Pasados los años 20, cuando el crecimiento económico y el aporte inmigratorio reconfiguraron las estructuras sociales de la Argentina, a finales de la década, la democracia progresista de Hipólito Yrigoyen se desmoronaba tras la crisis económica interna y la internacional de 1929.

Juan Travnik, Atalaya #4, copia fotográfica gelatina, bromuro plata, 27,5 x 55,5 cm, 2002. Academia Nacional de Bellas Artes en FNA.

El levantamiento militar dio inicio al retorno de las políticas conservadoras que, pasados los duros momentos del comienzo, hacia mediados de los 30 generó un progreso económico en clave industrial. Las transformaciones del espacio urbano cambiaron la fisonomía capitalina. En 1936 la reforma urbanística incluyó la inauguración de la Avenida 9 de Julio y del Obelisco. El estilo decó y racionalista, la apertura del teatro Ópera, el cine Gran Rex y el Graf Zeppelin surcando el cielo porteño, exudaban modernidad. Plazas, automóviles, tranvías y el subte, edificios altos con cúpulas y agujas y carteles luminosos, conforman el paisaje; mientras molinos, elevadores de granos y fábricas definían la periferia urbana.

Luego de una progresiva instalación de la vanguardia artística, el regreso de los intelectuales que revivían el espíritu tradicionalista del Centenario produjo intensos debates en torno a la definición de un arte nacional.

En ese contexto, en 1936 nace la última instancia de la conformación de las instituciones del arte, la Academia Nacional de Bellas Artes. Creada por decreto del 1 de julio de 1936, sus antecedentes institucionales se remontan a la Comisión Nacional de Bellas Artes (CNBA), activa entre 1897 y 1931. La CNBA había sido fundada por miembros del mismo grupo que en 1895 habían creado el Museo Nacional de Bellas Artes, Eduardo Schiaffino y Ernesto de la Cárcova, entre otros. La finalidad de la Comisión era la promoción del arte, la regulación de la enseñanza, el asesoramiento gubernamental, y la formación del gusto. Funciones muy similares a las que se conceden a la Academia. El gobierno de facto, a partir de 1930, estableció una alta injerencia del estado en las cuestiones culturales. Así, la reciente Academia tenía el mismo presidente que la Dirección Nacional de Bellas Artes (DNBA), el ingeniero Besio Moreno y, según el decreto fundacional funcionaría en su sede de la Recoleta, el Palais de Glace.

Edgardo Giménez, Pintura sobre olefina termosoldada Tyvek, 152 x 125 cm, 1996. Academia Nacional de Bellas Artes en FNA.

A pesar del proyecto modernizador de los 30, los organismos del gobierno de las artes, la DNBA, el Salón Nacional, las escuelas de Arte, el MNBA y la Academia seguían apostando casi exclusivamente por la tradición. Así, la Academia, con sus 36 “académicos de número”, a poco de empezar a funcionar se consagró a la revalorización del arte prehispánico y virreinal.

Como estudió Carla Gómez, el inicio de la colección Documentos de Arte Argentino (DDA, 1939- 1947), fue un proyecto editorial ambicioso e inédito que, partiendo del NOA, identificó, relevó y fotografió los principales sitios de interés histórico de la Argentina, el patrimonio. El emprendimiento se veía beneficiado por la acción estatal al crear la Comisión Nacional de Monumentos y lugares históricos, también al extender las redes viales e incentivar el turismo. El arquitecto Martín Noel, presidente de CNBA entre 1921 y 1931, fue el académico encargado de concebir dicho proyecto documental. Noel presidió la Academia entre 1944 y 1963. La impronta de su perspectiva historiográfica está inscripta en la serie DDA y en los Documentos de Arte colonial Sudamericano que fueron contemporáneos. En este sentido, la ANBA difundió el patrimonio dotando de las imágenes de sus publicaciones a nuevos públicos.

Otro capítulo de la historia de la Academia lo constituye el aporte de Héctor Schenone como el investigador que dirigió el proyecto de Inventario del Patrimonio Artístico Nacional desde 1967. Se integró como académico de número en 1968 y ya en los 90 impulsó la creación de la Fundación Tarea, un centro de nivel internacional para la conservación y estudio del arte colonial.

Pablo La Padula, Perspectiva de humo, humo de vela sobre papel, 50 x 140 cm, 2017. Academia Nacional de Bellas Artes en FNA.

El historiador Bonifacio del Carril, presidente de la Academia entre 1971 y 1979 y autor de la Monumenta Iconographica (1964), fue quien impulsó la colección Historia general del Arte en la Argentina, que se extiende desde 1982 hasta la actualidad. Basilio Uribe dirigió los primeros tomos del monumental esfuerzo por abarcar las artes desde el “arte precolombino” hasta el siglo XXI. Las frondosas investigaciones de Adolfo L. Ribera, especialista en imaginería, platería y el retrato en el Río de la Plata, de Mario J. Buschiazzo y la arquitectura colonial, entre otros, llegaron a los estudiosos y al público. Si bien es cierto que el formato “historia general” plantea problemas, como señaló José E. Burucúa, las anteriores historias generales se inclinaban menos a la historia y más a la crítica. El valor heurístico, de recuperación de fuentes históricas de los ensayos incluido en aquellos primeros tomos de la Academia siguen siendo de referencia para la investigación.

Con los años la ANBA recibió donaciones de distintos fondos documentales, de sus miembros y de otras instituciones. Gestionó premios como el Dr. Augusto Palanza y el Premio Bienal de Grabado G. Facio Hebequer (ya extintos) y continúa con el Premio Adquisición Alberto J. Trabucco, y es veedora artística y administrativa de la Fundación Klemm.

Ahora bien, en su rica y compleja historia como institución, el giro copernicano, el cambio de perspectiva se dio en 2022, bajo la presidencia de Matilde Marín, cuando se comienza la “puesta en valor y apertura” de los acervos de la Academia. Efectivamente, en la decisión de identificar los fondos documentales y valorarlos y hacerlos accesibles está cifrada la dimensión actual de la institución. Poder caracterizar cada gestión y sus acciones a través del archivo institucional, como ya se hizo y se sigue haciendo, por ejemplo, con el MNBA y otras entidades, es parte de las tareas necesarias y urgentes que permiten interpretar los roles de las instituciones en el pasado y su proyección al presente. La lectura del pasado que la Academia desde sus orígenes se reservó para sí al ocuparse de visibilizar aquello que había sido por alguna razón epocal, política o social, desenfocado o negado, fue y, en mi opinión, debería seguir siendo la misión de la Academia. Los archivos institucionales van a contarnos la historia de cómo nacieron los proyectos, como se eligieron a los autores de sus publicaciones, que concepción historiográfica subyace a las lecturas que hizo del arte argentino. Por ejemplo, averiguar en cuál fue la razón por la que se eligió a Julián Cáceres Freyre para el artículo sobre el arte precolombino, cuando Rex Gónzalez ya entonces era el referente más actualizado sobre el tema.

Matilde Marín, Juego de manos, fotografías, 77,5 x 109 cm, 1999. Academia Nacional de Bellas Artes en FNA.

Es escasa la información que las publicaciones más antiguas (incluídas las de los 80) ofrecen sobre los ensayistas. Sabemos que muchos de ellos eran académicos de número, pero que también ejercían como docentes universitarios, jefes de institutos de investigación, críticos, periodistas y artistas. El tejido que forman estas autorías no es explícito y merece ser estudiados para reconstruir el campo y entender cómo confluyen, por ejemplo, el mercado académico con el comercial, las tendencias/modas críticas de cada época, las influencias y los conflictos de poder que encarnan instituciones tan autorreferentes como lo es la Academia, única responsable de la elección de sus miembros.

Celebramos sus 90 años en la fe de que el contenido de sus archivos permitirá abrir infinitas líneas de investigación para la escritura de una historia tentacular, en la que emerjan y se entrecrucen nombres, protagonistas ocasionales o permanentes, un mapa que conecte a través de documentos aquello que sucedió adentro y afuera.

*Con la colaboración de las investigadoras Paola Melgarejo y Carla Gómez