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Personas sin hogar: a la vista de todos

La gente que vive en la calle no siempre duerme en los rincones ocultos que imaginamos. Con frecuencia, eligen hacerlo a la vista de todos: sobre un banco de plaza, bajo el alero de un edificio, junto a la entrada de un comercio que cierra durante la noche.

No buscan exhibirse ni despertar lástima; buscan, paradójicamente, la sensación de estar acompañados. En la intemperie absoluta, las miradas de los transeúntes se transforman en una forma involuntaria de custodia.

Dormir a la vista de los demás es un acto de supervivencia. La calle es dura, pero los espacios visibles, iluminados, transitados, ofrecen una mínima garantía: alguien verá si algo sucede.

Hay una extraña seguridad en el anonimato colectivo. Las multitudes no los rescatan, pero los contienen de una manera silenciosa, casi instintiva.

El simple hecho de que otros pasen cerca, aunque no digan nada, puede ser la diferencia entre sentirse completamente abandonado y sentirse apenas acompañado por un mundo que los ignora pero que, aun así, está ahí.

Son pocos los que duermen bajo los puentes. La oscuridad, la humedad y el aislamiento convierten esos lugares en territorios mucho más peligrosos que el cielo abierto.

Aunque parezca contradictorio, la calle visible es menos hostil que la sombra profunda donde nadie ve ni oye. La invisibilidad absoluta es una forma de muerte anticipada, y la mayoría lo sabe. Por eso prefieren la intemperie pública, donde la fragilidad se vuelve menos amenaza y más advertencia al mundo.

Cada persona sin hogar guarda una historia que desconocemos: pérdidas, rupturas, enfermedades, violencias silenciosas, desamores inolvidables.

Pero, más allá de esas biografías invisibles, lo que se ve, lo único que se ve, es un cuerpo durmiendo donde debería haber paso, un cuerpo que interrumpe el paisaje urbano para recordarnos que la ciudad también expulsa.

Ellos no duermen ahí porque quieran, sino porque ese lugar existe para todos, incluso para quienes no pueden cerrar una puerta detrás de sí.

A pesar de todo, resisten. En un banco de plaza, en un alero, en un portal prestado por unas horas. Con una manta, con un cartón, con una mirada ocasional que los reconoce, aunque no hable.

Duermen a la vista de todos porque, en un mundo que los ha dejado solos, a veces la presencia distante de otros es el único refugio posible.

Exsacerdote católico

​La gente que vive en la calle no siempre duerme en los rincones ocultos que imaginamos. Con frecuencia, eligen hacerlo a la vista de todos: sobre un banco de plaza, bajo el alero de un edificio, junto a la entrada de un comercio que cierra durante la noche. No buscan exhibirse ni despertar lástima; buscan, paradójicamente, la sensación de estar acompañados. En la intemperie absoluta, las miradas de los transeúntes se transforman en una forma involuntaria de custodia. Dormir a la vista de los demás es un acto de supervivencia. La calle es dura, pero los espacios visibles, iluminados, transitados, ofrecen una mínima garantía: alguien verá si algo sucede. Hay una extraña seguridad en el anonimato colectivo. Las multitudes no los rescatan, pero los contienen de una manera silenciosa, casi instintiva. El simple hecho de que otros pasen cerca, aunque no digan nada, puede ser la diferencia entre sentirse completamente abandonado y sentirse apenas acompañado por un mundo que los ignora pero que, aun así, está ahí.Son pocos los que duermen bajo los puentes. La oscuridad, la humedad y el aislamiento convierten esos lugares en territorios mucho más peligrosos que el cielo abierto. Aunque parezca contradictorio, la calle visible es menos hostil que la sombra profunda donde nadie ve ni oye. La invisibilidad absoluta es una forma de muerte anticipada, y la mayoría lo sabe. Por eso prefieren la intemperie pública, donde la fragilidad se vuelve menos amenaza y más advertencia al mundo.Cada persona sin hogar guarda una historia que desconocemos: pérdidas, rupturas, enfermedades, violencias silenciosas, desamores inolvidables. Pero, más allá de esas biografías invisibles, lo que se ve, lo único que se ve, es un cuerpo durmiendo donde debería haber paso, un cuerpo que interrumpe el paisaje urbano para recordarnos que la ciudad también expulsa. Ellos no duermen ahí porque quieran, sino porque ese lugar existe para todos, incluso para quienes no pueden cerrar una puerta detrás de sí.A pesar de todo, resisten. En un banco de plaza, en un alero, en un portal prestado por unas horas. Con una manta, con un cartón, con una mirada ocasional que los reconoce, aunque no hable. Duermen a la vista de todos porque, en un mundo que los ha dejado solos, a veces la presencia distante de otros es el único refugio posible.Exsacerdote católico  La Voz

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