No participaré de la fiesta que se avecina ante lo que ya se considera un camino libre hacia la “recuperación” de las Malvinas, abierto por gracia del Imperio americano. Desde hace años me he dedicado a la cuestión, pero jamás con el objetivo de “recuperarlas” ni tampoco de obstaculizar esfuerzos diplomáticos en un diferendo que tiene, a mi criterio, la peculiaridad de la intervención de una comunidad pequeña, pero significativa, de habitantes, ciudadanos que consideran a las Malvinas como territorio británico de ultramar.

Mi objetivo fue, es y será, polemizar con la causa Malvinas, e intentar mitigar sus efectos nocivos en la cultura y en la política argentinas. Independientemente de que Argentina “recupere” o no “recupere” las islas.

Para el nacionalismo malvinero, que Donald Trump nos “recupere” las islas en un marco extorsivo, debería presentar algunos problemas de coherencia, supongo. No así para el militarismo malvinero, sea civil o uniformado: en 1982 la ocupación de las islas tuvo lugar en base a una hipótesis, quiso luego pasar por malentendido: Estados Unidos frenaría a los ingleses en caso de improbable reacción y les impediría retomar las islas.

Ahora, otra vez, ¿nos embarcan, a los ciudadanos argentinos, en una nueva aventura malvinera de la mano de los Estados Unidos? ¿Sobre qué base política y diplomática?

La base política es un poco demasiado insólita para creerla. Estados Unidos viene disponiéndose, con o sin Trump, a ocuparse de América del Sur como de una segunda periferia. Básicamente porque alguien, cuyo poder global es ascendente, está metiendo allí sus narices: China, cuya presencia sobre todo comercial y financiera ha crecido. Todo esto es cierto (prefiero no citar a nadie aquí).

Luego, se habla mucho de bases, de los canales interoceánicos, y hay bastante cháchara en eso, pero no todo es cháchara. Hay consideraciones estratégicas reales e imaginarias. Se menta la Antártida, se anuncia imprecisamente la muerte a plazo fijo del Tratado internacional que regula las actividades humanas allí (un éxito hasta ahora). Así, Estados Unidos mira el cono sur sudamericano con otros ojos. Esta tendencia, con Trump, se ha vuelto más volátil, pero retóricamente más enfática. Y ello sale al encuentro con la política diplomática de alineamiento fanático de nuestro presidente con los Estados Unidos. Es una diplomacia presidencial y más que presidencial personal: en su propio bien. Le funcionó el año pasado: gobernantes norteamericanos intervinieron descaradamente en una elección de término medio. Es deplorable. No vería con disgusto una cierta proximidad diplomática con el Imperio americano en los tiempos que corren, pero entre lo conveniente y lo demasiado hay una enorme diferencia.

La otra pata del contexto internacional es el vehemente deseo trumpista de mostrar cómo EEUU domina a sus aliados. Francamente, no creo que aumentar en unos puntos el gasto europeo en defensa (cosa que de hecho y por sí misma Europa está haciendo) haga alguna diferencia. Pero hacer patente que sus aliados, más que aliados son subordinados que le hacen caso en toda ocasión y lugar, es su obsesión. En ese contexto nace una bravata insólita:

Retiraremos nuestro respaldo a Gran Bretaña en Malvinas, dice Trump, si no gastan lo que exigimos en defensa.

Sinceramente no sé qué quiere decir eso. Estados Unidos mal podría retirar un apoyo que nunca dio. Estados Unidos se ha limitado desde los 60, a instar a las partes a negociar. Y sabemos quién es Trump: alguien en quien no se puede confiar.

Aunque el canciller Quirno hable de prudencia, ni Milei ni él la están mostrando – la señal más elocuente es el anuncio de que el jueves 3 el Presidente hablaría por cadena nacional para informarnos sobre los avances diplomáticos en “la causa más importante y sagrada de los argentinos”.

La malvinización de Milei es tan furiosa como su ceguera. ¿Qué otra cosa puede mostrar como no sea este “resultado” directo del alineamiento con Estados Unidos? Me temo que va derechito a comerse un amague.

Imaginemos que los británicos dijeran "ok, negociemos". Se sientan a la mesa con una composición de ingleses y malvinenses en su delegación. No creo que los Estados Unidos puedan lograr más que eso. Pero vayamos más lejos. El Reino Unido cede en una negociación que compone algún arreglo que no será, desde luego, de suma cero. Imaginemos una hipótesis de soberanía compartida, muy complejizada en sus diferentes dimensiones.

Los isleños tendrían todo para presentarse – a mi juicio con razón – como víctimas ante el mundo. Podrían hacer un barullo bárbaro. La sensibilidad de la opinión pública británica se vería irritada. Frente a dos Goliat: Estados Unidos y Argentina, y un pusilánime John Bull (para echar mano de una antigualla). Me parece que Argentina quedaría bastante malparada, ¿no? Semejante barrabasada no se casaría bien con nuestras mejores tradiciones históricas, ni con lo mejor de nuestra identidad. Creo que por estos pagos también habrá quien proteste.

Por otro lado, me parece que apostar a la factibilidad de este curso de acción no es precisamente conocer el temperamento británico. Y el temperamento, en relaciones internacionales, cuenta mucho. Nosotros deberíamos saberlo, porque somos muy temperamentales.

Puede ser que a la causa Malvinas, “la más sagrada”, no le importe nada. Pero Argentina se verá envuelta en un asunto sucio y feo. ¿Para ganar qué? ¿Petróleo, regalías pesqueras? No, dignidad nacional. Pero si lo principal es la dignidad nacional, ¿es haciendo así las cosas que podemos mirarnos al espejo?