A principios del siglo XX, el campo catalán intentaba recuperarse de una de sus peores crisis después de que la filoxera hubiera arrasado buena parte de los viñedos. En ese contexto, el cooperativismo agrario afloró, no solo como una forma de organización, sino también como una forma de entender el vino y también como una seña de identidad arquitectónica extraordinaria.

Nacieron así las llamadas catedrales del vino, cellers cooperativos que tienen mucho de templo y que forman una de las expresiones más singulares del patrimonio vitivinícola catalán.

En ese paisaje de la Conca de Barberà, entre viñedos y pueblos que aprendieron a reconocerse en sus cooperativas, hay un edificio especialmente significativo: el Celler de la Societat Agrícola de Rocafort de Queralt, hoy Cellers Domenys.

Allí, en 1918, un joven Cèsar Martinell, formado con Lluís Domènech i Montaner y discípulo de Gaudí, recibió el encargo de construir su primera obra agraria. Aquel proyecto sería también el comienzo de una trayectoria que le llevaría a diseñar alrededor de cuarenta cooperativas vinícolas y a convertirse en el arquitecto por excelencia de las catedrales del vino.

Ahora, más de un siglo después, Rocafort de Queralt está siendo recuperada para convertirse en el Centro Cultural del Vino, del Cooperativismo y de la figura de Cèsar Martinell, un proyecto impulsado por la Fundació Domenys, que contempla la rehabilitación del edificio histórico y su transformación en un espacio cultural, enoturístico y de divulgación.

Además, Cellers Domenys, la actual cooperativa, construye una microbodega conectada de manera subterránea destinada a elaborar vinos bajo la marca Domenio.

Es la primera obra agraria de Cèsar Martinell. Foto: EFE/Alex López

Descubrir antes de construir

Una de las peculiaridades de este proyecto es que los primeros meses se dedicaron a trabajos arqueológicos, estudios e intervenciones para garantizar la preservación del conjunto.

“En una obra convencional, los primeros meses sirven para construir. En una obra patrimonial sirven, sobre todo, para descubrir qué estás construyendo. Cada nuevo hallazgo nos ayuda a preservar aún mejor este edificio excepcional”, asegura Lluís Roig, director general de Cellers Domenys y patrón de la Fundació Domenys.

Y es que el proyecto inicial de Martinell estaba formado por dos naves paralelas y una tercera perpendicular que funcionaba como muelle de descarga y sala de máquinas, pero posteriormente se produjeron nuevas ampliaciones y mejoras técnicas derivadas de una comunidad que crecía, producía y necesitaba más espacio para guardar el fruto de sus cosechas.

Porque estas catedrales fueron concebidas para el vino, para ser el hogar de su transformación y por eso el edificio estaba pensado para acompañar ese proceso, desde la circulación de la uva a la fermentación, el almacenamiento, la ventilación o el movimiento de los trabajadores.

La tierra y el vino como patrimonio

Aunque estas catedrales también hacen honor a la verdadera religión de los viticultores: la tierra. La intención es que Rocafort se convierta también en el kilómetro cero de una ruta dedicada a Martinell y a las Catedrales del Vino como una manera de entender el patrimonio.

“Cuando acaben las obras, no acabará este proyecto. Ese día solo empezará una nueva etapa. Queremos que este edificio vuelva a ser un lugar donde pasen cosas, donde el patrimonio dialogue con la innovación y donde la cultura del vino continúe generando conocimiento, actividad y oportunidades para el territorio”, explica Roig.

La idea es que sea el inicio de una ruta dedicada a las Catedrales del Vino Foto: EFE/Alex López

Además de la bodega subterránea, en una de las naves se ubicará otra pequeña bodega en la que se divulgará cómo se hacía el vino de la forma tradicional, junto a una agrotienda con los productos de la cooperativa Cellers Domenys.

Tampoco faltará un espacio polivalente para hacer conciertos, presentaciones de vinos y otros actos diversos. Se trata, en definitiva, de devolver al edificio una función comunitaria en la que el vino conviva con la cultura, gastronomía y enoturismo.

Quizá sea esa la mejor manera de comprender el legado de Martinell, que hace un siglo empleó imponentes arcos de ladrillo para dejar claro que el vino quería modernizarse y que los viticultores estaban dispuestos a hacerlo juntos. Hoy, esas mismas cooperativas buscan bajo esas mismas bóvedas nuevas formas de modernizarse sin renunciar a su patrimonio.

Elena Horrillo, La Vanguardia

Video

La primera catedral del vino se renueva..