Si el amable lector ha atravesado la penosa experiencia de padecer una dolencia minimizada por sus seres más queridos; o peor aún, acudir a un reputado facultativo, exponer sus síntomas, y escuchar que son descartados con apenas un gesto dubitativo, estas líneas son para usted.
Ninguna dolencia es imaginaria, ninguna puede ser descartada y todas son de inminente agravamiento. Este es el credo. Piense siempre que las enfermedades son como los hipopótamos: nacen pequeños, pero para cuando son enormes y nos caen encima ya es tarde.
El criterio científico que propongo se reduce un apotegma: será grave. Gravísimo. Y uno debe declararse enfermo cuanto antes para recibir de inmediato la atención necesaria. Después de todo, hay que hacer saber que se trata de salvar vidas. La nuestra, por supuesto. Si la de los otros se vuelve insufrible por atender nuestros males, bueno, la vida nunca ha sido un jardín de rosas.
Por lo tanto, acá dejo consignados dos o tres métodos de diagnóstico infalibles para detectar síntomas que le permitirán identificar y luego tratar enfermedades terribles.
Primero, si usted estornuda dos veces en una hora, es pulmonía doble en curso.
Segundo, si acaso tose repetidas veces (tres) en una hora, es tisis.
Por último, si le duele la cabeza luego de pasar el día mirando jueguitos y memes en su telefonito, es síntoma indudable de un tumor cerebral del tamaño de una naranja.
Es importante remarcar que estamos hablando de enfermedades declaradas, no de métodos de prevenirlas.
Viajar en transporte público y solo asirse de los pasamanos munidos de un pañuelo embebido en agua colonia es una sana costumbre. Lo mismo que llevar siempre consigo un frasquito con alcohol diluido y rociar cuanta superficie vayamos a tocar fuera de nuestro hogar, aunque sea la mano de nuestro vecino.
Que para eso hemos sobrevivido a una pandemia, para aprender buenos modales.
De lo que hablamos es de situaciones en las que la enfermedad, aún en estado de incubación, puede comenzar a desatarse en nuestro interior. Como ocurre, a menudo, cuando nos invitan a un restaurante y la sola mirada de la comida a la que hemos dado un par de mordiscos nos pone en alerta. ¿Habrán sido bien lavadas las verduras, se habrá mantenido incólume la cadena de frío de las milanesas?
En estos casos no dude, antes de que el caos se desate en su vientre, levántese, servilleta en ristre, y corra a los baños. Si es la primera vez que visita el local, no se prive de correr por las mesas al grito de “¡A los baños, a los baños!” Alguien lo sabrá guiar.
Pero si la enfermedad le aqueja en la intimidad de su hogar, el protocolo indicado es meterse en la cama, apagar las luces y encomendarse a Dios, a San Camilo y a Pantaleón. Póngase su pijama de franela, envuelva su cuello con una bufanda raída, póngase encima un viejo cardigan y cubra su cabeza con una boina ajustada. Y que un alma caritativa comience a llevarle tisanas y frotarle ungüentos mentolados.
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