El regreso de Javier Milei a la escena pública, después de un período de reflexión y soledad en la residencia de Olivos, parece ratificar la idea de que el líder libertario considera esencial en este tiempo otorgar prioridad en su gestión a lo que llama “la batalla cultural”. Se trata, en verdad, de un enunciado extremadamente barroco para un ejercicio intelectual más bien sencillo. Replicar de cualquier manera opiniones que circulan en una mano contraria al pensamiento del Gobierno.

La Argentina del poder libertario gastó en las últimas horas una dosis de tiempo y energía sorprendente para rebatir, por ejemplo, la baja del consumo masivo. La consultora Scentia, dedicada a esos menesteres, comunicó que en julio aquella tendencia lleva acumulados siete meses. Aunque en las cadenas de supermercados la caída interanual se moderó al 0.6%, producto al parecer de promociones y financiamientos. También el E-commerce (compras por Internet) constituiría una excepción con una trepada interanual del 40%.

Los portavoces libertarios, incluídos Milei y Luis Caputo, el ministro de Economía, se encargaron de la refutación de aquellos datos desde otro lugar. Aprovecharon un intercambio coloquial de comensales en una mesa de televisión (el almuerzo de Mirtha Legrand) sobre la cantidad de gente que transita la calle Corrientes, asiste a los teatros o come pizza de a pie para convertirlos en imágenes que inundaron las redes sociales a fin certificar la supuesta bonanza de los argentinos y silenciar a los críticos.

Cuesta comprender que a ese recurso de extrema precariedad lo incorpore en la batería de la que considera “batalla cultural”. Se trata de un mecanismo carente de rigor científico, que supieron repetir todos los gobiernos, democráticos o dictatoriales, cuando atravesaron momentos comprometidos. ¿Quién no ha escuchado alguna vez, entre tantos veranos, que las playas llenas en una temporada o un fin de semana largo podrían representar la imagen de una sociedad próspera?. Estupideces que nadie se priva de repetir.

Javier Milei y Luis Caputo. Foto: Francisco Loureiro

La “batalla cultural” que los libertarios resolvieron fortalecer parece tener ahora un destinatario exclusivo. La oposición bate el parche con las críticas al modelo económico pero la inquietud de Milei y de “Toto” se posa nuevamente, con obsesión, sobre el periodismo. Los insultos de Milei contra la prensa alcanzan para delinear la génesis de su personalidad. Peligrosa de ser confundida con un inofensivo estilo. La mayor transformación en ese campo, sin embargo, abarca al ministro de Economía. Caputo fue durante años –con Mauricio Macri—un hombre introvertido, temeroso y hasta llorón. Ha roto límites inhibitorios desde que pudo acoplarse en el poder con el líder libertario.

“Toto” también acostumbra a recurrir a un lenguaje vulgar. Aunque en las últimas horas elevó la apuesta conceptual. Propuso alguna ley que castigue a los periodistas que publiquen informaciones o datos estadísticos sin sustento. El Presidente lo celebró. ¿Qué sanción punitiva podría corresponder, por ejemplo, al ministro de Economía que anunció en abril que llegarán los 18 meses más felices de las últimas décadas en el país?. En el mejor de los casos, ese presunto bienestar arribaría con demora ostensible.

El Presidente cuenta en esta nueva versión de la “batalla cultural” con algunos aportantes de talla. Al menos por sus pergaminos. El empresario Marcos Galperín es uno de ellos. Se metió en el debate sobre la alta morosidad de mucha gente, que abre grietas en el equipo de gobierno, repartida entre las billeteras virtuales y los bancos. ¿Alguien podría negarle el mérito y el ingenio de haber edificado una formidable empresa de comercio virtual?. Quizás el error consista en no apreciar que ni la más exitosa personalidad ha servido para todo. El empresario se habrá sentido creativo y perspicaz cuando calificó de “perionistas” (merecedor de un galardón) a quienes desde los medios de comunicación cuestionan los niveles de morosidad y las tasas de interés aplicadas por una de las ramas de su empresa, Mercado Pago.

Aquel ostracismo de Milei de los días pasados no significó ninguna tregua sino la conclusión de que todos los problemas que afronta su gobierno podrían resolverse multiplicando la “batalla cultural”. La necesidad de purificar su relato. La convicción de que las dificultades con la opinión pública persisten no por fallas de su matriz teórica sino por la resistencia de sectores. Entre ellos el periodismo que, presume, solo se dedicaría a resistir.

Tal convicción fue transmitida por el Presidente en las varias horas que compartió el lunes con parte de su gabinete. Cuatro ministros no pudieron asistir por estar de gira. Milei, al igual que Karina, llegó a la conclusión que sería necesario un ajuste en la comunicación para tornar más eficaz el redoble de la “batalla cultural”. Afirman en Casa Rosada que algún movimiento se habría hecho en la maquinaria de difusión. Quizás un repliegue circunstancial de Santiago Caputo, el experto en comunicaciones, para dejar espacio a Santiago Oria, que filma, muy cercano a la hermanísima.

La modificación podría detonar un interrogante. ¿Los militantes digitales, las Fuerzas del Cielo del Gordon Dan acompañarán este nueva etapa de la administración libertaria?.

Con seguridad el ciclo reflexivo de Milei debe haber incluido otros tópicos. Su conclusión para afrontar esta difícil coyuntura, en víspera del año electoral, no pareció diferir mucho de la que tuvieron la mayoría de sus antecesores en momentos apremiantes. Todos caen presos de un síndrome similar. No existen problemas tangibles; hay fallas de comunicación que fácilmente podrían subsanarlos.

La historia resulta, en ese aspecto, enriquecedora. No se salvaría casi nadie. Durante los momentos de mayor inestabilidad especialmente a partir de 1987, Raúl Alfonsín sintió que su desgaste provenía de las críticas periodísticas. El desborde que sobrevino, la hiperinflación, la adjudicó en gran parte a errores en la comunicación.

Fernando de la Rúa también argumentó que la mala comunicación no pudo neutralizar el ensañamiento sobre su figura y la debilidad de su gobierno. Cristina Fernández supo darle una vuelta de tuerca al problema: adujo que sus conflictos con el periodismo respondían a disputas “por intereses políticos y económicos”.

Mauricio Macri explicó que la declinación de la segunda mitad de su mandato habría respondido a la adopción de medidas que “faltó explicarlas mejor”. Alberto Fernández reconoció razones similares por su fracaso, aunque añadió desinteligencias y falta de una estrategia unificada en la coalición de gobierno.

Milei no parece haber descubierto nada nuevo. Los grandes problemas serían, según él, solo de comunicación. La “casta” hace rato, por lo visto, que lo madrugó con el diagnóstico.