A años luz de las historias maquilladas de neutralidad que orbitan en torno a las ideas de “progreso para la humanidad”, “fomento de la paz mundial” y “avance imparable de la ciencia”, los investigadores franceses Irenée Régnauld y Arnaud Saint-Martin exploran en Una historia de la conquista espacial. De los cohetes nazis a los astrocapitalistas del New Space (FCE) una necesaria revisión de ingenuidades y megaoperaciones de marketing político y comercial que saturan el discurso sobre satélites, colonización de Marte, turismo espacial y demás ideas y realidades que pueblan ese universo.
El 20 de julio de 1969, el astronauta Buzz Aldrin camina sobre la Luna. © Neil Armstrong/NASA/AFP
“Esta historia es de buena gana crítica en el sentido de que pone de manifiesto los mecanismos, las regularidades y los entresijos de la historia espacial, sin disimular ciertos aspectos problemáticos, como el ‘mal necesario’ de la herencia de Peenemünde”, afirman en el libro.
Así, la obra ya prende sus motores con la reconstrucción del rol que tuvo el nazismo en la primera industria aeroespacial, en particular el complejo fabril de Peenemünde, donde, en secreto y con buena parte del trabajo esclavo, el científico Werner von Braun y sus colaboradores trabajaron para ese régimen en el diseño de armamentos novedosos y mortíferos, como misiles de largo alcance.
Como es sabido, von Braun y otros científicos, luego de la Segunda Guerra Mundial, aterrizaron en Estados Unidos, donde los sucesivos gobiernos decidieron barrer bajo la alfombra ese pasado y disimular o relativizar el muy cercano compromiso nazi de todo ese equipo, que comenzó a trabajar para la Casa Blanca en su puja contra la Unión Soviética.
El libro, aparte de reconstruir las tareas que se realizaban en Peenemünde al servicio del nazismo, resalta el compromiso con Hitler y su dictadura no solo de von Braun, sino de otros colaboradores, como Kurt Debus, antiguo coronel de las SS y definido como un “nazi apasionado” por los servicios de inteligencia de Washington.
Por supuesto, ya en 1950, los mismos organismos consideraban que aquel científico en realidad ya había abrazado “la democracia y el modo de vida estadounidense”.
Régnauld y Saint-Martin analizan la travesía de las políticas espaciales estadounidenses, que comienzan a adquirir el tono de “conquista” del espacio, como si este fuera el Far West. Tampoco es casual que otro término que se empieza a utilizar –y más en los últimos años– sea “colonización”, tal como hicieron en su momento Inglaterra, Francia, Países Bajos, España o Portugal con vastas porciones del mundo.
Elementos olvidados
El libro rescata elementos olvidados, como la oposición de distintos sectores al programa Apolo, que desembocaría en la llegada de la primera misión tripulada a la Luna, en 1969, de la mano de los deseos político-militares de Estados Unidos. Entre los que marcaban objeciones se encontraban Martin Luther King, Nobel de la Paz en 1964 y asesinado en 1968, y el intelectual Noam Chomsky.
Además, se muestran encuestas que comprueban que los más escépticos o distanciados de la aventura espacial que impulsaba Washington, en plena pulseada con Moscú, eran las mujeres y las poblaciones más empobrecidas.
Los investigadores también analizan acciones, políticas y declaraciones tanto del gobierno soviético como del chino y el francés, entre otros. Porque, en términos de buscar prestigio a través de la “carrera espacial” y no escatimar dinero, no había –ni hay– tanta diferencia entre países y modelos.
Aparte, recuerdan que las iniciativas espaciales –aun las desarrolladas por empresas privadas– “descansan en lo esencial en infraestructuras financiadas por el Estado”. En ese sentido, la idea de “conquista del espacio por el bien de la humanidad”, recuerdan, no es más que una “fábula amable”.
La etapa actual, con megamillonarios aliándose con Estados para lotear el espacio y, llegado el caso, colonizar la Luna o Marte, tiene su lugar en el texto. Régnauld y Arnaud Saint-Martin subrayan los lazos de las empresas de Elon Musk con el Estado, que las ha financiado en numerosas ocasiones, y cómo, a su vez, sus compañías avanzan en operaciones y roles que antes solo decidía el Poder Ejecutivo.
Recuerdan también un doble fenómeno: mientras que, por un lado, Musk y otros excéntricos ultrarricos buscan “terraformar” Marte, intentando volver al planeta rojo, en algún sentido, similar al nuestro, y seguir allí con sus negocios, al mismo tiempo la Tierra se desertifica, producto de la contaminación y el cambio climático, volviéndose menos amigable para el ser humano. Es decir, se “martifica”, dado que allí no hay agua y su superficie está tapizada de desiertos y montañas.
Con todo, ya muy avanzado el texto, Régnauld y Arnaud Saint-Martin reconocen que en determinados campos efectivamente la exploración del espacio sirve a la humanidad, dejando de lado la hinchazón periodística y las operaciones de relaciones públicas.
Para conocer el cambio climático
Por caso, reconocen que la investigación del cambio climático en particular y el mayor y mejor conocimiento del universo en general no deberían ser volatilizados “con el pretexto de que fueron tragados por la retórica de los astrocapitalistas”.
Cohetes y satélites, admiten, permitieron avances en la medición del agujero de ozono, en la comprensión de la formación de las nubes, en el análisis de ciclones y en conocer mejor la química de la atmósfera, entre muchas otras aplicaciones.
Irénée Régnauld y Arnaud Saint-Martin, investigadores. Foto: La fabrique/Anthony Francin
Por último, y para no flotar solo en diagnósticos y profecías oscuras, los autores recapitulan distintas visiones de astrónomos que abogan por un modelo de investigación comunitaria del espacio, que reconozca la propia fragilidad de la Tierra y que no esté solo dominada por los intereses de empresas y gobiernos o por lógicas militares.
En suma, compendian maneras alternativas “de concebir las tecnologías espaciales, más sobrias y sustentables, en oposición al gigantismo de las ‘megaconstelaciones’ de satélites y de la pulsión mercantil que justifica su desarrollo".
En una atmósfera en la que la misión de la NASA Artemis II, con tripulación humana, sobrevoló la Luna en abril pasado, y Musk celebró el ingreso a la Bolsa de su empresa SpaceX, sondear otras miradas sobre el espacio se vuelve tan necesario como urgente.
Una historia de la conquista espacial. De los cohetes nazis a los astrocapitalistas del New Space, de Irenée Régnauld y Arnaud Saint-Martin (FCE).
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