Conocido como el “Robinson Crusoe italiano”, Mauro Morandi (1940-2025) vivió prácticamente solo en una isla durante 32 años. En esas tres décadas, se convirtió en custodio de las bellezas de Spiaggia Rosa (Playa Rosa), ubicada en el Parque Nacional del Archipiélago de Maddalena.
Esta singular historia comenzó en 1989 cuando Morandi, profesor de educación física en Módena, su pareja y dos amigos tomaron la decisión de navegar en un catamarán hacia la Polinesia para iniciar una “nueva vida”. En el trayecto llegaron hasta la pequeña isla de Budelli, entre Cerdeña y Sicilia, donde Morandi cambió de parecer.
Al enterarse de que el cuidador de la isla se había jubilado, vendió el barco y decidió quedarse allí, para reemplazarlo y cuidar de Playa Rosa. Su casa era una construcción hecha de coral, granito y conchas, calentada por una chimenea. La isla, de 1,8 km², estaba deshabitada.
“Una prisión que yo mismo elegí”
Sin radio ni televisión, Morandi moldeaba maderas de enebro para crear esculturas, leía con avidez y tomaba fotos de la hermosa playa. Además, recibía a unos pocos visitantes a quienes les explicaba las características del lugar y les revelaba que el tono rosa de la arena era consecuencia de la presencia de fragmentos microscópicos de corales y conchas, que las mareas reducían a polvo.
Un sector de Playa Rosa, en la isla de Bunelli, fotografiado por Morandi. Foto: M. Morandi, Facebook.
“Aquí estoy, en cierto modo, en una prisión, pero es una prisión que yo mismo elegí”, dijo en un reportaje publicado por National Geographic. Pero las cosas iban a tomar un rumbo inesperado.
En 2016, cuando un empresario de Nueva Zelanda y el gobierno italiano iniciaron una disputa legal por la isla. Finalmente, un tribunal dictaminó que Budelli pertenecía al Parque Nacional de Maddalena. Enseguida, las autoridades del Parque le exigieron a Morandi que abandonara su casa en Playa Rosa.
La reacción popular fue enorme: una petición de protesta llegó a reunir más de 18.000 firmas. Morandi ya era bastante conocido en Italia y hasta tenía un grupo de Facebook (el Wi-Fi había llegado a la isla) con miles de seguidores. El apoyo de la gente hizo retroceder a las autoridades.
La pandemia de Covid-19, en 2020, fue otra prueba de fuego para Morandi, quien decidió quedarse donde estaba, ya que había pasado las últimas tres décadas aislado por elección propia. Pero las amenazas de desalojo aumentaron y, el 25 de abril de 2021, Morandi comunicó a sus seguidores en Facebook que abandonaba Budelli.
Durante su permanencia en la isla, Morandi se convirtió en un gran lector. Foto: M. Morandi, Facebook.
Luego de mudarse a un apartamento en La Maddalena, le dijo a CNN: “Nunca se acaba del todo; soy la prueba viviente de que es posible una segunda vida nueva. Siempre puedes empezar de nuevo, incluso si tienes más de 80 años, porque hay otras cosas que puedes experimentar, un mundo totalmente diferente”.
En 2024, tras sufrir una caída, tuvo que ingresar a una residencia de ancianos en Sassari (Cerdeña) y, luego, afincarse en Módena, su ciudad natal, donde murió a principios de 2025.
“Esperaba morir en Budelli, ser incinerado y que mis cenizas fueran esparcidas por el viento”, había dicho en el reportaje de National Geographic. Un grupo de amigos cumplió con sus deseos.
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