Dicen que fue periodista, escritor y docente universitario. Para mí fue pintor. No usó pinceles sino la entrañable Olivetti porque fue reacio al salto tecnológico a las computadoras que lo encontró casi al final de su carrera y de su vida. Y desde las teclas pintó el mundo cuando cubrió la Guerra del Golfo y la del Líbano y pintó a Buenos Aires vista con sus ojos claros. Pintor, por aquello de mostrar tu aldea y ser universal. Hoy es un día de recuerdos. Hace veinte años moría Jorge Göttling, “El Alemán”. Ese gigantón de mirada mansa y profunda, de la frase exacta y certera, del cigarrillo eterno.

“Lo que pasa es que estamos en manos de gente muy sencilla” era su crítica, ácida como jugo de limón, cuando no le gustaba algo. Trabajó en Clarín, cuya redacción transitó durante tres décadas tras sus comienzos en el mítico El Mundo. Se fue joven, a los 67 años. Fue distinguido con el Konex de Platino, el “Don Quijote”, el apartado dedicado al periodismo de los prestigiosos premios Rey de España. Dejó obra y legado. Es hoy, todavía, un imprescindible para las nuevas generaciones de periodistas. Si buscaran más sus textos que Tik Tok, aprenderían mucho. Y el mundo sería mejor.

Ya en su última época llegaba al diario a paso cansino. Aún se permitía fumar. Si hubiera estado vedado, como ahora, habría desobedecido, supongo. Con la última brasa del pucho que había fumado encendía el siguiente. Mientras preparaba su máquina en la cual ponía varias hojas pautadas para que los teclazos no retumbaran en medio del susurro de las computadoras, apoyaba el faso en el borde del escritorio. Toda la línea de la mesa estaba quemada, rota, castigada por el cigarrillo que se consumía mientras él escribía sus crónicas. Todas, absolutamente, impecables. “Miradas” fue su columna estrella y ahí estaba todo. La vida cotidiana de una Buenos Aires que la gente no se detenía a observar. De la vieja escuela, sabía que las historias estaban en la calles. Y que ahí, en la ciudad desnuda estaba la vida que debía contar. En esa aldea, para este universo.

No entregaba su Olivetti. Cuando se iba de la redacción a su recorrida por la ciudad y los boliches tangueros, la dejaba amordazada con una cadena. Hasta el día siguiente. Hasta la próxima historia.

Tanguero. Fue uno de los fundadores de la Academia Nacional del Tango.

“Gardel nació como sustantivo y murió como adjetivo”, dicen que decía.

No hay estadísticas, como en el fútbol, pero dicen que escribió más de dos mil notas. “La espera del ciruja en plaza Francia” es de lectura obligatoria. Fue uno de los Fundadores de la Academia Nacional del Tango y el tango fue otra de sus pasiones, para estudiarlo, darlo vuelta como una media, disfrutarlo y entregarlo en sus críticas y crónicas. Presente en su ausencia en la redacción de Clarín, sigue viva la esperanza de verlo entrar, caminando despacio hasta sentarse con esfuerzo en un silla vieja, prender un pucho y preparar su Olivetti. Y que las teclas hagan su magia. Porque veinte años no es nada.