En el cuarto piso de la Casa Nacional del Bicentenario (CNB) una provocación constante a la percepción amplía los sentidos. Una estación de cata de vinos en copas talladas del linaje familia admite el acceso a una sala rectangular, donde sobre una alfombra negra descansa una escultura blanda con el sello del grafismo propia de Gabriel Altamirano, gran dibujante.

Hacia un lateral, en otro espacio, el plano de las imágenes se extiende a la tridimensión de unos objetos pequeños y una escultura de chocolate comestible en torno a una degustación de unos crocantes bañados en el mismo sabor. En todas las salas, incluida la pequeña de proyecciones, se percibe un perfume especialmente concebido para la muestra.

"Me interesa pensar cómo las personas construyen imágenes internas para sostenerse emocionalmente en el presente", dice Gabriel Altamirano.

Es que Alma naciente. Una arquitectura emocional del deseo contemporáneo construida por la última producción de obras de Gabriel Altamirano, con curaduría de Gastón Fournier en compañía de 16 sponsors, explora una cualidad que el texto de sala revela:

Producir un intervalo, un segmento donde frenar la exigencia del mundo que el filósofo Byung-Chul Han describe en sus textos. Una sociedad hipercomunicada que habita un paisaje patológico de trastornos neuronales, tales como depresión, déficit de atención con hiperactividad y agotamiento, un sujeto cansado sometido a una carrera de autoexigencia y actividad constante.

Gabriel Altamirano

Sobre esta teoría se ilumina esta muestra donde los cuerpos flotan, el tiempo no parece reproducir nada terrenal sino un nuevo paradigma que toma los sueños, los ancestros, los encuentros en un plano donde no hay dureza sino amable sensación de poder abrazar lo blando de un cuerpo fabricado con almohadas y potencialmente abrazable.

El texto curatorial lo dice claramente cuando afirma que la obra de Altamirano propone un pequeño desplazamiento: "Recupera la imaginación no como mandato de productividad, sino como un lugar sensible. Como un espacio donde todavía resulta posible detenerse, contemplar y permitir que las imágenes aparezcan antes de convertirse en objetivos".

Cada sala construye una atmósfera particular mediante la integración de recursos visuales, sonoros, lumínicos y olfativos.

Quienes asistimos a ese primer encuentro percibimos con claridad esa ficción cuidadosamente programada para darnos un espacio donde la imaginación y los sentidos se ampliaban. Donde el tiempo de recorrida se hacía vinculándose con otros de una manera más afectiva, menos socializante en el sentido corriente que toma una apertura.

Para lograr esta inmersión, las obras de Gabriel se lucen en grandes dimensiones sobre bastidores negros, donde el dibujo lineal cercano a la forma arcaica de los grabados en metal, recupera cuerpos enteros o en partes. Muy consistentes en definirse a través de una tridimensión de líneas blancas, cabezas en una ensoñación de nubes, girando de espaldas entre suaves vapores, flotando en un sistema donde explotan destellos o con los ojos cerrados en meditación. El gesto mantiene en esos cuerpos el señalamiento de una imaginación que pierde las urgencias para inducir un estado de ensoñación.

Gabriel Altamirano.

Dos segmentos dentro de la muestra abren algunas puertas para seguir demarcando una crítica a la exigencia de velocidad en la que estamos inmersos. Una sala pequeña de proyecciones donde aparecen en distintas pantallas una serie de ideas que reflejan inicios, desde unos planos donde el cuerpo avanza hacia la vida, a imágenes dibujadas y puestas en movimiento como en sucesión temporal que según Gabriel se tomaron de su familia: padre y madre.

Mientras en otra pared aparecen aquellas preocupaciones en las que todos estamos: el dinero, el éxito, las concreciones. Allí el cuerpo de escultura blanda que comprime el tamaño de cinco metros del cuerpo acostado en la sala principal, se deja abrazar y sentir lo mullido de su relleno de almohadas finamente perfumadas.

Autorretrato. Más que una escultura, la pieza funciona como un refugio simbólico.

En el tramo siguiente, donde tomaba lugar la estación de chocolates, se agrupan unas bases que soportan pequeños altorrelieves de un rostro, el del artista, en un sueño en banco y negro, algo así como sopesar el buen sueño de la pesadilla.

¿Qué imágenes inventamos para poder imaginar el futuro?, se pregunta el curador Fournier y las respuestas interpelan al visitante dando indicios que sólo pueden alcanzarse mediante un descanso, una apertura temporal que nos acerque a un recorrido más emocional que racional.

Gabriel Altamirano.

El texto lo dice: "Cada sala funciona como una estación dentro de ese recorrido emocional: la aparición, la proyección, la acumulación, el descanso y el eco. Un pequeño desplazamiento para cambiar de estado, preguntarnos qué nos gustaría imaginar para nosotros sin que se convierta en un objetivo logrado por la autoexigencia".

Curiosamente, un artista y un curador nos proponen un nacimiento, una reversión, donde el deseo sostenga la misma condición profundamente humana que viene asociada con la génesis del ser vivo. Ir hacia ciertas formas invisibles, aun no determinadas donde el germen de una transformación comience a gestarse.

Altamirano vive y trabaja en Buenos Aires desde 2013, desarrollando obra inspirada en las redes humanas que se construyen a través del vínculo, el tiempo y el espacio, la memoria, el movimiento, la comunicación, la paciencia y la observación. Investiga y mezcla técnicas clásicas tradicionales con nueva tecnología y soportes, experimentando mayoritariamente con el dibujo y sus posibilidades técnicas y metafóricas.

Alma naciente. Una arquitectura emocional del deseo contemporáneo, se puede visitar hasta el 27 de septiembre, de miércoles a domingo, con entrada libre y gratuita. En la Casa Nacional del Bicentenario, Riobamba 985, 4º Piso.