El tráfico entre vivos y muertos está en el alma del cine, arte limítrofe por excelencia. Lo suele subrayar su propia historia, enfrentándonos a actores y actrices bien enterrados que reviven en cada proyección; mientras tanto, géneros y guiones escenificaron manifiesta y puntualmente el asunto. Existen también renacidos infiltrados sutilmente, como en los films a todas luces inclasificables de Jacques Rivette. Leer la obra crítica de este cineasta francés produce un vértigo exaltado, análogo al estatus ambiguo de ciertas criaturas suyas. En sus películas los cortes entre plano y plano nunca son bruscos; se trata más bien de pases –no poco mágicos– y el espectador queda entrampado. Así lo dejan hoy al lector los textos de Rivette, que murió diez años atrás; sus artículos son de hace seis y siete décadas y sus líneas no pueden percibirse más vitales.
Críticos como Jacques Rivette y Pauline Kael se ubicaron en butacas alejadas entre sí –sus estilos no pueden ser más distintos–, no menos iluminadora una que la otra. La excelente recopilación Escritos a quemarropa de Kael la muestra como una certera y ocurrente dadora de felicitaciones y rebencazos. Dueña de una formidable capacidad de repaso y condensación, estaba particularmente dotada para captar la impresión exacta que causa una actriz en una escena determinada. Sobrenatural era su habilidad para detectar lo que una película no muestra o no dice, o para señalar dónde no respetó su lógica interna. Sabía discriminar dones y defectos en un director y alertar acerca de las implicancias –aun éticas– de un guión.
Pauline Kael tenía lo que nos falta al resto: conocer el fondo de nuestro propio gusto, no importa cuán ecléctico o contradictorio. Tenía clara la categoría de lo memorable u olvidable, según el espectador, y el problema del cambio de audiencia de un país a otro. A la temible Kael no la amedrentaba nada. Un sentido común fulminante, descaro, perspicacia, hilaridad: son aproximaciones torpes a una singularidad fácil de apreciar y difícil de definir.
Kael era una desmanteladora de reputaciones, especialmente hábil para desnudar a los que con una teoría desdicen su inclinación natural: “Quizá el lado más adorable de Kracauer sea su desesperado intento de hacer que los musicales, a los que es obvio que adora, se ajusten a su noción del cine como naturaleza en estado puro. Un hombre al que le gusta Fred Astaire no puede ser del todo pedante. Es como un hombre tratando de llevar a escondidas a sus queridos, pero traviesos, amigos al cielo”. La que siempre escribió a mano para el New Yorker anotó sobre la película L’Amour fou: “Rivette tiene un estilo hipnótico, en parte por su inusual sentido del espacio y su ‘normal’ uso del tiempo”.
En su vida Rivette tuvo dos espacios –Cahiers du Cinéma y las locaciones de rodaje– y dos tiempos: como crítico en su juventud y como cineasta desde los años 60. Abandonó la crítica pero sus entrevistas posteriores conllevaron un espesor crítico supremo. En el extraordinario Textos críticos puede apreciarse una voz decidida desde temprano, aunque Rivette fue siempre contra la premeditación, como crítico y cineasta. Sus notas sobre Rossellini, Hitchcock, Mizoguchi y Dreyer son de una radiación tal que esa sabiduría técnica derrama hacia otras artes. Maniático de la existencia o preexistencia en un film de un secreto –la palabra más abiertamente clave para el elusivo Rivette–, éste borroneaba las pistas insistiendo en la puesta en escena y la economía de movimiento.
Rivette ya escribía desde adentro del oficio mucho antes de convertirse en director, y es notable la afinidad y unidad de mucho de lo escrito con lo que filmaría después. (Pauline Kael, en cambio, juzgaba a la película hacia acá, hacia la sala, siempre consciente de su público, el norteamericano; se concentraba más en los efectos que en la concepción). Para Rivette –que sostenía que la mejor crítica de una película era otra película– el ejercicio crítico hizo las veces de campo de pruebas de la creación (no como contracara o contrapartida), igual que en sus amigos y colegas Godard, Rohmer y Truffaut. Son escritos que invitan a regresar a ellos repetidas veces: “Film que hay que volver a ver, como todo film sobre el tiempo”.
No mucho después Rivette renegó de ese puente y sus reseñas se publicaron de manera póstuma. El pudor y la moral eran los brazos armados de esta criatura nerviosa. Era significativo el modo de buscar de sus ojos y la electricidad de sus manos, y que su modo de sonreír a menudo lo volviera más misterioso.
Escritos a quemarropa, Pauline Kael. Trad. Carla Nuin y Vanesa Frejtman. Monte Hermoso Ediciones, 496 págs.
Textos críticos, Jacques Rivette. Trad. Cecilia Nuin. Monte Hermoso Ediciones, 388 págs.
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