Soy del Opus Dei y no parezco del Opus Dei. Sé que nos pasa a muchos, por no decir a casi todos los del Opus Dei, porque el imaginario colectivo da una caricatura contradictoria y bastante estúpida, como si fueran todos entre tarados y fanáticos y de paso bastante uniformados.
Me gustaría saber algún día la razón por la que la opinión pública sobre el Opus Dei no tiene nada que ver con el Opus Dei. Seguro que la culpa es en parte de los del Opus Dei, pero también es una realidad compartida con todos los cristianos que dicen la verdad a la vez que tratan de ser buena gente, porque si no lo hicieran no serían buenos de verdad.
Es que una cosa es ser bueno y otra buenista, que son los que pretenden ser buenos y quedar bien con todos. El buenismo edulcora la verdad para no defender un pensamiento porque es contrario a lo que piensan los que piensan lo contrario.
El Opus Dei es un grupo de fieles de la Iglesia Católica que tienen un pequeño denominador común y un numerador diversísimo, bastante nuevo para los tiempos de la Iglesia. Cualquier jurista sabe que primero está la vida y después el derecho y también sabe que las novedades entran con calzador en las formas antiguas.
El denominador común es la secularidad, que todavía no se entiende cabalmente ni en el mundo católico, ni en el no católico, ni en el anticatólico. Nada distingue a un miembro del Opus Dei de cualquier persona porque somos cualquier persona, y es normal y lógico que no parezcamos del Opus Dei porque todo el mundo parece del Opus Dei.
Nada importante, pero baste con agregar que esas incomprensiones tienen su origen en el clericalismo, denunciado muchas veces por Bergoglio, cuando era Papa y antes también, entre otras cosas por ser la causa más evidente de ralentización de los procesos en la Iglesia Católica.
Cientos o miles de fundaciones de todo tipo aparecieron en la historia de la Iglesia y son partes inseparables de ella. Muchas, después de siglos, están más vivas que nunca y otras cumplieron su cometido y desaparecieron. Lo que no desaparece ni desaparecerá nunca es el cristianismo y los cristianos, la Iglesia y sus fieles, porque, entre otras cosas son los que inventan el futuro junto a sus hermanos ateos, agnósticos y creyentes, cristianos y no cristianos. Y ahí están los del Opus Dei con una naturalidad pasmosa.
El Opus Dei es para el futuro porque la Iglesia bastante desacralizada del futuro está cada día más parecida a la del pasado, pero a la del pasado más remoto, al cristianismo de los primeros siglos, cuando empezaban a estar en todos lados sin que casi se notara porque no hacían el ruido de la política o de la publicidad y porque, también es cierto, había épocas en que ser cristiano era peligroso, como hoy todavía en lugares de África y de Asia donde los cristianos se juegan la vida; pero también en Occidente, cuando enfrentan una persecución solapada, de palabras, mentiras y manipulación ideológica.
Para el Opus Dei no hay límites de la geografía, ni de la demografía, ni de la sociología ni de la historia. Hay mujeres y varones, a la derecha y a la izquierda, adelante y atrás, ricos y pobres, sanos y enfermos, solteros y casados, jóvenes y viejos, sacerdotes y laicos... Y lo que tienen en común será poco pero es fuerte: son gente corriente que busca la santidad trabajando, en el lugar que les tocó, sin dar más vueltas ni apartarse de sus obligaciones de ciudadanos, sean quienes sean.
Todavia no hay comentarios aprobados.