La Argentina suele discutir su agro en términos del próximo embarque, la próxima campaña o el próximo ciclo climático. Pero los cambios que están ocurriendo en el mundo obligan a levantar la mirada. La pregunta ya no es solamente cuánto más puede producir el campo argentino. La cuestión decisiva es si el país será capaz de transformar esa enorme capacidad productiva en una verdadera estrategia de desarrollo.

El contexto internacional está cambiando rápidamente. Durante más de tres décadas, la globalización ofreció un marco relativamente estable para el comercio agroalimentario. Las reglas multilaterales, la expansión de las cadenas globales de valor y la creciente demanda asiática crearon oportunidades extraordinarias para países con ventajas en la agricultura como la Argentina. Ese escenario está llegando a su fin. En un reciente artículo de nuestra autoría, hemos discutido en profundidad las características de este proceso,

La rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, las tensiones derivadas de la guerra en Ucrania y los conflictos en Medio Oriente, las crecientes exigencias ambientales de los consumidores europeos y la utilización cada vez más frecuente del comercio como instrumento geopolítico están configurando un mundo más fragmentado e incierto.

Para un país en el que el complejo agrobioindustrial genera más del 60 por ciento de las exportaciones, esta nueva realidad no es una cuestión abstracta. Afecta directamente las oportunidades de crecimiento, empleo e inserción internacional.

Pero, paradójicamente, este cambio externo coincide con otra transformación, esta vez interna: la propia naturaleza de la agricultura argentina está cambiando. La imagen del productor que vende exclusivamente granos o ganado ya no alcanza para describir la complejidad del sector. Durante las últimas décadas surgieron nuevas formas de organización empresarial que integran producción primaria, procesamiento industrial, servicios tecnológicos y desarrollo científico. Empresas que producen alimentos, pero también bioenergía, bioinsumos, semillas mejoradas, ingredientes funcionales y soluciones digitales para la agricultura. La magnitud de este proceso ha sido claramente puesta de manifiesto en un trabajo de Roberto Bisang y Santiago Felici donde se analiza su emergencia y perspectivas,

Las nuevas tecnologías - biotecnología, digitalización, inteligencia artificial, automatización, nanotecnología – y la bioeconomía, están ampliando las fronteras del agro mucho más allá del lote. Esto representa una enorme oportunidad para la Argentina. Pero también exige nuevas respuestas desde las políticas públicas.

Las instituciones que fueron extraordinariamente exitosas para impulsar la revolución tecnológica del siglo XX no necesariamente son suficientes para enfrentar los desafíos del siglo XXI. Innovación, infraestructura, territorialidad, pensamiento estratégico, son temas esenciales en los nuevos escenarios.

La primera prioridad es la innovación. La Argentina dispone de una sólida base de capacidades científicas y tecnológicas construidas durante décadas, pero el escenario actual exige dar un salto cualitativo. Las nuevas tecnologías —inteligencia artificial, edición génica, agricultura digital, bioinformática y química verde— demandan formas de innovación mucho más abiertas, donde universidades, centros de investigación, empresas, emprendedores e inversores trabajen de manera integrada. El desafío ya no es solo incorporar conocimientos desarrollados en otros países, sino convertirse en un actor relevante en la generación de tecnologías, modelos de negocio y soluciones competitivas para los mercados globales. La competitividad agroindustrial no depende únicamente de lo que ocurre tranqueras adentro, el país tiene los recursos y la escala para ser un actor global en el nuevo escenario.

Por su parte, la calidad de rutas, puertos, ferrocarriles, infraestructura energética y conectividad digital condiciona crecientemente la capacidad exportadora del país. La paradoja argentina es evidente: posee algunos de los productores más eficientes del mundo, pero enfrenta costos logísticos significativamente superiores a los de muchos de sus competidores.

Un tercer tema, tiene que ver con el despliegue territorial de la agrobioindustria. Las oportunidades están a lo ancho y largo del territorio nacional. Y por eso, las políticas nacionales deben complementarse con estrategias provinciales y locales. El desarrollo agrobioindustrial del futuro será necesariamente federal.

Finalmente, durante mucho tiempo, alcanzar competitividad dependió fundamentalmente de producir eficientemente. Hoy eso ya no alcanza. Regulaciones ambientales, exigencias de trazabilidad, barreras sanitarias y mecanismos de ajuste de carbono están redefiniendo las condiciones de acceso a los mercados internacionales. La capacidad para anticipar estas situaciones es cada vez más importante.

La Argentina enfrenta restricciones económicas conocidas y persistentes. Pero también posee activos extraordinarios: abundancia de recursos naturales, capacidades científicas acumuladas y empresarios acostumbrados a innovar en contextos complejos.

La convergencia entre geopolítica, nuevas tecnologías y bioeconomía está redefiniendo las bases de la competitividad global. Los países que logren transformar biomasa en conocimiento y conocimiento en valor agregado ocuparán posiciones privilegiadas en la economía del futuro.

La discusión ya no debería centrarse únicamente en cuánto produce el campo. La pregunta verdaderamente importante es cómo convertir esa extraordinaria capacidad productiva en una plataforma de crecimiento económico, generación de empleo calificado y desarrollo territorial.

Las oportunidades existen. Pero, como ocurre con frecuencia en la historia económica, dependerá de las decisiones políticas que se adopten hoy que esas oportunidades se transformen —o no— en realidades concretas.


Los autores son Socios Fundadores de Grupo CEO S.A.