El amor en los tiempos de Tinder espeja la estructura profunda del sistema de las predilecciones políticas.
Son dos reinos en los que imperan las apariencias.
Es que los políticos tienen un índice de deseabilidad, análogo -no igual- al que tienen los postulantes al match en Tinder.
El score de un dirigente se calcula con likes, retuits, tiempo de permanencia en un video, tasa de reposteo. No se mide razonabilidad, se mide temperatura.
Se premia lo que se retiene en redes, no lo que conviene de verdad.
La sensatez tiene una tasa de clics deplorable.
El delirio la tiene excelente.
La mentira prospera no sólo por ser verosímil, sino porque alguien la necesita cierta. La creencia como acto de voluntad manipulada, la noticia real denigrada.
Ya no es solamente la noticia deseada. Es la locura deseada.
El desequilibrio dejó de ser un defecto que un dirigente debía disimular para pasar a ser la propuesta y la credencial. Las masas no buscan sensatez, sino alto voltaje. Votan al que grita, al que humilla, al que promete demoler. Y no lo votan a pesar de la desmesura, sino exactamente por eso. La cordura pasó a ser sospechosa de tibieza.
Quien no delira exaltado, no representa.
El resultado son los circos parlamentarios.
La sesión ya no es el lugar donde se argumenta, es el lugar donde se filma. Se legisla para el clip. El diputado que insulta rinde más que el que estudia el expediente, porque el insulto viaja a las redes y el expediente no.
No está haciendo política, está cultivando su índice.
Es el ejército de sicarios digitales que extermina el argumento con la sola condición de agraviar.
La demencia sube al púlpito. Se elogia a sí misma y explica que sin ella no hay transformación posible y así seduce a la opinión pública hipnotizada.
Esos índices no son un invento de la política. La lógica de las apps, la lógica de las apps del amor por ejemplo son simultáneas a la lógica de la neo política. O de la pospolítica.
Posamor.
Tinder. Shutterstock.
Pospolítica.
Nos dormimos abrazados a un teléfono y delegamos la soledad en una aplicación.
Vamos a Tinder a encontrar el amor y chocamos con un negocio.
No hay refutación moralista en esto.
Conviene entender la ingeniería antes de acusarla. No hay malignidad, hay diseño y business plan.
El modelo de negocio de muchas plataformas no necesita que encuentres el amor de tu vida. Si la búsqueda termina, termina el negocio.
El negocio no es el hallazgo, sino la búsqueda: administrar la ilusión con gotero, en el estado exacto de expectativa que impide tanto la desesperación como la satisfacción. Las apps del amor tienen la lógica de las tragamonedas, y apostamos a ganar.
La góndola infinita transforma la capacidad de elegir. Si siempre hay un producto mejor en el estante de al lado, el compromiso con el que tengo enfrente se vuelve precario.
Nos educaron para consumir, y el consumidor mira vidrieras, no se compromete, a lo sumo reemplaza.
La periodista francesa Judith Duportail se refugió en Tinder después de una ruptura amorosa. Euforia primero, likes, el ego reconstruido a fuerza de notificaciones ponderativas. Hasta que supo que la aplicación le extraía información y le ponía nota en secreto. Amparada en el reglamento europeo de datos personales, exigió su archivo y le llegaron 800 páginas sobre su propia intimidad.
Tinder sabía más de ella que ella misma. Tirando de ese hilo llegó a la matriz que ordena el mecanismo. Cada usuario tiene un puntaje oculto de deseabilidad, un Score que exonera el azar.
El algoritmo reemplaza a Cupido.
Uno no busca el amor como antaño, ahora compite virtualmente por un puesto deseable. El puntaje no acerca corazones, ordena jerarquías clasistas o etnoclasistas.
Mantiene a cada cual dentro de su nivel; los deseables con los deseables; los indeseables —los pobres— afuera.
La matriz no es espiritual.
Evalúa edad, ingresos y nivel educativo, y premia el esquema más conservador imaginable, el varón mayor y más instruido que la mujer, es el más requerido.
Ahí está el espejo.
El diputado que insulta para el clip hace exactamente lo mismo que el usuario que retoca su perfil a las tres de la mañana: sube su Score.
Y en los dos casos hay que pagar para subir de nivel. En Tinder se compra mayor visibilidad y posibilidad de mayor interacción cuando se paga el servicio; en política se compran trolls y bots.
El que no puede comprar queda condenado a su círculo cerrado digital, invisible, girando entre los suyos.
Se puede aplaudir la locura porque ya no cuesta nada. El algoritmo borra la gravitación de la vida, alivia el peso de cada decisión y procura que nada caiga con demasiada fuerza sobre nadie. Si el vínculo pesa, se desliza. El swipe nos salva. Si el rostro incomoda, se bloquea. Si el otro refuta, se lo silencia.
Todo levita en un universo virtual, pero sin magia.
La gracia venía del cielo; esto viene de una sala de servidores y se factura.
Detrás de cada aplauso hay una soledad, y esas soledades son la materia prima del índice.
El que no tiene con quién discutir en su casa sale a buscar en las pantallas la intensidad que le falta.
La política le ofrece un espacio intenso sin riesgo de intimidad: un líder al que puede amar sin conocerlo, basta con scrollear sus reels o su tuits más violentos, un enemigo al que puede odiar sin lastimarlo, solo disfrutando con los improperios que se le lanzan en red, una pertenencia que se activa con el meme de un pulgar en alto.
Es entusiasmo sin alma.
El que ama por catálogo termina votando y optando por catálogo.
Pero ya sabemos con qué criterio se ordena el poder.
Sabemos que el loco rankea mejor.
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