En la góndola del supermercado, un detalle suele llamar la atención de los consumidores: algunos pollos tienen la piel blanca, mientras que otros presentan un tono amarillo intenso. Esa diferencia lleva a muchas personas a preguntarse si uno es más saludable, más natural o de mejor calidad que el otro.

El color de los alimentos suele influir en la decisión de compra y, en el caso del pollo, existen numerosas creencias que se transmiten de generación en generación. Hay quienes asocian la piel amarilla con aves criadas de forma tradicional y quienes prefieren la piel blanca porque la consideran más magra o fresca.

Sin embargo, detrás de esa diferencia de aspecto no siempre hay cambios en el valor nutricional del producto.

Antes de elegir un pollo únicamente por su apariencia, conviene conocer qué factores influyen realmente en el color de la piel y cuáles son los aspectos que recomiendan observar los expertos para hacer una compra segura y llevar un producto de buena calidad.

En qué hay que fijarse antes de comprar un pollo

Especialistas del sector avícola sostienen que el color, por sí solo, no permite determinar la calidad de la carne ni su aporte de proteínas, vitaminas o minerales.

Pollo asado entero.

El Servicio de Inocuidad e Inspección de los Alimentos de los Estados Unidos explica en un artículo que la piel amarilla o blanca no hace que un pollo sea mejor que otro. Lo importante, aseguran, es que provenga de un establecimiento que cumpla las normas sanitarias correspondientes.

Por su parte, la Federación Avícola Catalana afirma que el color de la piel está relacionado sobre todo con la alimentación y el tipo de crianza del ave, y no con una diferencia en su calidad nutricional.

Los expertos aseguran que los pollos de crecimiento lento, incluidos muchos de los denominados camperos, suelen presentar una piel amarilla porque su dieta incorpora mayor cantidad de pigmentos naturales, como los carotenoides presentes en el maíz. Ese color responde a una preferencia de los consumidores, que desde siempre lo asocian con una producción más rústica y con aves criadas al aire libre.

Sin embargo, desde el punto de vista nutricional y de la calidad de la carne, no existen diferencias significativas entre un pollo de piel amarilla y uno de piel blanca.

Lo que sí hay que observar antes de comprar un pollo:

  • La carne debe verse fresca. Debe presentar un aspecto uniforme, sin manchas verdosas, grisáceas o decoloraciones que puedan indicar deterioro.

  • La piel debe estar firme. Conviene evitar piezas con piel muy seca, pegajosa o dañada, ya que pueden ser señales de una conservación inadecuada.

  • No debe tener olor fuerte o desagradable. El pollo fresco casi no desprende olor. Si presenta un aroma intenso o desagradable, es preferible no comprarlo.

  • Revisar la temperatura de conservación. Tanto en supermercados como en carnicerías, el producto debe mantenerse bien refrigerado para preservar su inocuidad.

Hay factores más importantes que el color.

  • Controlar el envase y la fecha de caducidad. En los productos envasados es importante verificar que el envase esté íntegro y consultar la fecha de caducidad antes de llevarlo.

Otro aspecto que suele generar confusión es el sabor. Aunque algunas personas aseguran notar diferencias entre un pollo de piel amarilla y uno de piel blanca, los especialistas sostienen que la alimentación, la edad del ave, la genética y el método de cocción tienen una influencia mucho mayor que el color de la piel.

La recomendación, por lo tanto, es no dejarse llevar solo por la apariencia. Elegir un pollo fresco, bien refrigerado y manipulado bajo condiciones higiénicas es mucho más importante que optar por una piel amarilla o blanca.