. Esa libertad le valió en 2021 la Beca Guggenheim, y desde entonces se volvió una referente dentro del mundo artístico. Sus múltiples publicaciones no son ni novelas, ni diarios, ni ensayos, ni crónicas. O mejor dicho, son todas esas categorías al mismo tiempo; su escritura enlaza experiencias autobiográficas con crítica, lecturas de otros artistas y una observación minuciosa sobre el devenir de la vida cotidiana.

Los cruces inusuales de los que es capaz aparecen, entre otros, en Mi libro madre, mi libro monstruo (2022). La narración encarna una reflexión inquietante a partir de la muerte de la madre, y al mismo tiempo explora la capacidad de la escritura, la fotografía y la memoria para ahondar en las sombras que se despliegan en medio de una crisis. En otro registro, también se ve en su icónico Heroines (2012), una memoria ensayística que nació de su blog Frances Farmer Is My Sister. En él analiza a las esposas y musas silenciadas del modernismo literario: Zelda Fitzgerald, Vivienne Haigh-Wood (esposa de T. S. Eliot), Jane Bowles y Unica Zürn.

No es casualidad que la Nobel Annie Ernaux dijera de ella: “Zambreno ha inventado una nueva forma de escribir sobre la vida real, captada en un primer plano”. Ambas autoras comparten una búsqueda por la indagación del sentido último de la condición humana, sólo que lo hacen a través de la experiencia personal y el sentido histórico.

Eso alcanza para explicar la curiosidad que despierta la reciente traducción de su libro, Historias de animales. Con frescura y perspicacia, la escritora recorre zoológicos y otros bestiarios literarios, y a partir de ellos reflexiona sobre el cuerpo, la maternidad y las formas de mirar a los animales, y también cómo ellos miran lo humano. Más allá de su erudición, hay que decir que el tono es coloquial, desenfadado.

La voz de Kate Zambreno está captada de modo fluido por la traducción de la poeta argentina Cecilia Pavón, que lleva a leer las asociaciones libres de la autora con hermosa naturalidad. Una voz que reaparece con toda su potencia en el siguiente intercambio de preguntas y respuestas, vía email, en el que la escritora habla sobre el proceso que la llevó al libro, sus intereses y su particular modo de vincular el arte, el pensamiento y las vivencias del mundo contemporáneo.

La primera parte del libro, “Estudios de zoológicos”, reúne una serie de relatos en los que la escritora visita, en diferentes épocas, durante su propia infancia o con sus hijas, distintos zoológicos, observa a los monos, la arquitectura, a sus nenas y a sí misma, y, más que ninguna otra cosa, desarma el intento por catalogar la naturaleza. Así, reflexiona sobre las maneras en que un modo de mirar se convierte en una manera de habitar el mundo.

En las reflexiones, por supuesto, aparece John Berger y su extraordinario Modos de ver. De múltiples maneras, los ensayos del crítico británico parecen conversar con observaciones de la autora: “Cabe imaginar que este sea el estado de los simios cautivos que han aprendido a catequizar a los humanos que los cuidan; o quizás ese aburrimiento sea una proyección nuestra ligada, de algún modo, a la forma en que los humanos mantenemos a los animales, incluso dentro de la jaula de nuestro propio lenguaje”.

La segunda parte, “Mi sistema Kafka”, se inclina más hacia el ensayo y la crítica porque la serie de textos recorre la vida del autor checo; a través de sus diarios y sus narraciones de animales, en particular “Informe para una academia”, “El artista del hambre” y La metamorfosis. Ahora bien, hay algo casi íntimo en el modo en que la escritora mira al checo, un acercarse a su figura para hallar una clave, una pista para nuestra alienación presente.

Un buen ejemplo de esto aparece en “Insekto coda enorme y vermiforme”, un relato que enlaza la novela de Kafka con un momento singular de la vida de la autora; su embarazo, el puerperio en medio de la pandemia, la fragilidad de su puesto en la facultad, la licencia y sus alumnos, y, más que ninguna otra cosa, la crítica ácida al sistema deshumanizado de la universidad que refleja el dislocamiento entre el discurso de la corrección y la realidad ética de la actualidad.

–En uno de los ensayos leemos: “Una vez más, me invadió esa sensación zoológica con la que comenzaba este libro: la sensación de años de ausencia, la extraña distorsión de mis recuerdos”. ¿Podrías hablarnos de esa sensación?

–La traducción es tan complicada y sorprendente… ¡No estoy segura de haber escrito eso! Pero ahí está escrito. Esa sensación de lo zoológico tiene que ver con el tiempo: vamos a los zoológicos de niños y son nuestros primeros recuerdos. Yo fui con mis hijos pequeños, que ahora ya son mayores… Es también una experiencia con múltiples capas de tiempo y duración.

–¿Y qué te atrajo de los zoológicos como inspiración para escribir estos textos?

–La artista Moyra Davey me dijo una vez que empezó a hacer fotografías de trenes porque a su hijo pequeño le encantaban y se encontraba viajando en ellos todo el tiempo. Yo me encontraba en los zoológicos con una sensación extraña y melancólica, y estos relatos se convirtieron en una forma de documentar y dar sentido a mi experiencia con el tiempo.

–En varios momentos, aparece una suerte de diálogo con John Berger. No sólo en los relatos alrededor de los zoológicos; también en los referidos a Franz Kafka, ¿Qué te llevó a elegir a Berger como interlocutor?

–Su ensayo sobre la observación de los animales sigue considerándose canónico dentro del pensamiento zoológico. Me encuentro observando con él y pensando con él, y también me gustan las formas lúdicas en las que a menudo escribo sobre los modernistas europeos, también en contraposición a él.

–En apariencia, las dos partes del libro no tienen conexión. Sin embargo, a medida que se avanza en la lectura de “Sistema Kafka” aparecen múltiples vínculos invisibles. ¿Qué tipo de diálogo pretendías establecer entre las dos partes?

–¡Yo diría que las conexiones entre ambas son numerosas y de carácter lúdico! Y hay mucho en “Sistema Kafka “ que reflexiona a partir de los relatos cortos de Franz Kafka, que tratan todos sobre animales.

–En ese sentido, ¿qué te interesó en particular de Kafka como figura?

–Como “figura” es una expresión interesante: me interesa mucho su figura, el pathos y la corporeidad de Kafka, su presencia en su cuerpo, sus deseos y apetitos. Creo que siempre estoy pensando en Kafka, al igual que siempre estoy pensando en Clarice Lispector, en mis informes especulativos, mis conferencias performativas, mis crónicas y mis cuadernos.

–Los animales de los zoológicos, las criaturas kafkianas y la maternidad parecen converger en tus narraciones. ¿Qué conexiones les ves?

–En mi obra The Light Room, que se publicará próximamente en español, escribo sin duda sobre la maternidad y los animales. Aquí, no estoy segura de estar escribiendo sobre la maternidad. Quizá lo hago de forma tangencial. Pienso en los niños que van al zoo, y en la mortalidad, y en la vigilancia, y en el aburrimiento, y en la alienación. ¿Es todo esto una reflexión sobre la maternidad? Sin duda, la maternidad también tiene que ver con la mortalidad, y con los niños, y con la vigilancia, y con el aburrimiento.

–Es interesante que, al hablar de la maternidad, menciones a varios autores masculinos. En otras palabras, hablás con hombres para abordar el tema de la maternidad. ¿A qué lo atribuís?

–Me parece interesante cómo Historias de animales es visto como un libro sobre la maternidad: hay algo que se da por sentado de antemano cada vez que una madre escribe un libro. Escribo desde mi posición de madre, es verdad. De hecho, es la razón por la que estoy en el zoológico en primer lugar: porque estoy con niños. Sin embargo, no veo este libro como algo que trate sobre las madres. Trata sobre reflexionar a través de los zoológicos y de Kafka, especialmente sobre sus obsesiones con las criaturas. Pero, además, me identifico como no binaria y mi trabajo siempre se ha identificado –de forma lúdica y, creo yo, queer– con el canon masculino. Por eso la última sección se llama “Breves observaciones sobre el varón europeo”. Me interesa el tema del cuidado, así como también Gary Winogrand y John Berger en su rol de padres. Pero resulta intrigante cómo a estos artistas y críticos masculinos se los ve haciendo obras universales –sobre temas más amplios– a pesar de que ellos también se inspiraron al ir al zoológico con sus hijos.

–También el cuerpo está muy presente en los textos: los cuerpos de los animales, de tus hijas, de Kafka y el tuyo propio. ¿Qué sentido encontrás en esa presencia?

–No estoy segura de que los cuerpos de mis hijas estén tan presentes en el libro. Aparecen en los márgenes, de forma periférica; yo las tomo de la mano o ellas me dan patadas. Siempre me interesan las condiciones materiales del escritor, así como las del cuerpo y del día a día. Sin duda, la dieta de Kafka, su cuerpo y su obsesión por el vegetarianismo son una de las formas en que interpreto su obra, su mirada.

–A lo largo de los textos parece que difuminás los límites entre los géneros. ¿Qué crees que te permitió explorar esa hibridación?

–Híbrido es un término intrigante cuando se piensa en animales. Al final del libro bromeo diciendo que el relato de Kafka “Un mestizo” –sobre un cruce entre un gatito y un cordero– debería ser la última palabra en todo este debate sobre lo híbrido en los géneros. Me inspiran los relatos de animales de Kafka como si fueran reportajes. Creo que ese es el género que mantengo a lo largo de este proyecto. A veces en ficción, a veces en no ficción.

Historias de animales, Kate Zambreno. Trad. Cecilia Pavón. Eterna Cadencia, 144 págs.