Crecer en un hogar afectuoso, con padres presentes y disponibles, puede parecer para muchos la infancia ideal. Pero cuando ese acompañamiento no está acompañado por reglas y límites, el relato plantea que algunos chicos pueden llegar a la adultez sin una herramienta clave: la capacidad de encontrar un punto medio.
“Las personas criadas por padres cariñosos pero sin estructura a menudo se convierten en adultos cuyos hábitos oscilan entre el exceso de compromiso y el colapso”, señala el texto publicado en Bolde. El problema no estaría en el cariño recibido, sino en aquello que no estuvo presente durante la crianza: una estructura que ayudara a aprender cuándo avanzar y cuándo detenerse.
En ese tipo de hogares, los padres pueden decir “te quiero” con sinceridad, estar presentes y permitir que sus hijos acudan a ellos con casi cualquier problema. Pero no necesariamente existen horarios ni reglas claras. No hay una hora fija para dormir, los deberes quedan a cargo del niño, las tareas domésticas se hacen cuando se puede y un “no” aparece pocas veces.
Según el relato, los niños necesitan una estructura que les enseñe que existe una alternativa entre la máxima actividad y el bloqueo total. (Foto: Pexels)
Según el relato, el afecto puede cumplir su función y hacer que el niño se sienta seguro. Lo que falta es “la otra mitad”: una estructura que enseñe que existe una alternativa entre la máxima actividad y el bloqueo total.
Adultos que aprendieron a responder siempre que sí
Una de las consecuencias aparece en la dificultad para rechazar pedidos. El adulto dice que sí a un favor, un proyecto adicional, una invitación que no quería aceptar o un amigo que necesita que lo lleven a algún lugar a medianoche.
“El sí sale de su boca antes de siquiera pensar si tienen el tiempo o la energía para hacerlo”, plantea el texto. Esa capacidad de evaluar los propios límites suele comenzar a construirse durante la infancia. El relato utiliza como ejemplo a un padre que le dice a su hijo: “Esta noche no, ya tienes demasiados compromisos”.
El patrón se vincula con lo que los psicólogos denominan “crianza permisiva”. (Foto: Pexels)
El patrón se vincula con lo que los psicólogos denominan “crianza permisiva”: hogares donde existe mucha calidez, pero pocas reglas. Los chicos criados de esa manera pueden crecer siendo agradables y afectuosos, aunque con dificultades para desarrollar autorregulación.
Por eso pueden convertirse en personas a las que todos consideran confiables, generosas y ambiciosas, mientras internamente acumulan compromisos que ya no pueden sostener. “No dan demasiado a propósito. Simplemente nunca aprendieron que decir ‘no’ también era una opción”, resume el relato.
El ciclo vuelve a empezar
Después del colapso aparece la culpa. La persona siente que decepcionó a los demás, que desapareció o que no cumplió sus promesas. Para demostrar nuevamente que es confiable, vuelve a comprometerse en exceso. Así se forma un ciclo que parece no tener un punto intermedio: demasiadas obligaciones, agotamiento, culpa y una nueva acumulación de compromisos.
Quienes están alrededor también sufren ese vaivén. Durante un período ven a alguien que responde todos los mensajes, acepta planes y está disponible para los demás. Después, sin previo aviso, desaparece y las actividades que había prometido realizar quedan canceladas.
La dificultad, según el relato, no está en la falta de voluntad ni de afecto. Está en no haber aprendido durante la infancia una habilidad mucho más sencilla: reconocer que entre hacerlo todo y no poder hacer nada también existe una opción.
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