Hay un tema que casi nadie quiere encarar. No porque falte ocasión ni interlocutor, sino porque algo interno lo interrumpe antes de que empiece.

Alguien menciona una enfermedad grave, un accidente, un velorio, y en décimas de segundo la mente cambia de tema. No es distracción, es un movimiento defensivo tan automatizado que parece natural.

El miedo a la muerte es el más antiguo de los miedos humanos, pero lo peculiar no es sentirlo ya que es inevitable, sino la energía que se gasta para no pensarlo.

La psicología llama terror management a la idea de que gran parte de lo que hacemos -acumular logros, dinero, construir legados, sostener creencias que nos trasciendan- tiene como motor silencioso el intento de neutralizar la angustia que despierta saber que vamos a morir.

El antropólogo Ernest Becker (1924-1974) lo formuló hace 50 años afirmando que la cultura entera es, en buena medida, una manera de no pensar en la propia finitud.

Evitar pensar en la muerte no reduce el miedo. / Foto ilustración Shutterstock.

Un tema que incomoda

Lo paradójico es que evitar pensar en la muerte no reduce el miedo, sino que lo conserva intacto, listo para emerger cuando las defensas bajan.

El psicoanálisis añade una capa más incómoda. Sigmund Freud sostuvo que el inconsciente no tiene representación de la propia muerte, es decir, no puede imaginarse a sí mismo inexistente. Cuando alguien se imagina muerto, en realidad se imagina observando la escena desde algún lugar, siempre hay un yo que mira.

Esta imposibilidad estructural explica por qué el miedo a morir es, en el fondo, miedo a otras cosas: al dolor, al abandono, a la pérdida de control. Lo que aterra no es la nada, sino lo que quedará inconcluso.

Hay también una dimensión social de esta evitación. En nuestra cultura hablar de la propia muerte se percibe como de mal gusto, como un signo de pesimismo o de enfermedad. Quien lo hace en una reunión genera incomodidad, como si nombrarla pudiera convocarla.

Esta superstición tiene raíces antiguas, pero sus efectos son contemporáneos y concretos ya que hay personas que llegan al final de su vida sin haber podido decir lo que querían, sin haber organizado lo que necesitaban, sin haber tenido con sus seres queridos la conversación que todos sabían pendiente y nadie se animó a iniciar.

Perder a un padre, a una pareja, es perder una manera de existir. / Foto ilustración Shutterstock.

Hablar sobre la muerte: un camino hacia decisiones más conscientes

El miedo a la muerte de los allegados opera de manera diferente, pero igualmente silenciosa. No es el propio fin lo que se teme, sino el de alguien cuya presencia organiza el mundo propio. Perder a un padre, a una pareja, a un hijo, es perder una manera de existir, una parte de la identidad que solo existe en relación a ese otro.

Pensar en esa pérdida antes de que ocurra se siente como convocar algo que no debería nombrarse. Y, sin embargo, quienes han podido anticipar ese duelo no desde la angustia sino desde el amor consciente, suelen vivir esos vínculos con mayor presencia y con menos cuentas pendientes.

Hablar de la muerte no es un ejercicio mórbido. Es, paradójicamente, uno de los actos más orientados hacia la vida. Quien puede pensar en su finitud suele tomar decisiones distintas sobre el tiempo, sobre las relaciones, sobre lo que posterga.

La muerte, cuando se la deja entrar un poco, tiene la extraña capacidad de ordenar las prioridades que la vida cotidiana desordena.

No se trata de obsesionarse, se trata de no huir.

E.M.