Existe una fortuna debajo de nuestros pies que ningún método de minería puede alcanzar. Durante la formación de la Tierra, los metales con afinidad por el hierro descendieron hacia el centro del planeta mientras este todavía estaba parcialmente fundido.

Entre ellos se encontraba el oro. Por eso, las cantidades presentes hoy en la corteza representan una fracción minúscula del total que existiría en el planeta.

Una estimación clásica del geólogo Bernard Wood, de Macquarie University, puso ese volumen en perspectiva: si pudiera extraerse el oro concentrado en el interior terrestre y distribuirse sobre las áreas continentales, formaría una capa de aproximadamente medio metro de espesor.

Durante mucho tiempo, sin embargo, aquella riqueza fue considerada no solo inaccesible, sino geológicamente aislada. El núcleo está a unos 2.900 kilómetros bajo nuestros pies y la frontera con el manto parecía impedir un intercambio significativo de metales.

En 2025, un estudio publicado en Nature aportó una de las pruebas más contundentes de que esa frontera no es completamente hermética.

El siempre misterioso núcleo de la Tierra y el manto. Foto: Universidad de Göttingen/OpenAI

Investigadores encabezados por Nils Messling y Matthias Willbold, de la Universidad de Göttingen, estudiaron basaltos volcánicos procedentes de Hawái y analizaron con gran precisión sus isótopos de rutenio y tungsteno.

El rutenio resulta especialmente útil porque, al igual que el oro, es un elemento altamente siderófilo: durante la formación del planeta tuvo una enorme tendencia a incorporarse al núcleo metálico.

Esto hace que el manto tenga concentraciones mucho más bajas y permite utilizar pequeñas diferencias isotópicas como una suerte de firma química.

Los basaltos hawaianos mostraron una proporción de rutenio-100 distinta de la del manto habitual. Combinada con las señales de tungsteno, esa anomalía encaja mejor con la incorporación de una pequeña cantidad de material procedente del núcleo.

Una señal química llegó hasta la superficie

La imagen propuesta es espectacular. Las plumas del manto, enormes columnas de material caliente que ascienden desde las profundidades, podrían recoger cantidades diminutas de material en la frontera núcleo-manto y transportarlas hacia arriba durante millones de años. Hawái se encuentra precisamente sobre uno de esos sistemas profundos.

Aquí aparece un matiz fundamental: los científicos no detectaron directamente oro escapando del núcleo. Lo que identificaron fue una firma isotópica de rutenio y tungsteno que demuestra que existe intercambio.

Como el oro comparte con el rutenio su fuerte afinidad por el metal del núcleo, el resultado implica que otros elementos siderófilos también podrían participar en esos movimientos, pero eso es una inferencia geológica.

El núcleo no está completamente aislado. Foto: Freepik

Tampoco significa que haya una nueva mina esperando debajo de Hawái. La cantidad transportada es mínima y el proceso ocurre a escalas de tiempo geológicas.

La importancia del descubrimiento es otra: demuestra que el núcleo no está completamente aislado. Algo que quedó encerrado durante miles de millones de años puede, en cantidades diminutas, recorrer casi 3.000 kilómetros y terminar convertido en roca volcánica en la superficie.