La búsqueda de la identidad y el propósito que emprende cada ser humano son temas universales, estudiados hace siglos por diferentes corrientes filosóficas y analizados desde múltiples perspectivas psicoanalíticas.

Miguel de Unamuno y Jugo (Bilbao, 1864 - Salamanca, 1936), pensador, ensayista, poeta y novelista español, dedicó toda su obra a abordar conceptos existencialistas, que seguirían siendo objeto de discusión durante todo el siglo XX.

Fue una de las figuras más influyentes de la historia de la literatura y la filosofía en lengua española, considerado el máximo exponente del célebre grupo conocido como la Generación del 98.

Sus postulados sobre el miedo a la mortalidad, la fe como necesidad vital y cómo condiciona la existencia humana, siguen siendo citados en la actualidad en artículos académicos, revisiones teóricas y ensayos de psicología y psiquiatría.

"¿Quién soy?": la pregunta existencial desde la perspectiva tripartita de Unamuno

"¿Quién soy?", esa pregunta compuesta por tan solo dos palabras, invita a varias interpretaciones y desde tiempos inmemorables conlleva una introspección profunda.

Ya lo evocaba la inscripción más famosa en el Oráculo de Delfos, donde se podía leer una consigna que Sócrates, el padre de la filosofía occidental: "Conócete a ti mismo". Otra de las aforismos que se le atribuyen sigue en el mismo sentido: "Una vida sin examen no merece ser vivida".

Unamuno, definido como un gran conocedor de la materia humana, escribió una frase hace 114 años que mantiene su vigencia inexorable: "Cada uno es, en realidad, tres: el que uno cree que es, el que los demás creen y el que es de veras -o "de verdad", según la traducción-".

Un retrato del escritor y catedrático español Miguel de Unamuno. Foto: EFE

El fragmento pertenece a su emblemático ensayo filosófico Del sentimiento trágico de la vida, publicado en 1912. Ese texto fue una de sus obras cumbre, donde abordó dos grandes dilemas de la existencia humana: la inmortalidad y la compleja búsqueda de la identidad humana.

Esa tripartición que establece del ser implica tres identidades: aquella que nos imponemos a nosotros mismos en base a aquello que creemos que debemos ser; la que el entorno vuelca sobre nosotros a través de sus expectativas y proyecciones; y por último, quiénes somos realmente.

Los tres "yoes" de Unamuno anticiparon lo que luego otras voces llamarían "identidad fragmentada", tal como las teorías del falso self de Donald Winnicott o la noción de máscara o arquetipo de la persona de Carl Jung.

La imagen subjetiva, los ideales y las autopercepciones

La fragmentación del "yo" también suele interpretarse como:

  • El que uno cree ser: la imagen subjetiva, los ideales y las autopercepciones que tenemos de nosotros mismos. El autoconcepto o el "yo idealizado" desde una perspectiva psicoanalítica, la construcción del Ego, mediada por los mecanismos de defensa y el narcisismo.

  • El que los demás creen que es: la máscara social, el "yo social", desde una perspectiva psicoanalítica y junguiana, como la proyección externa condicionada por las opiniones, prejuicios y expectativas ajenas, o el personaje que adaptamos para encajar en la familia, el trabajo y la cultura.

  • El que es de verdad (el yo verdadero): la esencia íntima y profunda que suele quedar oculta bajo las capas anteriores, y cuyo acceso resulta muchas veces el más esquivo y complejo. El Inconsciente o el núcleo genuino desde una perspectiva psicoanalítica de Freud y Lacan, respectivamente.

El desafío de la relación con nosotros mismos

Cuando Unamuno escribió sobre el "sentimiento trágico de la vida", contemplaba al hombre como la persona concreta, de carne y hueso, que vive, duda, ama, teme a la muerte y busca sentido a su existencia.

Miguel de Unamuno, el filósofo español que escribió "Del sentimiento trágico de la vida". Foto: Archivo Clarín

Para este pensador la verdadera filosofía nacía del antagonismo irreconciliable entre la ciencia y la razón, el corazón y el deseo, como una contradicción trágica y dolorosa.

Entre sus influencias solía citar al filósofo danés Søren Kierkegaard, de quien retomó conceptos como la "angustia existencial" y la "paradoja", y la concepción de que el "yo" atraviesa un estado continuo de mutación, lo que implica que el autoconocimiento puede ser un camino que se transita toda la vida.

Uno de los conflictos surge cuando las expectativas del afuera sobre nosotros mismos son exageradas o no coinciden con lo que sentimos que realmente queremos ser, sobre todo en estos tiempos donde estamos constantemente expuestos a ideales, estereotipos y todo tipo de comentarios a través de las redes sociales.

El vínculo con uno mismo y el desafío que implica también fue abordado por el psicoanálisis, donde el "yo" no se considera amo en su propia casa, y el verdadero yo se revela a través de actos fallidos, síntomas, sueños o momentos de crisis, donde los mecanismos de defensa caen.

Una de las posibles respuestas la brindó Carl Rogers en 1961. El psicólogo estadounidense planteó que cuando no vivimos en congruencia con lo que somos y si nuestras acciones no representan nuestros valores, no podemos ser felices.

En otras palabras, intentar que lo que hacemos, decimos y pensamos esté en armonía, para que podamos vivir con coherencia y acercarnos lo más que se pueda al bienestar emocional.